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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
 A UN COMITÉ
DE OBISPOS EUROPEOS DE DIVERSAS IGLESIAS

Viernes 20 de febrero de 2004

 

Señor cardenal;
queridos hermanos en Cristo:

1. Me alegra acogeros con ocasión de la reunión en Roma del Comité conjunto del Consejo de las Conferencias episcopales de Europa (CCE) y de la Conferencia de las Iglesias de Europa (KEK). Me complacen vuestro encuentro fraterno y las numerosas manifestaciones de reflexión, oración y fraternidad ecuménicas que han tenido lugar regularmente en diferentes países del continente europeo. En la perspectiva del gran jubileo, para el que espero la participación activa de todos los cristianos, la atención que prestan constantemente todas las Iglesias europeas a la causa del ecumenismo es un signo alentador en el camino de la unidad de los cristianos.

2. El concilio Vaticano II ha dado un nuevo impulso al movimiento ecuménico, al señalar la importancia del diálogo entre hermanos, bajo la guía del Espíritu Santo; es necesario, asimismo, que los cristianos manifiesten su caridad común y su deseo de conversión, para superar sus infidelidades, fuentes y causas de división, y «para vivir una vida más pura según el Evangelio» (Unitatis redintegratio, 3). «El compromiso ecuménico debe basarse en la conversión de los corazones y en la oración, lo cual llevará incluso a la necesaria purificación de la memoria histórica» (Ut unum sint, 2).

Para superar los obstáculos y los resentimientos que aún podrían existir, conviene comprometerse cada vez más en un ecumenismo de la vida y de la oración, y es útil realizar proyectos comunes, respetando las actividades propias de las diversas confesiones cristianas. Gracias a una vida espiritual consolidada incesantemente, las personas y las comunidades cristianas se dejarán guiar por el Espíritu, que las llevará a la verdad plena y las hará audaces en sus iniciativas. Hoy, más que nunca, Cristo nos impulsa a ello, y «la cercanía del final del segundo milenio nos anima a todos a un examen de conciencia y a oportunas iniciativas ecuménicas» (Tertio millennio adveniente, 34).

3. Es positivo que las cuestiones ecuménicas ya formen parte de los programas de estudios teológicos en los seminarios, en los institutos eclesiásticos de enseñanza y en la formación permanente. Así, todos los que reciben una formación cristiana en su Iglesia estarán atentos a lo que puede favorecer la unidad de los cristianos y se preocuparán por tomar parte activa en ella. Han de ayudar a sus hermanos a adquirir un mayor conocimiento de las demás Iglesias cristianas, indispensable para avanzar por el camino de la fraternidad y de la unidad. Me alegra también que prosigan y se intensifiquen los intercambios de profesores y estudiantes entre los diferentes lugares de formación y entre las confesiones cristianas.

4. Tanto en vuestros encuentros como en las reuniones de Bâle y de Graz, habéis manifestado vuestro anhelo de acercamiento entre el este y el oeste del continente europeo, que durante demasiado tiempo ha estado dividido y herido a lo largo de este siglo. Las comunidades cristianas de diversas confesiones, llamadas a superar sus miedos, deben ahora comprometerse con valentía en el camino hacia la unidad plena y compartir sus riquezas espirituales, en un intercambio confiado. De esta forma, los cristianos abrirán los tesoros de la vida espiritual a los hombres de nuestro tiempo, que podrán conocer más profundamente al Señor, y también contribuirán, cumpliendo la voluntad de Cristo (cf. Jn 17, 11-23), a congregar en la unidad a todos los hijos de Dios dispersos. Esta comunión llevará sin duda alguna a respetar cada vez más las sensibilidades particulares y la actividad pastoral de cada confesión cristiana, enraizadas en una historia y unas tradiciones específicas.

5. El programa de vuestro encuentro comprende el estudio de proyectos innovadores, para dar mayor impulso al ecumenismo, interrogándoos sobre el método, sobre los criterios y sobre el contenido de las nuevas colaboraciones que hay que emprender, a la luz de las experiencias del pasado. ¡Ojalá que, gracias al diálogo entre los responsables de las Iglesias, Europa sea el crisol de una búsqueda cada vez más intensa de la unidad entre los cristianos del continente y, más ampliamente, entre todos los que están esparcidos por el mundo, respetando la verdad! Los discípulos de Cristo están invitados a anunciar juntos explícitamente el Evangelio en las culturas actuales; también han de preocuparse por dar su contribución a la sociedad, en el ámbito político, económico y social, convirtiéndose en fermentos de la edificación del continente, respetando la creación y la autonomía legítima de la gestión de las realidades terrenas.

Europa está afrontando actualmente la cuestión de la acogida y la integración de poblaciones y comunidades que tienen diferentes tradiciones religiosas, en particular el islam y las religiones asiáticas; las Iglesias cristianas deben manifestar un espíritu de apertura confiada y comprometerse cada vez más en el camino del «diálogo de la vida», al que ya he tenido la ocasión de invitar a los fieles católicos y a nuestros hermanos musulmanes; este diálogo abre el camino al servicio común de los hombres en múltiples campos (cf. Unitatis redintegratio, 12). Para afrontar este desafío, trabajáis juntos y favorecéis la colaboración entre los fieles, a fin de responder a las cuestiones sociales que se plantean a los hombres de hoy; no hay que olvidar los conflictos que afligen a las poblaciones de nuestro continente y las dificultades económicas que debilitan a las familias, así como los atentados contra la dignidad y los derechos de personas y pueblos, en particular los que afectan a las mujeres y a los niños. «Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros (...). Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 11.?21). Hoy hacemos nuestra esta súplica del Señor, que nos recuerda que el testimonio de la unidad es un elemento esencial de una evangelización auténtica y profunda. Por su unidad en la misma Iglesia, los discípulos de Cristo permitirán descubrir a sus hermanos el misterio de la santísima Trinidad, comunión perfecta de amor. Y nosotros debemos estar inquietos hasta que, dóciles al Espíritu Santo, lleguemos a cumplir esta súplica de Cristo: «¡Que ellos sean uno!».

Al término de nuestro encuentro, invoco sobre vosotros la asistencia del Espíritu Santo, cuyos frutos son «amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad» (Ga 5, 22), y que viene a renovar todas las cosas; os expreso mis mejores deseos para vuestros trabajos e invoco las bendiciones divinas sobre vosotros, así como sobre vuestros colaboradores y sobre las personas confiadas a vuestra solicitud pastoral.

  Copyright © Libreria Editrice Vaticana

 

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