Lunes 2 de febrero de 1998
Señor cardenal;
venerados hermanos en el episcopado:
1. El encuentro de hoy es para mí motivo de íntima alegría, porque me brinda la
ocasión de entregaros oficialmente la nueva constitución Ecclesia in Urbe, que
actualiza algunos aspectos organizativos del vicariato de Roma, adecuándolos a
las nuevas circunstancias sociales y eclesiales de la comunidad cristiana.
Saludo con gratitud al cardenal Camillo Ruini, mi primer colaborador en la guía
del pueblo de Dios que vive en Roma. Deseo también saludar cordialmente al
arzobispo vicegerente y a los obispos auxiliares, que prestan su valiosa
contribución al desarrollo ordenado de la actividad eclesial en los diversos
sectores de la ciudad. Mi saludo afectuoso va igualmente, en este momento, a los
sacerdotes, a los consagrados y consagradas, y a los colaboradores laicos, que
dedican sus mejores energías a anunciar constantemente el Evangelio de Cristo a
todos los romanos.
La divina Providencia ha asignado a la Iglesia de Roma la
vocación especial de ser la Sede del Sucesor de Pedro y, mediante el ejercicio
de su ministerio, de desempeñar en la comunidad de los redimidos el servicio de
la presidencia de la caridad (cf. san Ignacio de Antioquía, Ad Romanos: PG 5,
685). Por esa razón, nuestra diócesis se caracteriza por una extraordinaria
riqueza y variedad de personas e iniciativas eclesiales que, mientras delinean
su singular fisonomía, son también origen de exigencias específicas de
coordinación pastoral, que es preciso cumplir.
2. Aceptando las indicaciones del
reciente Sínodo diocesano y después de haber escuchado las sugerencias que me
han llegado desde diversos sectores, decid í que se hiciera una revisión de la
constitución apostólica Vicariae potestatis de mi venerado predecesor, el siervo
de Dios Pablo VI, para que el vicariato de la Urbe pueda seguir prestando de
modo más eficaz el servicio que le compete, actualizándolo según las nuevas
disposiciones canónicas y las situaciones actuales.
Durante los veinte años
pasados desde la mencionada constitución de Pablo VI, el vicariato de Roma ha
tenido que responder a exigencias nuevas y complejas, ante las cuales se ha
visto cada vez con mayor claridad la oportunidad de una revisión de sus
estructuras.
Las nuevas perspectivas pastorales y la necesidad de fortalecer
constantemente la relación vital que une al Obispo de Roma con la comunidad
cristiana de la ciudad y, más en general, con la rica y compleja realidad de la
sociedad civil, se reflejan en el texto que hoy os entrego. Espero que sea un
instrumento idóneo para la renovación de esta Iglesia según el deseo expresado
por el Sínodo diocesano, y que contribuya al período de crecimiento pastoral ya
comenzado con la misión ciudadana, en la que los diversos agentes pastorales
están trabajando con gran generosidad.
3. Todo esto favorecerá también un
fructuoso encuentro con los peregrinos que llegarán a Roma con ocasión del gran
jubileo del año 2000. Esto es de gran importancia pastoral. Es fácil imaginar
las expectativas con las que vendrán a esta ciudad, regada por la sangre de los
Apóstoles y de los mártires. ¡Qué tónico espiritual será para ellos el hecho de
encontrar aquí una comunidad acogedora y laboriosa en nombre de Cristo, Redentor
del hombre!
Confío a cada uno, según sus respectivas competencias, la aplicación
de las disposiciones que hoy os entrego y, a la vez que invoco la ayuda de María,
Salus populus romani, sobre vosotros y sobre las diferentes comunidades
parroquiales, os imparto de buen grado a todos una cordial bendición apostólica.