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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
AL TERCER GRUPO DE OBISPOS POLACOS
EN VISITA «AD LIMINA»


Sábado 14 de febrero de 1998

 

Queridos hermanos en el ministerio episcopal:

1. Esta es la tercera vez, en un breve lapso de tiempo, que tengo la alegría de encontrarme con los obispos de Polonia. Doy mi muy cordial bienvenida a la casa del Papa al señor cardenal Józef Glemp, arzobispo metropolitano de Varsovia y, al mismo tiempo, presidente de la Conferencia episcopal polaca; a los obispos metropolitanos aquí presentes: de Białystok, Lublín, Warmia, y al metropolitano de Przemyśl-Varsovia de rito bizantino-ucranio. Saludo, asimismo, a los obispos residenciales de las diócesis de Drohiczyn, Elblag, Ełk, Łomża, Łowicz, Płock, Sandomierz, Siedlce, Varsovia- Praga, al ordinario militar y al obispo de Wrocław-Gdańsk de rito bizantino- ucranio. Saludo, en fin, a los obispos auxiliares de las archidiócesis y diócesis antes mencionadas. Junto con vosotros recuerdo en la oración al arzobispo Bronisław Dabrowski, que durante muchos años fue secretario de la Conferencia episcopal polaca, y que recientemente ha pasado a la eternidad.

El encuentro de hoy, con motivo de vuestra visita ad limina Apostolorum, constituye en cierto sentido la continuación de la ininterrumpida serie de encuentros tenidos con vosotros en diversas ocasiones, así como con los peregrinos de todas las diócesis de Polonia que, en gran número, llegan a la ciudad eterna. Hay que ver estos encuentros en la perspectiva del tiempo, es decir, a la luz de la tradición milenaria de estrechos vínculos de nuestra nación con la Sede apostólica, vínculos que han tenido una gran importancia para nuestro país a lo largo de los siglos. Comenzó con el bautismo de Mieszko I y de su corte. Gracias a ese acontecimiento, Polonia entró en el ambiente de la cultura del Occidente cristiano y comenzó a edificar su futuro sobre el fundamento del Evangelio. Ya desde aquellos tiempos nos hemos convertido, con pleno derecho, en miembros de la familia europea de las naciones, con todas sus consecuencias. Junto con las demás naciones de Europa somos autores y, a la vez, herederos de la rica historia y cultura del continente.

En el ritmo quinquenal de las visitas ad limina Apostolorum del Episcopado polaco, la vuestra tiene lugar en el segundo año de preparación inmediata para el gran jubileo del año 2000. Este año está «dedicado de modo particular al Espíritu Santo y a su presencia santificadora dentro de la comunidad de los discípulos de Cristo» (Tertio millennio adveniente, 44). El Episcopado polaco ha preparado para este año un programa pastoral, deseando que la Iglesia en Polonia se ponga a la escucha de «lo que el Espíritu dice a las Iglesias» (Ap 2, 7) y haga una experiencia viva del soplo benéfico del Espíritu Santo, que a lo largo de los siglos y ante nuestros ojos renueva la faz de la tierra. Ojalá que la realización de ese programa y todo el trabajo pastoral de la Iglesia en la perspectiva del gran jubileo abran al Espíritu Santo el espacio de nuestra conciencia, a fin de que «la purifiquemos de las obras muertas, para rendir culto al Dios vivo» (cf. Hb 9, 14).

 2. «¡Ven, luz de los corazones!» (cf. Secuencia Veni, Sancte Spiritus). Una verdadera renovación del hombre y de la sociedad se realiza siempre mediante la renovación de las conciencias. Cambiar sólo las estructuras sociales, económicas y políticas, aunque sea importante, puede resultar ineficaz si el cambio no está respaldado por hombres de conciencia. En efecto, son ellos quienes permiten que la vida social se forme, en definitiva, según las reglas de la ley que el hombre no se da a sí mismo, sino que descubre «en lo profundo de su conciencia y a cuya voz debe obedecer» (cf. Gaudium et spes, 16). Esta voz es la ley interior de la libertad, que orienta al hombre hacia el bien y lo invita a no hacer el mal. Aceptar la violación de dicha ley, mediante un acto de derecho positivo, en el balance definitivo se vuelve siempre contra la libertad de alguien y contra su dignidad. El culto idolátrico de la libertad (cf. Veritatis splendor, 54), que a menudo se propone al hombre de hoy, en el fondo representa para ella un gran peligro. En efecto, llevando al caos y a la desviación de la conciencia, priva al hombre de una eficacísima autodefensa contra las diferentes formas de esclavitud.

