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 DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL PRIMER GRUPO DE OBISPOS POLACOS
EN VISITA «AD LIMINA»


Viernes 16 de enero de 1998

 

Queridos hermanos en el ministerio episcopal:

 1. Os doy mi cordial bienvenida a la sede pontificia, en la que los obispos son familiares más que huéspedes. Saludo al señor cardenal Henryk Gulbinowicz, arzobispo metropolitano de Wrocław, y a los arzobispos metropolitanos de Gdańsk, Gniezno, Poznań y Szczecin- Kamień; a los obispos residenciales de las diócesis de Kalisz, Koszalin-Kołobrzeg, Legnica, Pelplin, Toruń, Włocławek y Zielona Góra-Gorzów. Saludo también a los obispos auxiliares de las metrópolis y de las diócesis antes mencionadas. Me alegra celebrar este encuentro y los que tendrán lugar durante las próximas semanas con los sucesivos grupos de obispos polacos que vienen a la ciudad eterna ad limina Apostolorum. Testimonian la profunda unidad en la fe y en la caridad con el Sucesor de san Pedro. El vínculo recíproco que se manifiesta durante esta visita es el signo visible de la unidad y la expresión de la obediencia al único Maestro y Señor, Jesucristo, que nos ha llamado y nos ha hecho servidores de la verdad revelada a su pueblo.

Han pasado cinco años desde la última visita ad limina del Episcopado polaco. Han sido años de intensos contactos, durante los cuales he experimentado vuestra generosa colaboración y he podido compartir las preocupaciones y las alegrías de vuestras Iglesias particulares. Están presentes entre vosotros algunos obispos llamados al servicio pastoral durante estos últimos años. Les doy una bienvenida particularmente cordial. Ojalá que esta primera visita a las tumbas de los Apóstoles intensifique su deseo de imitar de modo más pleno al buen Pastor, que «da la vida por sus ovejas» (cf. Jn 10, 15), y los consolide en su testimonio al pueblo de Dios confiado a su cuidado pastoral. Aprovecho esta ocasión también para recordar a nuestros hermanos en el episcopado que en el curso de los últimos cinco años han pasado a la eternidad. En nuestra oración los encomendamos a la misericordia divina.

2. Esta visita de los obispos polacos al Obispo de Roma es, en cierto sentido, una devolución, porque tiene lugar pocos meses después de mi peregrinación a nuestra amada patria, que realicé entre mayo y junio del año pasado, durante la cual pude servir a la Iglesia que está en Polonia y a todos mis compatriotas. Nuestro encuentro renueva su vivo eco y constituye un complemento «sui generis» de esa visita pastoral. Gracias a los inescrutables designios de la divina Providencia, el Obispo de Roma no sólo tiene hoy la posibilidad de recibir en su propia casa a los obispos de todo el mundo, sino también de visitar sus Iglesias. Se encuentra con los fieles, comparte con ellos sus alegrías y sus preocupaciones. Es una nueva y moderna expresión de comunión y responsabilidad colegial por la Iglesia cum Petro et sub Petro. Una vez más, en vuestra presencia, quiero dar gracias a Dios por el admirable intercambio de dones que tuvo lugar en esos días para mí memorables. En las diversas etapas de mi peregrinación experimentamos comunitariamente la presencia de Cristo, al redescubrir el lugar que ocupa en la existencia de cada hombre, así como en la vida de la Iglesia y de la nación. Nos dimos cuenta, una vez más, de que Cristo es nuestro único camino hacia «la casa del Padre» (cf. Jn 14, 6). Comprendimos que, en este camino, la Iglesia tiene un papel particular que desempeñar, es decir, servir al hombre, a todo hombre, para que pueda reencontrarse plenamente a sí mismo en Cristo, en su misterio de la encarnación y de la redención. Solamente «Cristo, muerto y resucitado por todos, da al hombre luz y fuerza por su Espíritu, para que pueda responder a su máxima vocación; y que no ha sido dado a los hombres bajo el cielo ningún otro nombre en el que haya que salvarse» (Gaudium et spes, 10).

