ALOCUCIÓN DEL PAPA JUAN PABLO II A UNA DELEGACIÓN DE
LA CIUDAD ALEMANA DE BAD SÄCKINGEN QUE REGALÓ EL ÁRBOL DE NAVIDAD
Venerados hermanos en el episcopado; queridos hermanos y hermanas:
1. Os agradecemos sinceramente el regalo del árbol de
Navidad, que habéis traído a Roma desde vuestro país. Este abeto de la Selva
Negra es un signo de vuestra adhesión al Sucesor de Pedro y, a la vez, un
saludo expresivo de la Iglesia de Friburgo en Brisgovia a cuantos en Navidad se
unen al centro del cristianismo tanto desde la ciudad de Roma como desde toda la
tierra.
Expreso mi gratitud a los que han contribuido a este
regalo. En especial, saludo al obispo Wolfgang Kirchgässner, que encabeza
vuestro grupo en nombre del arzobispo Oskar Saier. Le ruego que le transmita mis
mejores deseos de un pronto restablecimiento. Entre los miembros de la
delegación quisiera nombrar en particular a algunas personalidades: el
presidente del consejo regional de Baden-Württemberg, el presidente del
municipio de Waldshut y el borgomaestre de Bad Säckingen. Me alegra el hecho de
que construís un puente entre diversos países de Europa. Doy una cordial
bienvenida a los representantes de vuestras ciudades hermanas.
2. Cuando, en los días pasados, contemplé la plaza
de San Pedro desde la ventana de mi despacho, el árbol suscitó en mí
reflexiones espirituales. Ya en mi país amaba los árboles. Cuando los vemos,
comienzan a hablar. Un poeta, que nació cerca de vuestro país y vivió a
orillas del lago de Costanza, veía en los árboles predicadores eficaces: «No
imparten enseñanzas o recetas, anuncian la ley fundamental de la vida».
Con su florecimiento en primavera, su madurez en
verano, sus frutos en otoño y su muerte en invierno, el árbol nos habla del
misterio de la vida. Por este motivo, ya desde los tiempos antiguos, los hombres
recurrieron a la imagen del árbol para referirse a las cuestiones fundamentales
de su vida.
3. Por desgracia, en nuestra época el árbol es
también un espejo elocuente de la forma en que el hombre a veces trata el medio
ambiente, la creación de Dios. Los árboles que mueren son una constatación
callada de que existen personas que evidentemente no consideran un don ni la
vida ni la creación, sino que sólo buscan su beneficio. Poco a poco resulta
claro que donde los árboles se secan, al final el hombre sale perdiendo.
4. Al igual que los árboles, también los hombres
necesitan raíces profundas, pues sólo quien está profundamente arraigado en
una tierra fértil puede permanecer firme. Puede extenderse por la superficie,
para tomar la luz del sol y al mismo tiempo resistir al viento, que lo sacude.
Por el contrario, la existencia de quien cree que puede renunciar a esta base
queda siempre en el aire, por tener raíces poco profundas.
La sagrada Escritura cita el fundamento sobre el que
debemos enraizar nuestra vida para poder permanecer firmes. El apóstol san
Pablo nos da un buen consejo: estad bien arraigados y fundados en Jesucristo,
firmes en la fe, como se os ha enseñado (cf. Col 2, 7).
5. El árbol colocado en la plaza de San Pedro orienta
mi pensamiento también en otra dirección: lo habéis puesto cerca del belén y
lo habéis adornado. ¿No impulsa a pensar en el paraíso, en el árbol de la
vida y también en el árbol del conocimiento del bien y del mal? Con el
nacimiento del Hijo de Dios comenzó una nueva creación. El primer Adán quiso
ser como Dios y comió del árbol del conocimiento. Jesucristo, el nuevo Adán,
era Dios; a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de
Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos (cf. Flp 2, 6 ss): desde el nacimiento hasta la
muerte, desde el pesebre hasta la cruz. El árbol del paraíso trajo la muerte;
del árbol de la cruz surgió la vida. Así pues, el árbol está cerca del
belén e indica precisamente la cruz, el árbol de la vida.
6. Señor obispo; queridos hermanos y hermanas, una
vez más os expreso mi profundo agradecimiento por vuestro regalo navideño.
Aceptad a cambio el mensaje del árbol, como lo formuló el salmista: «Su gozo
es la ley del Señor, y medita su ley día y noche. Será como un árbol
plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón y no se marchitan sus
hojas; y cuanto emprende tiene buen fin» (Sal 1, 2 ss).
Con esta reflexión, os deseo a vosotros, a vuestros
seres queridos y a vuestros amigos, una Navidad santa y alegre. Que con la ayuda
de Dios todo lo que emprendáis al comienzo del Año nuevo tenga éxito. El
patrono de vuestro país, san Fridolín, sea vuestro poderoso intercesor. Os
imparto de corazón mi bendición apostólica.
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