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DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
DURANTE LA SESIÓN PLENARIA DEL AYUNTAMIENTO DE ROMA


Sala Julio César del Capitolio
Jueves 15 de enero de 1998

 

Señor alcalde;
señores asesores y concejales del Ayuntamiento de Roma;
autoridades presentes:

1. El primer sentimiento, que brota naturalmente de mi corazón por la cordial acogida que me habéis brindado, se expresa hoy en un sincero ¡gracias!: gracias a todos vosotros por vuestra presencia; gracias, sobre todo, al señor alcalde que, con gran cortesía, me había invitado desde hacía tiempo a este histórico palacio, sede del primer magistrado de la Urbe, y ha querido hacerse intérprete de vuestros sentimientos, subrayando el significado que reviste mi visita.

También yo deseaba subir a esta colina, que en el decurso de los siglos se ha convertido en cuna, sede y emblema de la historia y de la misión de Roma. Y hoy, finalmente, estoy aquí entre vosotros para rendir homenaje a la realidad y a la vocación de esta ciudad. Al inicio de cada año acostumbro recibir a los representantes de la Administración municipal en el Vaticano para el intercambio de felicitaciones. Hoy soy yo el que viene a visitaros a vosotros, ilustres señores, para felicitaros por el nuevo año, que acaba de empezar, y para continuar el coloquio amigable que comenzamos ya desde el día de mi elección como Obispo de Roma y que hemos profundizado en nuestros numerosos encuentros con los ciudadanos romanos y con sus representantes.

No puedo ocultar que el marco grandioso de esta histórica sala, dedicada a Julio César, la presencia del Papa en una sesión solemne del Concejo municipal y el clima creado por la proximidad del nuevo milenio, aumentan mi emoción y hacen que este encuentro sea más significativo aún: se presenta como ocasión para un balance retrospectivo y, al mismo tiempo, como estímulo para elaborar un proyecto concorde para el camino futuro.

2. Los representantes del pueblo romano, el Sucesor de Pedro, el Capitolio: aquí se hallan reunidos los protagonistas de la vocación peculiar e irrepetible de Roma que, como recordaba el señor alcalde, no puede prescindir del «entramado » de estas presencias. En este lugar, que evoca con fuerza la historia y la grandeza de la Urbe, se han dado cita esta mañana los actuales intérpretes de su tradición milenaria. Aquí se encuentran la Roma civil y la Roma cristiana, no opuestas ni alternativas, sino unidas, respetando las diferentes competencias, por el amor a esta ciudad y por el deseo de hacer que su rostro sea un ejemplo para todo el mundo.

En este momento solemne, mi pensamiento va a los últimos Pontífices que visitaron el Capitolio. Pío IX vino aquí poco antes de la anexión de Roma al Estado italiano, en un época marcada por complejas y dolorosas situaciones. Pablo VI subió a esta colina el 16 de abril de 1966, después de la última sesión del concilio Vaticano II, para agradecer a la Urbe la acogida brindada a los padres conciliares. Él, que ya el 10 de octubre de 1962, en vísperas de la apertura de ese concilio ecuménico, había pronunciado aquí, siendo arzobispo de Milán, un importante discurso sobre Roma y el Concilio, inauguró con su presencia en este lugar, en un momento histórico caracterizado por grandes fermentos, un nuevo estilo de diálogo con la ciudad y con sus representantes.

Al recorrer los años transcurridos y la serie de rápidos cambios que se han sucedido durante estos decenios, nos resulta espontáneo dirigir nuestro pensamiento a la Providencia divina que, con inescrutable sabiduría, guía los pasos, a veces inciertos, de los hombres y hace fecundos los esfuerzos de las personas de buena voluntad. ¡Cuántas transformaciones han caracterizado la vida de la ciudad! De capital del Estado pontificio a capital del Estado italiano; de ciudad delimitada por las murallas aurelianas a metrópolis con casi tres millones de habitantes; de ambiente humano homogéneo a comunidad multiétnica, en la que, junto a la visión católica de la vida, conviven otras inspiradas en diferentes credos religiosos y también en concepciones no religiosas de la existencia. El rostro humano de la Urbe ha cambiado profundamente. La consolidación de diferentes modelos culturales y sociales y de nuevas sensibilidades han hecho que la convivencia ciudadana sea más compleja, más abierta y más cosmopolita, pero también más problemática: al lado de algunos aspectos positivos ya conocidos, no faltan, desgraciadamente, dificultades e inquietudes. Además de las luces y los signos de esperanza, hay sombras en el panorama de una ciudad llamada a ser, también en el próximo milenio, faro de civilización, «discípula de la verdad» (san León Magno, Tract. septem et nonaginta), y «madre acogedora de pueblos» (Prudencio, Peristephanon, carmen 11, 191).

3. Acabo de referirme a la positiva relación entre el Obispo de Roma y su pueblo, cuya intensidad jamás ha disminuido a pesar del cambio de las situaciones sociales, políticas y religiosas. Más aún, algunos acontecimientos como el fin del poder temporal, la firma de los Pactos de Letrán, la trágica experiencia de la guerra y la nueva época impulsada por el concilio Vaticano II, la han hecho incluso más cordial y dinámica.

Esta visita marca una ulterior etapa de esta historia común. Frente a los cambios que han afectado y siguen afectando a la ciudad, también yo quisiera repetir, confirmándolas, las palabras llenas de verdad y de humanidad que pronunció aquí mi venerado predecesor Pablo VI: «Nuestro amor no ha disminuido (...). Nuestro amor ha crecido» (Discurso de Pablo VI en el Capitolio, 16 de abril de 1966).