¡Cuánto debemos todos a los hombres de recta conciencia, conocidos y desconocidos! La libertad reconquistada sólo podrá desarrollarse y defenderse si en cada sector de la vida social, económica y política se encuentran hombres de recta conciencia, que sean capaces de contraponerse a las diversas influencias mudables y a las presiones externas, así como a todo lo que debilita o, incluso, destruye desde dentro la libertad del hombre. Los hombres de conciencia son hombres espiritualmente libres, capaces de discernir, a la luz de los valores eternos y de las normas eternas, tantas veces verificadas, las tareas nuevas, que nos pide la Providencia en el momento actual. Todo cristiano debería ser un hombre de conciencia, que logre ante todo una victoria importantísima y, en cierto sentido, la más difícil de las victorias: la victoria sobre sí mismo. Debería serlo en todo lo que se refiere a su vida, tanto privada como pública. La formación de una recta conciencia de los fieles, empezando por los niños y los jóvenes, tiene que ser una preocupación constante de la Iglesia. Si hoy Polonia necesita hombres de conciencia, los pastores del pueblo de Dios deberían definir con mayor precisión los sectores en que se manifiesta más la debilidad de las conciencias, tomando en cuenta sus causas específicas, para poder ayudar a una reconstrucción paciente del entramado moral de toda la nación.

3. La ciencia y la cultura pueden y deben ser un aliado natural del renacimiento moral de la sociedad polaca. Los hombres de ciencia, los ambientes científicos, universitarios, los literatos y los ambientes de creatividad cultural, al tener la experiencia de una trascendencia específica de la verdad, de la belleza y del bien, se convierten en servidores naturales del misterio de Dios, que se les revela y al que deben ser fieles. Por esta exigencia de fidelidad, cada uno de ellos, como estudioso o artista, «independientemente de sus convicciones personales, está llamado (...) a cumplir una función de conciencia crítica con respecto a todo lo que constituye un peligro para la humanidad o la disminuye» (Discurso con ocasión del VI centenario de la facultad de teología de la Universidad Jaguellónica, 8 de junio de 1997, n. 5: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 27 de junio de 1997, p. 16). De ese modo, «el servicio del pensamiento», que se puede esperar de los hombres de ciencia y de cultura, se armoniza con el servicio que la Iglesia presta a la conciencia de los hombres. De aquí se deduce que el diálogo de la Iglesia con los hombres de ciencia y los agentes de la cultura no es tanto una exigencia del momento, cuanto la expresión de una alianza específica en favor del hombre, en nombre de la verdad, la belleza y el bien, sin los cuales sobre la vida humana se cierne la amenaza del vacío y la falta de sentido. La responsabilidad de quienes representan la ciencia y la cultura es enorme, dado que ejercen una gran influencia en la opinión pública. En efecto, de ellos depende en gran parte que la ciencia sirva a la cultura del hombre y a su desarrollo, o que se vuelva contra el hombre y su dignidad o, incluso, contra su existencia. La Iglesia y la cultura se necesitan mutuamente, y deben colaborar para el bien de la conciencia de los polacos actuales y de los futuros. Durante mi tercera peregrinación a la patria, en 1987, en el encuentro del 13 de junio, en la iglesia de la Santa Cruz de Varsovia, con los representantes de los ambientes creativos, dije que los hombres de la cultura «han redescubierto, en una medida antes desconocida, el vínculo con la Iglesia». Expresé entonces la esperanza de que «la Iglesia polaca responda plenamente a la confianza de esos hombres que a veces vienen de lejos, y encuentre el lenguaje que llegue a su corazón y a su mente» (n. 7: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 5 de julio de 1987, p. 13). Dicha tarea sigue siendo actual, porque ha llegado la hora de que este vínculo produzca los frutos esperados.

