 |
DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO
II A SU BEATITUD EL PATRIARCA IGNACE MOUSSA I
Sábado
19 de diciembre de 1998
Beatitud:
1. Con inmensa alegría el Obispo de Roma lo recibe
por primera vez, después de su elección y entronización como patriarca de
Antioquía de los sirios. Con el santo beso de la paz que intercambiamos hoy,
Roma, la ciudad que los apóstoles san Pedro y san Pablo glorificaron con su
martirio, abre sus brazos para acogerlo a usted y a la Iglesia que preside, y
para reconocer el especial lugar de honor que usted tiene en la adhesión común
a la herencia apostólica.
En efecto, fue precisamente en Antioquía donde por
primera vez los discípulos del Señor fueron llamados cristianos. De Antioquía
vino a Roma san Pedro. Por medio de su persona, venero el tesoro de fe que
pertenece a su sede gloriosa. Le agradezco, Beatitud, este gesto de comunión y
afecto, que ha deseado que fuera una prioridad de su nuevo ministerio como
patriarca.
2. He querido que la comunión plena ya no se exprese
con la imposición del palio, sino de una manera más adecuada para reconocer la
dignidad del oficio patriarcal. En efecto, la Eucaristía es por su naturaleza
el símbolo que expresa mejor la comunión plena, y al mismo tiempo su fuente
inagotable. Por eso, en el solemne sacrificio eucarístico celebrado el
miércoles pasado en la basílica de Santa María la Mayor, Su Beatitud ofreció
el santo Cuerpo y la Sangre vivificadora del Señor al cardenal Achille
Silvestrini, a quien nombré legado mío para esa circunstancia, y él, de la
misma manera, presentó los santos dones a Su Beatitud. Este gesto, que quedará
grabado en la memoria de los fieles, se repetirá siempre con ocasión de la
primera visita de los nuevos patriarcas de las Iglesias orientales que están en
comunión plena con la Sede de Roma.
3. La solicitud del Sucesor de Pedro por su Iglesia,
más allá de un compromiso de apoyo concreto, se expresa con una oración de
invocación, para que resplandezca por su testimonio evangélico, en las
condiciones de vida tan difíciles que viven muchos de sus hijos. Deseo de nuevo
hoy que cultive la liturgia, que la une estrechamente a los orígenes mismos del
cristianismo; que busque en los Padres y los Doctores un alimento sólido para
su fe; y que en la valentía de los mártires y en la ascesis de los monjes
encuentre un aliciente para dedicarse a lo único que es necesario.
Ustedes comparten este patrimonio con la Iglesia
sirio-malankar católica, que trabaja activamente en la evangelización de la
India. Algunos elementos de este patrimonio son comunes a la Iglesia maronita.
Con la Iglesia sirio-ortodoxa, el vínculo de la tradición común es
particularmente profundo. Me alegra mucho saber que el camino ecuménico
prosigue, y que existen perspectivas concretas de colaboración, comenzando por
el ámbito litúrgico.
4. Deseo que el compromiso futuro de su Iglesia se
realice con pleno respeto a su tradición y buscando una comprensión y una
participación cada vez mayores por parte de los creyentes de hoy.
A todos los obispos, a los sacerdotes, a los
diáconos, a las personas consagradas, a todos los fieles, en particular a los
que sufren en su cuerpo y en su espíritu, y a todos los que son probados
también durante estos días de adversidad, les envío de todo corazón la
bendición apostólica, pidiendo a Su Beatitud que se la transmita, cuando se
encuentre con ellos, y les asegure el afecto del Papa. Beatitud, le doy un nuevo
beso de paz, y le deseo que sea un icono de Cristo, Cabeza y Pastor, para la
Iglesia que le ha sido encomendada.
|