3. Algunas semanas después de mi partida, la población de las regiones y ciudades occidentales de Polonia que visité durante mi última peregrinación, se vio sometida a la gran prueba de las inundaciones. Todos nos quedamos profundamente impresionados por la fuerza inaudita de ese poderoso elemento de la naturaleza, que acabó con la vida de muchos seres humanos, puso en peligro las bases de la existencia de numerosísimas familias y comunidades, y destruyó o dañó muchas casas, puestos de trabajo, hospitales, escuelas, monumentos de arte y calles. Pero, al mismo tiempo, los largos días que duraron esas inundaciones pusieron en marcha un gran empeño de bien, de auténtica solidaridad, de generosidad, y de capacidad de organización para prestarse ayuda recíprocamente. Los medios de comunicación social, especialmente las radios locales, entre otros, desempeñaron un papel especial para unirlos a todos, a fin de trabajar juntos en los territorios afectados por la catástrofe de las inundaciones, estimular la sensibilidad ante la suerte de los damnificados y coordinar las ayudas. Damos gracias a Dios y a los hombres por todo el bien realizado en esos memorables y, a la vez, dolorosos días de julio. Al mismo tiempo, como pastores de la Iglesia, deberíais seguir trabajando, en la medida de vuestras fuerzas y vuestras posibilidades, para que con el paso del tiempo no se olvide a los habitantes de los territorios afectados por esas inundaciones. La divina Providencia no deja de dar a los hombres de buena voluntad ocasiones para un amor activo, que prepara de modo particular sus corazones para acoger el Evangelio.

4. Mi peregrinación a nuestra patria se enmarcó en la preparación de toda la Iglesia universal para el gran jubileo del año 2000. La Iglesia en Polonia y, de modo especial la archidiócesis de Wrocław, en vísperas del milenio de su fundación, brindó un servicio a la Iglesia universal, al organizar el XLVI Congreso eucarístico internacional. Allí toda la Iglesia católica, en presencia de nuestros hermanos de otras Iglesias y de las comunidades eclesiales unidas por la gracia del santo bautismo, adorando con fervor el misterio del Cuerpo y de la Sangre del Señor, vivió y proclamó la gran verdad de que «Jesucristo es el único Salvador del mundo ayer, hoy y siempre» (cf. Hb 13, 8). La vivió como un fuerte impulso a la unidad de todos los discípulos de Cristo, a quienes no basta ahora la tolerancia y la aceptación recíproca y, por eso, desean un testimonio común de la unidad. Ésta puede y debe convertirse para la familia humana en el signo de que la reconciliación es posible. El mundo contemporáneo experimenta las consecuencias de profundas divisiones, herencia de grandes dramas del milenio que está a punto de terminar; necesita y espera ese testimonio de los discípulos de Cristo.

La misión de la Iglesia consiste en anunciar a todos los hombres la salvación en Cristo. Para cumplir ese mandato, no necesita ningún privilegio; sólo necesita libertad para anunciar el Evangelio. La sostiene, ante todo, la gracia de Cristo que vive por los siglos, una gracia que fructifica con el testimonio de la vida de los creyentes, a menudo heroico. Una dimensión muy importante de dicho testimonio es la unidad y la constante aspiración a ese ideal. La unidad de la Iglesia se basa en la verdad y en el amor a Dios y al hombre, del que da testimonio. La verdad que une a la Iglesia y hace libre al hombre por la esperanza de la vida eterna es Cristo vivo, enviado por el Padre en virtud del Espíritu Santo, para que el mundo crea que Dios es amor. El amor, fundamento de la unidad de la Iglesia, es el amor de Cristo derramado en nuestros corazones, que reúne a los hijos de Dios dispersos. La comunidad de verdad y amor enraizada en Cristo, «abre a todos las puertas de la esperanza del reino de Dios» (cf. prefacio de la V Plegaria eucarística). Esa unidad, cuyos ministros son el Papa y los obispos, es el fin ardientemente anhelado por todos los que creen en Cristo. Más aún: ¡es la voluntad y el don de Cristo mismo!

Quiero subrayar aquí el compromiso activo de la Iglesia en Polonia en el campo ecuménico. Expreso mi viva gratitud por la concreta y magnánima contribución que ha dado al desarrollo del movimiento ecuménico. Ya mencioné algunas iniciativas en el discurso pronunciado durante el memorable encuentro de Wrocław. La actividad ecuménica no puede limitarse a la oración por la unidad de los cristianos durante el mes de enero; exige un esfuerzo continuo, impulsado por la benevolencia y la disponibilidad a dar un testimonio cristiano común en el actual mundo pluralista. Es preciso orar juntos, dialogar, crear un clima sincero de comprensión humana, tanto en el ámbito individual como en el institucional. Hay que emprender iniciativas concretas, para que el espíritu ecuménico, que se manifiesta en varias ocasiones, impregne cada vez más toda la vida de la Iglesia. Entonces será más visible lo que se puede y se debe hacer en común, para mostrar nuestra unidad en Cristo. Es necesario que los cristianos, también en Polonia, entren juntos en el tercer milenio, si no perfectamente unidos, por lo menos más abiertos recíprocamente, más sensibles y más decididos en el camino hacia la reconciliación.