Existe, pues, necesidad urgente de consolidar este vínculo con los hombres de la cultura y la ciencia. Esta es, asimismo, una de las importantes tareas evangelizadoras de la Iglesia. «Evangelizar es también el encuentro con la cultura de cada época» (cf. Cruzando el umbral de la esperanza, Plaza & Janés 1994, p. 121). La buena nueva de Cristo, llevada al mundo, transforma su mentalidad, combatiendo en cierto sentido por el alma de este mundo. El Evangelio purifica, ennoblece y hace crecer hasta su plenitud las semillas de bien y de verdad que se encuentran en él. Más aún, el Evangelio inspira a la cultura y procura encarnarse en ella. Así ha sucedido ya desde el comienzo de la evangelización, y así debe seguir siendo, porque la huella que el Evangelio deja en la cultura es signo de una vitalidad que no conoce ocaso y de una fuerza capaz de conmover el corazón y la mente de todas las generaciones. Sin embargo, notamos que, por desgracia, esta riqueza espiritual y este patrimonio cultural de nuestra nación se encuentran expuestos muchas veces al peligro de la secularización y de la decadencia, especialmente en el terreno de los valores humanos, humanísticos y morales fundamentales, que es preciso defender.

La Iglesia en Polonia tiene que desempeñar en este campo un papel muy importante. Se trata de lograr que los valores y los contenidos del Evangelio impregnen las categorías del pensamiento, los criterios de valoración y las normas de acción del hombre. Es de desear que toda la cultura se penetre del espíritu cristiano. La cultura contemporánea dispone de nuevos medios de expresión y de nuevas posibilidades técnicas. La universalidad de estos medios y el poder de su influencia ejercen gran influjo en la mentalidad y en la formación de los comportamientos de la sociedad. Por tanto, es necesario sostener las iniciativas importantes, que podrían atraer la atención de los artistas y serían un estímulo para la promoción de su actividad y para el desarrollo y la inspiración de los talentos en armonía con la identidad cristiana de la nación y con su encomiable tradición. No hay que escatimar ningún medio necesario para cultivar todo lo que es noble, sublime y bueno. Es preciso un esfuerzo común orientado a la edificación de la confianza entre la Iglesia y los hombres de la cultura; hace falta buscar un lenguaje con el que ella llegue a su mente y a su corazón, introduciéndolos en el ámbito de la influencia del misterio pascual de Cristo, en el ámbito del «amor con que él amó hasta el extremo» (cf. Jn 13, 1). La atención de la Iglesia también debería dirigirse hacia todos los fieles laicos que tienen que desempeñar en este campo un papel específico. Éste consiste en una presencia valiente, creativa y activa en los lugares donde se crea, desarrolla y enriquece la cultura. Una tarea de mucha importancia es también la educación de la sociedad y, de modo particular, de los jóvenes, para que se beneficien de los frutos de la cultura. «La Iglesia recuerda a todos que la cultura debe estar referida a la perfección íntegra de la persona humana, al bien de la comunidad y de toda la sociedad. Por lo cual, es necesario cultivar el ánimo de tal manera que se promueva la capacidad de admiración, de comprensión interna, de contemplación y de formarse un juicio personal, así como de cultivar el sentido religioso, moral y social» (Gaudium et spes, 59).

La cuestión de la relación de la Iglesia con la cultura y sus referencias recíprocas es un problema siempre presente en mi enseñanza pastoral. Por eso, al dirigirme a vosotros con ocasión de esta visita, no podía omitirlo. Se trata también de una cuestión de particular importancia para nuestra patria. En efecto, la nación existe «mediante» la cultura y «por» la cultura. Gracias a su cultura auténtica, llega a ser plenamente libre y soberana (cf. Discurso a la Unesco, 2 de junio de 1980).

4. En el marco de cuanto he dicho, quisiera subrayar también el papel de la cultura polaca en el proceso de unificación del continente europeo. Hay que procurar que este proceso no se reduzca sólo a sus aspectos económicos y materiales. Por eso, adquiere particular importancia salvaguardar, conservar y desarrollar este valioso patrimonio espiritual transmitido por los padres cristianos de la Europa de hoy. Lo dije de modo muy claro en la homilía de Gniezno: «La meta de una auténtica unidad del continente europeo está aún lejana. No habrá unidad en Europa hasta que no se funde en la unidad del espíritu. Este fundamento profundísimo de la unidad llegó a Europa y se consolidó a lo largo de los siglos gracias al cristianismo con su Evangelio, con su comprensión del hombre y con su contribución al desarrollo de la historia de los pueblos y de las naciones (...). En efecto, la historia de Europa es un gran río, en el que desembocan numerosos afluentes, y la variedad de las tradiciones y culturas que la forman es su gran riqueza. Los fundamentos de la identidad de Europa están construidos sobre el cristianismo» (3 de junio de 1997, n. 4: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 20 de junio de 1997, p. 6).

