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  MENSAJE DEL PAPA JUAN PABLO II
PARA LA CAMPAÑA DE LA FRATERNIDAD EN BRASIL

 

Amadísimos hermanos y hermanas de Brasil:

«El reino de los cielos es semejante a un propietario que salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña» (Mt 20, 1).

1.Con estas palabras de la sagrada Escritura, deseo unirme a toda la Iglesia que está en Brasil, para dar comienzo a la Campaña de la fraternidad de este año, que tiene como tema: «La fraternidad y el desempleo». Caminamos decididamente hacia el jubileo del año 2000 y, desde esta perspectiva, quiero recordar que «el compromiso por la justicia y por la paz en un mundo como el nuestro, marcado por tantos conflictos y por intolerables desigualdades sociales y económicas, es un aspecto sobresaliente de la preparación y de la celebración del jubileo» (Tertio millennio adveniente, 51).

2. Ciertamente, poder trabajar en la viña del Señor es un don divino. Esta visión de la posesión definitiva del reino celestial, presentada en la parábola de los obreros de la viña, no excluye, sino más bien refuerza la necesidad de comprender el derecho al trabajo en este mundo. La Cuaresma, como momento fuerte de conversión a Dios, mediante la penitencia y la oración, es ocasión de reflexión y propósitos para que todos los hombres y mujeres de buena voluntad se sientan protagonistas «de la iacivilización del amorli, fundada sobre los valores universales de la paz, la solidaridad, la justicia y la libertad, que encuentran en Cristo su plena realización» (ib.,52). El pan es «fruto de la tierra y del trabajo del hombre»; por eso, el desconcertante fenómeno mundial del desempleo y del subempleo debe interpelar cada vez más la conciencia de todos los cristianos ante la angustiosa pregunta planteada por la Campaña de la fraternidad: «Sin trabajo... ¿por qué?» (cf. Sollicitudo rei socialis, 18).

3. Al expresar mi deseo de que se empleen todos los medios disponibles para aliviar el drama del desempleo, que ya sugerí en el mensaje para la celebración de la Jornada mundial de la paz de este año (cf. n. 8), invoco abundantes luces de lo alto y la bendición para todos los que me escuchan.

¡Alabado sea nuestro Señor Jesucristo!

Vaticano, 8 de diciembre de 1998

 

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