5. El ministerio de la reconciliación de Cristo no se refiere sólo a la acción ecuménica; abarca también a la Iglesia y a toda la nación. En este particular momento histórico, en el que muchos pueblos y países, y entre estos nuestra nación, dan gracias a Dios por el extraordinario don de la libertad, pero al mismo tiempo se resienten dolorosamente de las profundas heridas que han dejado en las almas de los hombres las más antiguas y las más recientes experiencias de hostilidad y humillaciones del pasado, el papel de la Iglesia es insustituible. La Iglesia, con la fuerza de la fe en la misericordia divina experimentada diariamente, cura con amor las heridas de los pecados y enseña a construir la unidad sobre los cimientos del perdón y de la reconciliación. También en la sociedad polaca la caída del sistema comunista, basado en la lucha de clases, ha puesto al descubierto barreras de divisiones hasta ahora poco visibles, de antiguas desconfianzas y miedos que anidan en el corazón de los hombres. Ha descubierto, asimismo, las heridas de las conciencias que, sometidas a veces a fuertes presiones, no han resistido la prueba a la que estaban expuestas. Dichas heridas sólo pueden curarse gracias al amor divino y humano, cuyo signo es el corazón de Cristo traspasado en la cruz.

Es preciso que el Episcopado polaco siga guiando con valentía este ministerio de la reconciliación de Cristo. Será una contribución insustituible a la edificación de un orden moral, basado en Dios y en sus mandamientos, exigencia de la libertad reconquistada. El camino hacia la renovación de la sociedad pasa por la renovación del corazón del hombre. En este proceso no puede faltar el testimonio de una metanoia interior de los hijos de la Iglesia. Cristo mismo nos ha dejado los medios eficaces para realizarlo: los sacramentos de la penitencia y de la Eucaristía. En el sacramento de la penitencia, Cristo nos reconcilia a nosotros, pecadores, con el Padre, rico en misericordia, que está en el cielo, y con nuestros hermanos y hermanas, con quienes vivimos aquí en la tierra. En la Eucaristía, nos santifica con su poder y nos reúne en una familia de invitados a participar en el banquete celestial en la casa del Padre. El don de la libertad y el esfuerzo de edificación del orden moral que lo acompaña, impulsan a la reconciliación y al perdón. Sin embargo, tienen su fuente en la bondad del corazón de Cristo y en la generosidad del corazón humano, dispuesto a entregarse a ejemplo de nuestro Redentor, que murió por todos, incluso por quienes lo habían crucificado. Polonia necesita hombres formados en la escuela del amor de Cristo, «manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29). Sólo los hombres dispuestos al sacrificio y fortalecidos por el Espíritu Santo pueden entregarse con generosidad y son capaces de construir el orden evangélico de la libertad. Los sacramentos de la penitencia y de la Eucaristía les dan la fuerza para luchar contra el pecado y contra cualquier tipo de mal en su vida personal y social: la fuerza para no caer en el desaliento y la resignación, en la indiferencia y el pesimismo. Para la Iglesia, el servicio de la reconciliación en la verdad y en el amor no es una tarea limitada a una sola ocasión, sino que constituye una parte integrante de su misión evangélica al servicio de todos los hombres y de toda la nación. La Iglesia en Polonia debería hacer todo lo posible para que esta obra dé frutos abundantes en el corazón de cada hombre y en todos los ámbitos de la vida de nuestra sociedad.

6. En el contexto de lo que he dicho, resulta claro el lugar y el papel de la Iglesia en la vida política de la sociedad. Quisiera recordar aquí, una vez más, la enseñanza siempre actual del concilio Vaticano II que, en la constitución pastoral Gaudium et spes, se pronuncia de modo muy explícito: «La Iglesia, en razón de su función y de su competencia, no se confunde de ningún modo con la comunidad política y no está ligada a ningún sistema político (...). Alaba y tiene como digna de consideración la obra de aquellos que para servicio de los hombres se consagran al bien del Estado y aceptan las cargas de este deber (...). Respeta y promueve también la libertad y la responsabilidad política de los ciudadanos» (nn. 75-76). Conviene tener siempre presente que el aspecto exterior de la vida de la sociedad terrena, de la estructura del Estado o el poder político, pertenecen a las cosas de este mundo, mudables y que siempre pueden mejorar. Las estructuras que las sociedades se dan a sí mismas no poseen jamás un valor supremo; ni siquiera pueden garantizar por sí solas todos los bienes que el hombre desea. Y, en particular, no pueden sustituir la voz de su conciencia, ni apagar su sed de verdad y de absoluto. La Iglesia es plenamente consciente de que la aceptación del evangelio de la salvación produce efectos benéficos también en la dimensión pública de la vida de las sociedades y de las personas, y es capaz de transformar profundamente la faz de esta tierra, haciéndola más humana. Más aún, la vocación del cristiano es la profesión pública de la fe y una presencia activa en todos los sectores de la vida civil. Por eso, la Iglesia, formada libremente por quienes creen en Cristo, exige, por lo que respecta a la legislación terrena, que se garantice «igualmente a todos los ciudadanos el derecho de vivir de acuerdo con su conciencia y de no contradecir las normas del orden moral natural reconocidas por la razón» (Discurso al Parlamento europeo, 11 de octubre de 1988, n. 8: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 27 de noviembre de 1988, p. 20).