En este gran trabajo que ha de realizar el continente en vías de unificación, no puede faltar la contribución de los católicos polacos. Europa necesita una Polonia que tenga una fe profunda y que sea creativa culturalmente de modo cristiano, consciente del papel que le ha encomendado la Providencia. En principio, Polonia puede y debe prestar un servicio a Europa mediante una tarea como la reconstrucción de una comunión de espíritu basada en la fidelidad al Evangelio en la propia casa. Nuestra nación, que ha sufrido tanto en el pasado, y especialmente durante la segunda guerra mundial, tiene mucho que dar a Europa, ante todo su tradición cristiana y su rica experiencia religiosa actual.

La Iglesia en Polonia se halla, pues, frente a grandes tareas históricas, para cuya realización necesita celo misionero e impulso apostólico. Es preciso que encuentre en sí suficiente fuerza para que nuestra nación pueda resistir eficazmente a las tendencias de la civilización contemporánea que proponen un alejamiento de los valores espirituales en favor de un consumismo desenfrenado, y también el abandono de los valores religiosos y morales tradicionales en favor de una cultura laica y de un relativismo ético. La cultura cristiana polaca, el ethos religioso y nacional, son una valiosa reserva de energías que Europa necesita hoy para garantizar dentro de sus confines el desarrollo integral de la persona humana. En este campo se unen los esfuerzos de la Iglesia universal y los de todas las Iglesias particulares de Europa. Cada una debería aportar a esta gran obra su patrimonio cultural, sus tradiciones, su experiencia, su fe y su celo apostólico.

5. Los medios de comunicación social desempeñan un papel importante en la creación de la cultura y en su transmisión. Constituyen en el mundo de hoy una fuerza poderosa y omnipresente. Pueden despertar las conciencias, defender los derechos del hombre y orientar la conciencia humana hacia el bien, la libertad, la justicia, la solidaridad y la paz; pero «los hombres pueden volver estos medios contra el plan del divino Creador y utilizarlos para su propio perjuicio » (Inter mirifica, 2). La Iglesia ve en ellos, ante todo, un enorme potencial, desaprovechado, de evangelización, y trata de encontrar la manera de aprovecharlo en la actividad apostólica. Conviene tener presente que el justo fin y la tarea de los medios de comunicación social están al servicio de la verdad y para su defensa. Esto implica transmitir objetiva y honradamente las informaciones, evitar la manipulación de la verdad y adoptar la actitud de quien no quiere tergiversar la verdad. El servicio a la verdad es un servicio a la causa del hombre en su integridad de cuerpo y espíritu, y se expresa en el desarrollo de sus necesidades culturales y religiosas, tanto en el ámbito individual como en el social. En efecto, la verdad está indisolublemente unida al bien y a la belleza. Por tanto, cuando se transmite la verdad, se manifiesta también el poder del bien y el esplendor de la belleza, y el hombre que los experimenta adquiere nobleza y cultura. Esta es una misión particular, que da una gran contribución al bien y al progreso de la sociedad.

A la Iglesia en Polonia se le ha abierto durante los últimos años un gran espacio para el trabajo de evangelización. Debería incluir en su radio de acción a todos los que trabajan en el mundo de los medios de comunicación social, y también a todos los usuarios. No sólo hay que concentrarse en la preparación profesional del personal que pueda comprender su índole social, la fuerza de su acción, su lenguaje y su técnica, y que posea la capacidad de servirse de ellos para el bien espiritual y material del hombre. Este trabajo debería considerar también la formación espiritual de los operadores de los medios de comunicación social. Hay que acercarlos al Evangelio, darles a conocer la doctrina social católica, la vida y la actividad de la Iglesia y los problemas morales del hombre de hoy. Con la ayuda de hombres formados en el espíritu cristiano, la Iglesia puede llegar con mayor facilidad a un gran auditorio, a los diversos areópagos del mundo, a los ambientes sedientos de Dios. Existe, asimismo, urgente necesidad de una educación adecuada de toda la sociedad, particularmente de la juventud, para un uso conveniente y maduro de los medios de comunicación, a fin de que nadie sea destinatario pasivo y acrítico de los contenidos y de las informaciones recibidas. También es indispensable poner en guardia contra los peligros, tanto para la fe y la moral como para un desarrollo humano general, que pueden constituir algunos periódicos, libros, películas y programas de radio o televisión. No podemos cerrar los ojos ante el hecho de que los medios de comunicación social no sólo son un magnífico instrumento para informar, sino que, en cierto sentido, también procuran crear un mundo propio. Aquí es imprescindible una acción común y coordinada de la Iglesia, de la escuela, de la familia y de los mismos medios de comunicación, que pueden brindar una gran ayuda en este proceso educativo.