Crece todos los días esta relación de estima y afecto, que se expresa y se refuerza en las frecuentes visitas a las parroquias y en los encuentros con los fieles romanos. Se consolida gracias a la generosa y constante solicitud del cardenal vicario, del vicegerente, de los obispos auxiliares, de los sacerdotes, de los religiosos, de los laicos y de cuantos, de diversas maneras, colaboran en la labor de evangelización. Pienso en las 328 parroquias romanas presentes en todos los barrios y suburbios, aunque a veces no cuenten con instalaciones adecuadas. Pienso en las comunidades religiosas, en las escuelas católicas, en las instituciones dedicadas a la salud y a la asistencia, en la asociaciones y los movimientos de seglares, y en las diferentes expresiones del voluntariado, que constituyen un recurso sorprendente y consolador de nuestra ciudad, donde, de lo contrario, el anonimato y la soledad serían riesgos más frecuentes y funestos.

Se trata de un amor concreto que quiere llegar a la gente, a toda la gente, brindándole motivos de esperanza, propuestas culturales, ayuda y apoyo en las dificultades morales y materiales, espacios de acogida y de escucha, ocasiones de comprensión y de fraternidad. Es un amor atento a la realidad que cambia, al esfuerzo de la vida diaria, y a los peligros morales que corre también nuestra ciudad de Roma.

4. Precisamente para afrontar los fenómenos negativos que pueden afear el rostro de Roma, he convocado a la comunidad cristiana, comprometiéndola a dar a la ciudad un suplemento de amor mediante la misión ciudadana, en vista del Año santo del 2000. Deseo que, tambi én gracias a ella, la Urbe se presente interior y visiblemente renovada a la cita del gran jubileo, para mostrar a los peregrinos su rostro cristiano, como anuncio de una era de paz y esperanza para toda la humanidad.

Roma y el jubileo son dos realidades que se atraen y se iluminan recíprocamente. Roma se refleja en el jubileo y el jubileo hace referencia a la realidad de Roma. La celebración vuelve a proponer la fe en Jesucristo, que el apóstol Pedro anunció y testimonió aquí; recuerda la exigencia de restablecer la igualdad efectiva de derechos entre todos los hombres, a la luz de la ley y de la justicia de Dios; y exhorta a superar las divisiones y sus causas, para instaurar una verdadera comunión entre todos los seres humanos.

Con su historia religiosa y civil, y con su dimensión «católica», Roma evoca admirablemente estos valores. Es la sede del Príncipe de los Apóstoles y de su Sucesor; custodia las reliquias del martirio de san Pedro y san Pablo; se la conoce como patria del derecho y de la civilización latina y cristiana; y se la aprecia como ciudad universalmente abierta a la acogida. Por estas singulares características, Roma está llamada a vivir de modo ejemplar la gracia del jubileo.

Ciertamente, es tarea de los cristianos renovar y purificar el rostro de esta Iglesia que «preside en la caridad», según la conocida expresión de san Ignacio de Antioquía (Carta a los Romanos, ed. Funk 1901, p. 253), para que refleje cada vez mejor la luz de Cristo. Pero la relación peculiar de Roma con el jubileo deberá hacer también que las autoridades civiles sean particularmente solícitas en la promoción de una convivencia ciudadana y de una calidad de vida dignas del hombre y de la vocación de nuestra ciudad.

Con ocasión de esta visita, además de regalarme una piedra procedente del anfiteatro Flavio, habéis querido descubrir una lápida conmemorativa en esta sala del Concejo.

A la vez que os agradezco cordialmente vuestra cortesía, deseo que este gesto simbólico constituya el signo permanente de una nueva era de compromiso común en favor del progreso humano y civil de nuestra ciudad.

5. Con la mirada fija en el año 2000, me dirijo ahora a ti, Roma, a la que el Señor me ha llamado a guiar por el camino del Evangelio, en el umbral de un nuevo milenio.

El Señor te ha confiado, Roma, la misi ón de ser en el mundo «prima inter urbes », faro de civilización y de fe. Sé digna de tu glorioso pasado, del Evangelio que te han anunciado, de los mártires y de los santos que han hecho grande tu nombre. Abre, Roma, las riquezas de tu corazón y de tu historia milenaria a Cristo. No temas, él no humilla tu libertad y tu grandeza. Él te ama y desea hacerte digna de tu vocación civil y religiosa, para que sigas brindando los tesoros de fe, de cultura y de humanidad a tus hijos y a los hombres de nuestro tiempo.

Que los peregrinos del gran jubileo, al acercarse a tu fe, a los testimonios elocuentes de tu caridad y al desarrollo ordenado de tu existencia diaria, afiancen su fe y su esperanza en la nueva civilización del amor.

Te encomiendo, Roma, a la solícita protección de María, «Salus populi romani », y a la intercesión de tus patronos san Pedro y san Pablo.

Roma, ciudad que no teme el paso del tiempo, ni el dinamismo del progreso; Roma, encrucijada de paz y civilización; Roma, Roma mía, te bendigo y, junto contigo, bendigo a tus hijos y todos tus proyectos de bien.

Roma, cuyo nombre, leído al revés, es Amor. Como dice un poeta polaco: «Si dices Roma, te responde Amor». Así es. Esta es mi constatación conclusiva, y también mi deseo para Roma, en esta circunstancia tan importante. Muchas gracias.

 

 

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