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JUAN PABLO II
DISCURSO AL MUNDO DE LA CULTURA23 de enero de 1998
Señor Presidente de la República, gracias por su
presencia, Señores Cardenales y Obispos, Autoridades
universitarias, Ilustres Señoras y Señores:
1. Es para mí un gozo encontrarme con Ustedes en este venerable
recinto de la Universidad de La Habana. A todos dirijo mi afectuoso saludo y, en
primer lugar, quiero agradecer las palabras que el Señor Cardenal Jaime
Ortega y Alamino ha tenido a bien dirigirme, en nombre de todos, para darme la
bienvenida, así como el amable saludo del Señor Rector de esta
Universidad, que me ha acogido en esta Aula Magna. En ella se conservan los
restos del gran sacerdote y patriota, el Siervo de Dios Padre Félix
Varela, ante los cuales he rezado. Gracias, Señor Rector, por presentarme
a esta distinguida asamblea de mujeres y hombres que dedican sus esfuerzos a la
promoción de la cultura genuina en esta noble nación cubana.
2. La cultura es aquella forma peculiar con la que los hombres expresan y
desarrollan sus relaciones con la creación, entre ellos mismos y con
Dios, formando el conjunto de valores que caracterizan a un pueblo y los rasgos
que lo definen. Así entendida, la cultura tiene una importancia
fundamental para la vida de las naciones y para el cultivo de los
valores humanos más auténticos. La Iglesia, que acompaña
al hombre en su camino, que se abre a la vida social, que busca los espacios
para su acción evangelizadora, se acerca, con su palabra y su acción,
a la cultura.
La Iglesia católica no se identifica con ninguna cultura
particular, sino que se acerca a todas ellas con espíritu abierto. Ella,
al proponer con respeto su propia visión del hombre y de los valores,
contribuye a la creciente humanización de la sociedad. En la
evangelización de la cultura es Cristo mismo el que actúa a través
de su Iglesia, ya que con su Encarnación «entra en la cultura»
y «trae para cada cultura histórica el don de la purificación
y de la plenitud» (Conclusiones de Santo Domingo, 228).
«Toda cultura es un esfuerzo de reflexión sobre el misterio del
mundo y, en particular, del hombre: es un modo de expresar la dimensión
trascendente de la vida humana» (Discurso en la ONU, 5 octubre
1995, 9). Respetando y promoviendo la cultura, la Iglesia respeta y promueve al
hombre: al hombre que se esfuerza por hacer más humana su vida y por
acercarla, aunque sea a tientas, al misterio escondido de Dios. Toda cultura
tiene un núcleo íntimo de convicciones religiosas y de valores
morales, que constituye como su «alma»; es ahí donde Cristo
quiere llegar con la fuerza sanadora de su gracia. La evangelización de
la cultura es como una elevación de su «alma religiosa»,
infundiéndole un dinamismo nuevo y potente, el dinamismo del Espíritu
Santo, que la lleva a la máxima actualización de sus
potencialidades humanas. En Cristo, toda cultura se siente profundamente
respetada, valorada y amada; porque toda cultura está siempre abierta, en
lo más auténtico de sí misma, a los tesoros de la Redención.
3. Cuba, por su historia y situación geográfica, tiene una
cultura propia en cuya formación ha habido influencias diversas: la hispánica,
que trajo el catolicismo; la africana, cuya religiosidad fue permeada por el
cristianismo; la de los diferentes grupos de inmigrantes; y la propiamente
americana. Es de justicia recordar la influencia que el Seminario de San Carlos
y San Ambrosio, de La Habana, ha tenido en el desarrollo de la cultura nacional
bajo el influjo de figuras como José Agustín Caballero, llamado
por Martí «padre de los pobres y de nuestra filosofía»,
y el sacerdote Félix Varela, verdadero padre de la cultura cubana. La
superficialidad o el anticlericalismo de algunos sectores en aquella época
no son genuinamente representativos de lo que ha sido la verdadera idiosincrasia
de este pueblo, que en su historia ha visto la fe católica como fuente de
los ricos valores de la cubanía que, junto a las expresiones típicas,
canciones populares, controversias campesinas y refranero popular, tiene una
honda matriz cristiana, lo cual es hoy una riqueza y una realidad constitutiva
de la Nación.
4. Hijo preclaro de esta tierra es el Padre Félix Varela y
Morales, considerado por muchos como piedra fundacional de la
nacionalidad cubana. Él mismo es, en su persona, la mejor síntesis
que podemos encontrar entre fe cristiana y cultura cubana. Sacerdote habanero
ejemplar y patriota indiscutible, fue un pensador insigne que renovó en
la Cuba del siglo XIX los métodos pedagógicos y los contenidos de
la enseñanza filosófica, jurídica, científica y teológica.
