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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN LA ASAMBLEA PLENARIA
DE LA COMISI
ÓN PONTIFICIA DE ARQUEOLOGÍA SACRA

 Viernes 16 de enero de 1998

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Me alegra encontrarme con vosotros con ocasión de la asamblea plenaria de la Comisión pontificia de arqueología sacra. Os saludo cordialmente a cada uno y agradezco, en particular, a monseñor Francesco Marchisano las palabras con que se ha hecho intérprete de vuestros sentimientos y ha presentado el importante objeto de vuestros trabajos: Las catacumbas cristianas y el Año santo.

Deseo, ante todo, expresar mi aprecio y mi gratitud por el importante servicio que estáis realizando y que, con vistas al jubileo, se ha hecho más intenso aún. Me refiero a los descubrimientos arqueológicos y a las restauraciones, así como a las iniciativas orientadas directamente al Año santo. Las catacumbas, como se ha subrayado muchas veces, revisten gran importancia en relación con el jubileo del año 2000.

2. Ya desde hace algunos años estáis trabajando en la restauración y preparación de numerosas catacumbas cristianas situadas en el territorio italiano. Los trabajos se han realizado especialmente en las catacumbas de Roma abiertas al público, es decir, las de San Calixto, San Sebastián, Domitila, Priscila y Santa Inés, donde se han efectuado o están a punto de efectuarse intervenciones que facilitarán la afluencia de peregrinos. Además, para aumentar las posibilidades de los cementerios visitables, se están llevando a cabo los trámites a fin de abrir una sexta catacumba, la de San Pedro y San Marcelino en la vía Casilina.

Vuestra atención se dirige oportunamente a la valoración pastoral de esos insignes monumentos de la antigüedad cristiana. Con esa finalidad, se está preparando de manera adecuada a los guías de los peregrinos. En efecto, las visitas, ilustradas con apropiadas explicaciones, exactas y actualizadas en el aspecto didáctico, científico y espiritual, se convierten también en un eficacísimo momento de catequesis, capaz de suscitar una profunda reflexión sobre el mensaje evangélico. Este regreso a los orígenes, a través de los más antiguos cementerios ideados por los primeros cristianos, se enmarca perfectamente en el proyecto de la «nueva evangelización», en el que está comprometida toda la Iglesia en el camino hacia el tercer milenio.

3. Las catacumbas, a la vez que presentan el rostro elocuente de la vida cristiana de los primeros siglos, constituyen una perenne escuela de fe, esperanza y caridad.

Al recorrer las galerías, se respira una atmósfera sugestiva y conmovedora. La mirada se detiene en la innumerable serie de sepulturas y en la sencillez que las caracteriza. Sobre las tumbas se lee el nombre de bautismo de los difuntos. Cuando se leen esos nombres, se tiene la impresión de oír otras tantas voces que responden a una llamada escatológica, y vienen a la memoria las palabras de Lactancio: «Entre nosotros no hay ni siervos ni señores; el único motivo por el que nos llamamos hermanos es que nos consideramos todos iguales» (Divinae Instit., 5, 15).

Las catacumbas hablan de la solidaridad que unía a los hermanos en la fe: las ofrendas de cada uno permitían la sepultura de todos los difuntos, incluso de los más indigentes, que no podían afrontar el gasto de la compra o la preparación de la tumba. Esta caridad colectiva representó una de las características fundamentales de las comunidades cristianas de los primeros siglos y una defensa contra la tentación de volver a las antiguas formas religiosas.

4. Las catacumbas, por consiguiente, sugieren al peregrino este sentimiento de solidaridad unido indisolublemente a la fe y a la esperanza. La misma definición de coemeteria, «dormitorios», aclara que las catacumbas se consideraban verdaderos lugares comunitarios de descanso, donde todos los hermanos cristianos, independientemente de su clase y de su profesión, descansaban en un amplio abrazo solidario, esperando la resurrección final. Por eso, no eran lugares tristes, sino que se decoraban con frescos, mosaicos y esculturas, como queriendo alegrar los rincones oscuros y anticipar, con las imágenes de flores, pájaros y árboles, la visión del paraíso esperado al fin de los tiempos. La significativa fórmula «in pace», que aparece a menudo sobre los sepulcros de los cristianos, sintetiza bien su esperanza.

Los símbolos sobre las losas que cubrían las tumbas son sencillos y, a la vez, llenos de significado. El ancla, la barca y el pez expresan la firmeza de la fe en Cristo. Se ve la vida del cristiano como una travesía por un mar tempestuoso, hasta el puerto añorado de la eternidad. El pez se identifica con Cristo y alude al sacramento del bautismo, como lo recuerda Tertuliano, quien compara a los fieles con los pececillos (pisciculi), que logran la salvación naciendo y permaneciendo en el agua (De baptismo, 1, 3).

5. Las catacumbas conservan, entre otras cosas, las tumbas de los primeros mártires, testigos de una fe límpida y solidísima, que los llevó, como «atletas de Dios», a salir victoriosos de la prueba suprema. Muchos sepulcros de los mártires se conservan aún dentro de las catacumbas, y generaciones de fieles se han recogido en oración delante de ellos.

También los peregrinos del jubileo del año 2000 irán a las tumbas de los mártires y, elevando sus oraciones a los antiguos campeones de la fe, dirigirán su pensamiento a los «nuevos mártires», a los cristianos que en el pasado próximo y también en nuestros días sufren violencias, abusos e incomprensiones, porque quieren permanecer fieles a Cristo y a su Evangelio.

En el silencio de las catacumbas, el peregrino del año 2000 puede reencontrar o reavivar su identidad religiosa en una especie de itinerario espiritual que, partiendo de los primeros testimonios de la fe, lo lleve hasta las razones y las exigencias de la nueva evangelización.

Queridos hermanos, la conciencia de estos valores apenas esbozados, pero que vosotros conocéis bien, os sostenga en vuestro característico servicio eclesial y cultural.

Con esta finalidad, a la vez que invoco sobre vosotros la asistencia solícita de María santísima, os imparto de corazón a todos una especial bendición apostólica, que extiendo también a vuestros seres queridos.

 

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