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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA PLENARIA DEL CONSEJO PONTIFICIO PARA LA PROMOCIÓN
DE LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS


Jueves 19 de febrero de 1998

 

Señor cardenal;
amadísimos hermanos en el episcopado y el sacerdocio:

1. He expresado muchas veces la esperanza de que en el umbral del tercer milenio los cristianos se encuentren, si no del todo unidos, al menos mucho más próximos a superar sus dificultades (cf. Tertio millennio adveniente, 34). La sesión plenaria de vuestro Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos, al examinar sus actividades de estos dos últimos años, ha querido situar su reflexión en esta perspectiva.

En la carta encíclica Ut unum sint he querido subrayar la importancia de uno de los frutos del movimiento ecuménico: la fraternidad recuperada entre los cristianos. Yo mismo la experimento continuamente durante mis viajes apostólicos a través del mundo. Los cristianos, independientemente de sus diferencias y del fundamento de lo que los divide, han adquirido una renovada conciencia de que son hermanos entre sí. Os pregunto: ¿no significa eso que se está recuperando una actitud cristiana fundamental? Y, al actuar así, ¿no se pone en práctica la exigencia primaria del mandamiento que Jesús quiso calificar como «suyo»? (cf. Jn 15, 12).

Ser conscientes de que somos hermanos implica la exigencia de juzgarnos como hermanos, también en nuestros desacuerdos; nos llama a tratarnos como hermanos en las diversas circunstancias en que nuestra vida personal y comunitaria nos llevan a encontrarnos. En este campo hay que realizar un continuo progreso. No podemos contentarnos con etapas intermedias, quizá necesarias, pero siempre insuficientes en el itinerario espiritual y eclesial que estamos siguiendo. La meta, a la que el Señor Jesús nos llama, nos guía y nos impulsa, es la unidad plena con cuantos, habiendo recibido el mismo bautismo, han entrado a formar parte del único Cuerpo místico.

2. En este clima de fraternidad recuperada, vuestra reflexión sobre las actuales relaciones entre las Iglesias y las comuniones cristianas cobra su pleno significado. Como también adquieren pleno significado los diversos diálogos teológicos. El diálogo de la caridad es el origen de todos ellos, y debe seguir acompañándolos y alimentándolos. Es necesario profundizar el diálogo de la caridad para superar las dificultades que se han presentado en el pasado, que existen hoy y que seguiremos encontrando. También en este contexto, en este camino intelectual, es preciso progresar gradualmente. Los progresos realizados nos llenan de alegría, pues permiten que la fraternidad recuperada crezca en autenticidad. Pero se trata sólo de etapas, y no podemos contentarnos con el hecho de haberlas superado. Debemos seguir avanzando siempre por ese camino. Hemos de ayudarnos recíprocamente. Es necesario tener la valentía de proseguir la búsqueda de la verdad, fieles a Aquel que es la verdad. El objetivo es la plena comunión que él quiere que reine entre nosotros. Hace dos mil años, nos pidió que testimoniáramos de forma unánime su venida. Durante este tiempo, en el que exhortamos al mundo a reconocer plenamente que Cristo es «la luz verdadera que ilumina a todo hombre» (Jn 1, 9), debemos intensificar nuestra acción, para cumplir plenamente la voluntad de unidad de nuestro único Maestro y Señor.

Los progresos en el diálogo de la caridad y de la conversión, y los que se han logrado mediante los diálogos doctrinales, nos llenan el corazón de acción de gracias y de esperanza. Acción de gracias por todo lo que se nos ha dado y se nos da; esperanza en el único que realiza lo que él solo podía y puede realizar en medio de nosotros.

3. Por eso, en vuestra sesión plenaria habéis examinado la actividad desarrollada durante los últimos dos años. Habéis tomado nota de lo que hay que corregir e intensificar. También os habéis orientado hacia el futuro. La formación ecuménica de quien se dedicará durante los próximos años a un ministerio pastoral adquiere, en esta perspectiva futura, una importancia muy especial.

La asimilación de la doctrina del concilio Vaticano II sobre la Iglesia y sobre el ecumenismo es la condición que permite que los resultados intermedios de los diálogos se difundan de modo correcto. Como he subrayado, «no pueden quedarse en conclusiones de las comisiones bilaterales, sino que deben llegar a ser patrimonio común» (Ut unum sint, 80). Los responsables de la acción pastoral deben adquirir una visión global de la acción ecuménica, de sus principios y sus exigencias. Esa visión será el medio y el contexto que les permitirá situar y comprender, recibir y examinar con rigor lo que se ha realizado. Así, podrán informar a los fieles, implicarlos en una actitud de acción de gracias y de esperanza. Sabrán cómo evitar las simplificaciones y la prisa inoportuna. Les ayudarán a adaptarse al ritmo que el Espíritu Santo imprime al movimiento que él suscita en la Iglesia. Los animar án a profundizar su conversión ecuménica y a crecer en la fraternidad recuperada. Los exhortarán a intensificar su oración, para que llegue pronto el tiempo de la plena comunión.

4. Al agradeceros el trabajo realizado durante vuestra reunión y vuestro generoso servicio a la unidad, deseo recordaros las palabras de san Cipriano, con que terminaba mi carta encíclica sobre el compromiso ecuménico: «"Dios tampoco acepta el sacrificio del que no está en concordia con alguien, y le manda que se retire del altar y vaya primero a reconciliarse con su hermano; una vez que se haya puesto en paz con él, podrá también reconciliarse con Dios en sus plegarias. El sacrificio más importante a los ojos de Dios es nuestra paz y concordia fraterna y un pueblo cuya unión sea un reflejo de la unidad que existe entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo " (De Dominica oratione, 23). Al alba del nuevo milenio, ¿cómo no pedir al Señor, con impulso renovado y conciencia más madura, la gracia de prepararnos, todos, a este sacrificio de la unidad?» (Ut unum sint, 102).

Os renuevo, con profunda participación, esta petición y ruego al Señor que sostenga todo lo que hacéis para colaborar en el servicio a la unidad, que el Obispo de Roma realiza confiando en la obra de la misericordia divina.

Con estos sentimientos, os imparto con afecto a todos mi bendición.

 

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