En ese marco es fácil notar cuán importante es que la Iglesia en Polonia posea y use sus propios medios de comunicación social. Actualmente dispone de numerosas estaciones de radio de ámbito parroquial, diocesano y nacional, y también televisiones locales. Además, se transmiten los programas de Radio Vaticano. Es positivo el hecho de que los medios de comunicación en Polonia se hayan convertido en un importante aliado de la Iglesia en el cumplimiento de su misión salvífica. La prensa católica tiene una larga tradición en nuestra sociedad y grandes méritos en la formación cultural, moral y religiosa. En Polonia existen actualmente periódicos diocesanos y nacionales; llega del Vaticano la edición polaca de L'Osservatore Romano, que acerca el magisterio pontificio; trabaja la Agencia católica informativa; y se publican muchos libros. Sé también que la Iglesia en Polonia aprovecha, aunque aún de forma reducida, las posibilidades informativas y evangelizadoras de Internet y de las publicaciones multimediales. Es tarea de la Iglesia —de sus pastores y de los fieles laicos— apoyar firmemente el desarrollo de la prensa católica y aumentar su radio de acción, así como animar a leerla para profundizar en el conocimiento de las verdades de la fe, de la enseñanza de la Iglesia y de la cultura religiosa. Hay que dar gracias a Dios y a los hombres por esta gran variedad y riqueza de medios de comunicación social que existen en Polonia. Espero que este trabajo apostólico, que es un servicio a la cultura, a la verdad y a la caridad, forme actitudes cristianas, aumente el impulso apostólico y edifique la comunidad de la Iglesia.

6. Queridos hermanos en el episcopado, hay todavía otra cuestión sobre la que quisiera reflexionar con vosotros, con ocasión de vuestra visita ad limina Apostolorum, a saber, la cuestión de la formación sacerdotal. En la exhortación apostólica Pastores dabo vobis escribí: «En realidad, la formación de los futuros sacerdotes, tanto diocesanos como religiosos, y la atención asidua, llevada a cabo durante toda la vida, con miras a su santificación personal en el ministerio y mediante la actualización constante de su dedicación pastoral las considera la Iglesia como una de las tareas de máxima importancia para el futuro de la evangelización de la humanidad» (n. 2). Sí, la solicitud por la formación de los candidatos al sacerdocio, así como por la de los mismos sacerdotes, lo repito una vez más, es una de las tareas más importantes de los obispos. La Iglesia en Polonia afronta actualmente nuevos desafíos, producto de profundas transformaciones socioculturales que están teniendo lugar en nuestro país. Se ha ensanchado el campo de acción de la Iglesia y, en consecuencia, ha aumentado la necesidad de pastores bien preparados, responsables del desarrollo espiritual de los fieles confiados a su cuidado.

Los seminarios diocesanos y religiosos tienen una enorme importancia para el pueblo de Dios. En toda la Iglesia, y en sus diversas partes, son una muestra particular de su vitalidad y, en cierto sentido, de su fecundidad espiritual, que se expresa con la disponibilidad de los jóvenes a la entrega total al servicio de Cristo. Las posibilidades de compromiso evangelizador y misionero de las Iglesias particulares dependen de las vocaciones sacerdotales y religiosas. La Iglesia pide incesantemente «al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (Mt 9, 38), porque el tema de las vocaciones es una de sus preocupaciones más importantes. La Iglesia en Polonia tiene que hacer todo lo posible para que no disminuyan el espíritu de sacrificio y el impulso magnánimo de los jóvenes en la aceptación de la llamada de Cristo. Es indispensable realizar un esfuerzo conjunto para suscitar las vocaciones y formar a las nuevas generaciones de candidatos al sacerdocio. Hay que hacerlo con el auténtico espíritu del Evangelio y, a la vez, leyendo de modo exacto los signos de los tiempos, a los que el concilio Vaticano II prestó una atención tan profunda. Este esfuerzo tiene que ir acompañado también por un auténtico testimonio de vida de los sacerdotes, que se entregan sin reservas a Dios y a sus hermanos. La catequesis y la pastoral juvenil, la vida sacramental y la vida de oración, así como la dirección espiritual, deben ayudar al joven en su maduración, para realizar responsablemente las opciones de vida, con fidelidad y constancia. Queridos hermanos, os pido que tengáis solicitud paterna hacia los seminarios. Que aquellos a quienes habéis encomendado la formación de los futuros sacerdotes encuentren siempre en vosotros comprensión, apoyo y buen consejo. Al parecer, hace falta una nueva ratio fundamentalis y ratio studiorum para los seminarios de Polonia, que se adapte a la actual situación de la Iglesia, a la mentalidad de los jóvenes de hoy y a los nuevos desafíos que deben afrontar los futuros presbíteros.

