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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LAS PARTICIPANTES EN LA
ASAMBLEA DEL INSTITUTO SECULAR «ESPIGADORAS DE LA IGLESIA»
Viernes 2 de enero de 1998
Amadísimas hermanas:
1. Me alegra recibiros con ocasión de la asamblea de vuestro instituto, en
compañía del obispo emérito de Prato, monseñor Pietro Fiordelli, a quien
agradezco de corazón las palabras con las que ha querido hacerse intérprete de
vuestros sentimientos y exponer los motivos que os han sugerido solicitar este
encuentro. El año que acaba de terminar ha sido el quincuagésimo desde el
nacimiento de vuestro instituto y el trigésimo desde su reconocimiento como
instituto secular de derecho diocesano, precisamente por obra de monseñor
Fiordelli, a quien bien puede llamarse «vuestro» obispo.
Hace dos días hemos elevado al Señor el anual Te Deum, y vuestra asamblea
os ha brindado la oportunidad de compartir como familia consagrada dicha acción
de gracias, que hoy en cierto modo prolongamos, repasando los numerosos dones
sembrados en vuestro camino en la Iglesia y en el mundo. Las Espigadoras de la
Iglesia son ahora más de cien, de las cuales diez son originarias de mi patria,
nueve de la India y algunas de Malta. Esto es signo de un crecimiento muy
prometedor, no sólo para la diócesis de Prato, sino también para todo el pueblo
de Dios extendido en todos los continentes.
2. Vuestra espiritualidad, queridas hermanas, está centrada en Cristo Jesús,
quien, en el sacrificio de la Eucaristía, se ofrece a sí mismo al Padre y
alimenta a los fieles con su Cuerpo y su Sangre inmolados: en unión con él,
vuestra vida está consagrada a Dios y a vuestros hermanos con actitud de
reparación, en la actividad secular y en el servicio eclesial.
En este segundo año de preparación inmediata para el gran jubileo del año 2000,
¡cómo no reflexionar y meditar en el misterio eucarístico como sublime obra
maestra del Espíritu Santo, renovada diariamente en la pobreza de la Iglesia
peregrina en el tiempo! Es el Espíritu quien, invocado sobre el pan y el vino,
los convierte en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo, memorial vivo del
sacrificio redentor, ofrecido una vez para siempre por el único y eterno
Sacerdote.
Si vuestro empeño por vivir en constante comunión con Cristo Eucaristía es
grande, estaréis animadas al mismo tiempo por la acción de su santo Espíritu, de
quien el sacramento del altar es fuente perenne que brota en el corazón de la
Iglesia. Por tanto, sed dóciles al don de Dios, a ejemplo de la Virgen María,
que, acogiendo en sí la Palabra divina y conformándose totalmente a ella por la
virtud del Espíritu, llegó a ser tabernáculo vivo de Cristo, Madre del Redentor
y de los redimidos.
Del mismo modo que María, impulsada interiormente por el Espíritu, avanzó con
valentía por los caminos del mundo, llevando en sí al Salvador y ensalzando la
misericordia de Dios, así también vosotras, animadas por el mismo Espíritu,
sentíos comprometidas a colaborar en la Iglesia y con la Iglesia, para que el
Señor pueda visitar a los hombres y mujeres de hoy, especialmente a los más
pobres de amor y de apoyos humanos, y encuentren en él esperanza y paz.
3. En este servicio, vuestro estilo debe caracterizarse por la discreción propia
de las personas consagradas en el mundo, según el carisma de vuestro instituto.
Aludiendo al ejemplo bíblico de Rut, os llamáis «espigadoras»: espigadoras de
amor, de verdad y de esperanza, en el campo del mundo, en este paso del segundo
al tercer milenio cristiano. Mujeres plenamente insertadas en la sociedad y en
la Iglesia, «en el mundo, pero no del mundo», según la oración de Jesús (cf.
Jn 17, 15-16). Consagradas en la verdad, os esforzáis por ofrecer signos
pequeños, pero intensos, de fraternidad, para ayudar a la humanidad a creer y
dar cabida al reino de Dios.
Os deseo de corazón que prosigáis en vuestro camino eclesial y seglar, y con
este fin os bendigo a todas vosotras, a vuestras hermanas ausentes, así como
vuestro trabajo y vuestro apostolado.
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