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ALOCUCIÓN DEL PAPA JUAN PABLO II AL
MOVIMIENTO DE LOS FOCOLARES
Miércoles
30 de diciembre de 1998
Queridos seminaristas:
1. Me alegra encontrarme con vosotros, con ocasión de
vuestro congreso anual, organizado por el movimiento de los Focolares. Saludo a
Chiara. Os saludo con gran afecto, y felicito a los organizadores de esta
hermosa iniciativa, con la que queréis ofrecer a los jóvenes que siguen el
camino del sacerdocio en las diversas partes del mundo la oportunidad de
conocerse, reunirse, intercambiar experiencias y examinar juntos los numerosos e
inéditos desafíos del mundo actual.
El clima de alegría y fiesta, típico de las fiestas
navideñas, favorece aún más la creación de relaciones más fraternas y
cordiales entre vosotros: sentís que formáis parte de una familia que celebra
con alegría el nacimiento del Redentor, meditando en su mensaje de amor, que es
necesario anunciar y testimoniar a todos los hombres. Precisamente por eso,
vuestro objetivo consiste en fijar la mirada en Jesús, nuestro único Salvador.
2. Como recuerda el tema elegido para el congreso:
«Jesús crucificado y abandonado es puente entre el cielo y la tierra»,
queréis dedicaros a contemplar la persona y la misión salvífica de Cristo. En
realidad, él está en el centro de todo camino vocacional, y esto vale
especialmente para los que se preparan al sacerdocio ministerial. ¿No es el
carisma de la persona de Cristo, la intensidad de sus palabras y la fuerza
irresistible de sus gestos proféticos lo que atrae aún hoy a muchos jóvenes a
la senda de la vida evangélica y del servicio humilde y generoso al reino de
Dios y al bien de las personas?
Queridos hermanos, profundizad con la oración y con
la ayuda de vuestros formadores el conocimiento de Cristo. En el momento supremo
de su muerte, Jesús crucificado y abandonado se manifiesta como el verdadero
puente que une el cielo y la tierra: con su entrega total de amor, revela a
todos los hombres el rostro misericordioso del Padre celestial. El sacerdote
está llamado a ser, como Jesús, ministro de la misericordia de Dios, haciendo
viva y activa su mediación salvífica, pues Cristo es el puente supremo que une
a Dios con la humanidad.
María, Madre de la unidad, que al pie de la cruz
acogió al discípulo amado que Jesús le había confiado, os ayude a ser cada
vez más semejantes a la imagen de su Hijo divino. A ella le encomiendo todos
vuestros anhelos, proyectos y compromisos. Que os acompañe y proteja con su
intercesión materna, y haga que vuestro camino abunde siempre en frutos
espirituales. Os sostenga también la bendición, que con afecto os imparto a
vosotros, a vuestras familias y a vuestras comunidades formativas.
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