Además de la formación con vistas al sacerdocio, tiene gran importancia la formación permanente de los sacerdotes, tanto diocesanos como religiosos, de la que habla ampliamente la exhortación apostólica Pastores dabo vobis. Os recomiendo que consideréis seriamente este problema y que lo tengáis siempre presente, con espíritu de amor pastoral, y como gran responsabilidad para el futuro del ministerio sacerdotal. Que el amor y la solicitud os estimulen a preparar y aplicar el programa de formación espiritual, intelectual y pastoral permanente de los presbíteros en todos sus aspectos. Animadlos para que se ocupen con esmero de su propia formación permanente, que deben realizar siempre, es decir, en todos los períodos de su vida, independientemente de la situación en que se encuentren y también de las funciones que desempeñen en la Iglesia. Debe ser un trabajo serio y constante, que tiene por finalidad ayudar a los sacerdotes a convertirse, de modo cada vez más pleno y maduro, en hombres de fe y de santidad, a ser capaces de conservar dentro de sí este gran don que recibieron en el rito de imposición de las manos (cf. 2Tm 1, 6), y a poder llevar el peso del misterio que el sacerdocio encierra en sí. «El mundo actual reclama sacerdotes santos. Solamente un sacerdote santo puede ser, en un mundo cada vez más secularizado, testigo transparente de Cristo y de su Evangelio. Solamente así el sacerdote puede ser guía de los hombres y maestro de santidad. Los hombres, sobre todo los jóvenes, esperan un guía así. El sacerdote puede ser guía y maestro en la medida en que es un testigo auténtico» (Don y misterio, BAC, Madrid, p. 107).

 7. Al término de esta visita ad limina Apostolorum, gracias a la cual he tenido ocasión de encontrarme personalmente con cada uno de vosotros, quiero expresaros mi aprecio por el grande y generoso trabajo pastoral y evangelizador que la Iglesia en Polonia realiza todos los días, con una labor de renovación a la luz de la enseñanza del concilio Vaticano II. Pienso aquí en los pastores de la Iglesia en Polonia, en los sacerdotes diocesanos y religiosos, en las religiosas, en los miembros de los institutos de vida consagrada y en los laicos católicos. Llevo en mi corazón y en mi pensamiento todas sus fatigas y todos sus esfuerzos, que quizá no siempre son reconocidos y apreciados plenamente. Nadie debería sentirse olvidado ni abandonado, o descorazonado frente a las dificultades y los fracasos en la actividad apostólica. En efecto, la oración de la Iglesia entera los acompaña a todos, siempre y dondequiera que estén. También la oración del Papa los acompaña diariamente a todos.

En el umbral del gran jubileo del año 2000, deseo que la Iglesia de nuestra patria, dócil al Espíritu Santo, reavive incesantemente en sí la solicitud apostólica por el pueblo de Dios y afronte con valentía los desafíos que plantean los tiempos nuevos. El Espíritu Santo es el «dulce huésped del alma» que conoce mejor que nadie el íntimo misterio de cada hombre. Sólo el Espíritu Santo puede realizar la obra de purificación de todo lo malo que hay en el corazón humano. Es él quien cura las heridas más profundas de la existencia humana, transformando los terrenos baldíos en fértiles campos de gracia y santidad. Bajo la acción del Espíritu Santo madura y se refuerza el hombre interior, es decir, «espiritual», creado a imagen de Dios, marcado por la santidad, capaz de «caminar en una vida nueva» (cf. Rm 6, 4), que es la vida según los mandamientos divinos. Gracias a esta acción, el mundo de los hombres se renueva desde dentro: desde dentro de los corazones y las conciencias (cf. Dominum et vivificantem, 58 y 67).

A María, Madre de Jesús, que «brilla ante el pueblo de Dios en marcha, como señal de esperanza cierta y de consuelo » (Lumen gentium, 68), os encomiendo a vosotros, pastores, a vuestros fieles y a todos mis compatriotas, y por vuestra generosa entrega al esfuerzo evangélico de servir en el amor y en la verdad os bendigo a todos de corazón: en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

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