En este campo, a los pastores de la Iglesia les corresponde el papel, muy importante y a la vez delicado, de formar una recta conciencia, obediente a los dictámenes del Evangelio y a las enseñanzas de la Iglesia; una conciencia capaz de una acción sabia y responsable al servicio de la sociedad, de modo que el compromiso político no divida, sino que actúe en la verdad, en la justicia, en el amor y en el respeto a la dignidad del hombre, teniendo presente un único fin: la promoción del bien común. En este campo, a los laicos toca desempeñar un papel particular, en armonía con los carismas y los dones que el Espíritu Santo les concede para el cumplimiento de su misión. En la exhortación apostólica Christifideles laici escribí: «Para animar cristianamente el orden temporal ―en el sentido señalado de servir a la persona y a la sociedad―, los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en la "política"; es decir, de la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común. Su tarea urgente y responsable consiste en testimoniar los valores humanos y evangélicos» (n. 42).

7. Queridos hermanos en el episcopado, las tareas que he recordado no son nuevas. Sin embargo, son indispensables para que, en la actual situación histórica de nuestra nación, el Evangelio pueda influir más eficazmente en toda la vida de la sociedad y dar su necesaria contribución a la reconstrucción de una visión integral y global del hombre y del mundo, que se oponga a la cultura de la muerte, de la desconfianza y de la secularización de la vida. Todos queremos que el Evangelio ejerza una influencia salvífica y más profunda que nunca en los comportamientos morales y en la organización de la sociedad polaca, conforme a su milenaria tradición cristiana. Por tanto, debemos hacer todo lo posible para que la verdad del Evangelio se abra camino en las conciencias, de modo correspondiente a su importancia, que es esencial para el hombre de hoy.

Me congratulo con vosotros por el hecho de que la Iglesia en Polonia es cada vez más consciente de su misión y de su papel en las nuevas condiciones. Soy testigo del gran esfuerzo pastoral de los obispos, los sacerdotes, los consagrados y los innumerables laicos que trabajan incansablemente para que no se pierda nada del gran patrimonio cristiano, fruto de sacrificios y renuncias por parte de muchas generaciones. Es preciso continuar el gran esfuerzo de evangelización de toda la Iglesia, el trabajo formativo organizado y realizado con coherencia en todos los campos de la pastoral, a fin de que nuestros hermanos realicen plenamente su vocación en la Iglesia y en la sociedad. Es necesario ayudar a los laicos para que, con espíritu de unidad y mediante un servicio honrado y desinteresado, en colaboración con todos, sepan conservar y desarrollar en el ámbito sociopolítico la tradición y la cultura cristianas. La doctrina social de la Iglesia, con su patrimonio, sus contenidos esenciales y sus consecuencias, debería ser objeto de una profunda reflexión, de estudio y de enseñanza. Tenéis el deber de avivar la fe en la presencia del Salvador, que es fuente de esperanza y aliento para todos los hombres y para todas las naciones, y también velar e inspirar constantemente la renovación de los pensamientos y los corazones. En este esfuerzo evangélico, tened gran confianza en la acción del Espíritu Santo, «aquel que construye el reino de Dios en el curso de la historia y prepara su plena manifestación en Jesucristo, animando a los hombres en su corazón y haciendo germinar dentro de la vivencia humana las semillas de la salvación definitiva que se dará al final de los tiempos» (Tertio millennio adveniente, 45).

Estos son sólo algunos de los problemas que deseaba presentaros, queridos hermanos que habéis venido ad limina Apostolorum. Espero que sean objeto de vuestra común solicitud pastoral y de vuestra ferviente oración ante las tumbas de los apóstoles Pedro y Pablo. Encomiendo a la intercesión y protección de la santísima Virgen María y de los santos patronos de nuestra patria a las diócesis confiadas a vosotros y vuestra obra de evangelización. Recibid mi bendición apostólica, con la que abrazo a todos los fieles de vuestras Iglesias particulares.

 

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