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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS FIELES DE BRASIL
PARA LA CAMPAÑA DE LA FRATERNIDAD

 

Amadísimos hermanos y hermanas de Brasil:

«¡Reconciliaos con Dios! (...). Este es el tiempo favorable» (2Co 5,?20; 6,?2).

1. Una vez más me dirijo a todos los que me escuchan a través de la radio o la televisión, para dar inicio a la Campaña de la fraternidad de este año, que tiene como lema «Fraternidad y educación: al servicio de la vida y de la esperanza». Por una feliz coincidencia, en este segundo año de preparación al jubileo del año 2000, todos los fieles están llamados a redescubrir la virtud teologal de la esperanza, sobre la que —como dice el apóstol san Pablo— «fuisteis ya instruidos por la palabra de la verdad, el Evangelio» (Col 1, 5).

2. La Cuaresma nos abre el camino para la reconciliación con Dios, que es la verdadera esperanza de los redimidos en Cristo Jesús. Pero para llegar a los hombres de todos los tiempos, no podemos perder de vista, como ya tuve ocasión de decir, «las motivaciones sólidas y profundas para el esfuerzo cotidiano en la transformación de la realidad para hacerla conforme al proyecto de Dios» (Tertio millennio adveniente, 46). Por una parte, una educación que promueva el crecimiento y la maduración de la persona humana en todas sus dimensiones: material, intelectual, moral, espiritual y religiosa; y, por otra, la formación integral para la solidaridad y el civismo, que combata la plaga del analfabetismo y promueva la paz y el bienestar social, va a ser, sin duda, una forma de ejercer la caridad, sirviendo, al mismo tiempo, de instrumento para que la persona sea agente de su propia formación. Más aún: una benéfica y continua obra educativa debe partir esencialmente de la familia, puesto que en ella se forja el futuro de la sociedad. Formulo votos a fin de que las máximas instancias de la nación se esfuercen por favorecer medios e instituciones para el progreso humano y cristiano de sus ciudadanos.

3. Ruego a Dios que ilumine al amado pueblo brasileño, para que todos sepan ser «protagonistas de la civilización del amor, en camino hacia el tercer milenio, trabajando por la construcción del país, llenos de solidaridad y sana convivencia». Con estos deseos, os bendigo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Vaticano, 17 de febrero de 1998

 

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