Maestro de generaciones de cubanos, enseñó que para asumir
responsablemente la existencia lo primero que se debe aprender es el difícil
arte de pensar correctamente y con cabeza propia. Él fue el primero que
habló de independencia en estas tierras. Habló también de
democracia, considerándola como el proyecto político más
armónico con la naturaleza humana, resaltando a la vez las exigencias que
de ella se derivan. Entre estas exigencias destacaba dos: que haya personas
educadas para la libertad y la responsabilidad, con un proyecto ético
forjado en su interior, que asuman lo mejor de la herencia de la civilización
y los perennes valores trascendentes, para ser así capaces de emprender
tareas decisivas al servicio de la comunidad; y, en segundo lugar, que las
relaciones humanas, así como el estilo de convivencia social, favorezcan
los debidos espacios donde cada persona pueda, con el necesario respeto y
solidaridad, desempeñar el papel histórico que le corresponde
para dinamizar el Estado de Derecho, garantía esencial de toda
convivencia humana que quiera considerarse democrática.
El Padre Varela era consciente de que, en su tiempo, la independencia era un
ideal todavía inalcanzable; por ello se dedicó a formar
personas, hombres de conciencia, que no fueran soberbios con los débiles,
ni débiles con los poderosos. Desde su exilio de Nueva York, hizo uso de
los medios que tenía a su alcance: la correspondencia personal, la prensa
y la que podríamos considerar su obra cimera, las Cartas a Elpidio
sobre la impiedad, la superstición y el fanatismo en sus relaciones con
la sociedad, verdadero monumento de enseñanza moral, que constituye
su precioso legado a la juventud cubana. Durante los últimos treinta años
de su vida, apartado de su cátedra habanera, continuó enseñando
desde lejos, generando de ese modo una escuela de pensamiento, un estilo de
convivencia social y una actitud hacia la patria que deben iluminar, también
hoy, a todos los cubanos.
Toda la vida del Padre Varela estuvo inspirada en una profunda
espiritualidad cristiana. Ésta es su motivación más
fuerte, la fuente de sus virtudes, la raíz de su compromiso con la
Iglesia y con Cuba: buscar la gloria de Dios en todo. Eso lo llevó
a creer en la fuerza de lo pequeño, en la eficacia de las semillas de la
verdad, en la conveniencia de que los cambios se dieran con la debida
gradualidad hacia las grandes y auténticas reformas. Cuando se encontraba
al final de su camino, momentos antes de cerrar los ojos a la luz de este mundo
y de abrirlos a la Luz inextinguible, cumplió aquella promesa que siempre
había hecho: «Guiado por la antorcha de la fe, camino al sepulcro en
cuyo borde espero, con la gracia divina, hacer, con el último suspiro,
una protestación de mi firme creencia y un voto fervoroso por la
prosperidad de mi patria» (Cartas a Elpidio, tomo I, carta 6, p.
182).
5. Ésta es la herencia que el Padre Varela dejó. El bien de su
patria sigue necesitando de la luz sin ocaso, que es Cristo. Cristo es
la vía que guía al hombre a la plenitud de sus dimensiones, el
camino que conduce hacia una sociedad más justa, más libre, más
humana y más solidaria. El amor a Cristo y a Cuba, que iluminó
la vida del Padre Varela, está en la raíz más honda de la
cultura cubana. Recuerden la antorcha que aparece en el escudo de esta Casa de
estudios: no es sólo memoria, sino también proyecto. Los propósitos
y los orígenes de esta Universidad, su trayectoria y su herencia, marcan
su vocación de ser madre de sabiduría y de libertad, inspiradora
de fe y de justicia, crisol donde se funden ciencia y conciencia, maestra de
universalidad y de cubanía.
La antorcha que, encendida por el Padre Varela, había de iluminar la
historia del pueblo cubano, fue recogida, poco después de su muerte, por
esa personalidad relevante de la nación que es José Martí:
escritor y maestro en el sentido más pleno de la palabra,
profundamente democrático e independentista, patriota, amigo leal aun de
aquellos que no compartían su programa político. Él fue,
sobre todo, un hombre de luz, coherente con sus valores éticos y animado
por una espiritualidad de raíz eminentemente cristiana. Es considerado
como un continuador del pensamiento del Padre Varela, a quien llamó «el
santo cubano».
6. En esta Universidad se conservan los restos del Padre Varela como uno de
sus tesoros más preciosos. Por doquier, en Cuba, se ven también
los monumentos que la veneración de los cubanos ha levantado a José
Martí. Y estoy convencido de que este pueblo ha heredado las virtudes
humanas, de matriz cristiana, de ambos hombres, pues todos los cubanos
participan solidariamente de su impronta cultural. En Cuba se puede hablar de
un diálogo cultural fecundo, que es garantía de un
crecimiento más armónico y de un incremento de iniciativas y de
creatividad de la sociedad civil. En este país, la mayor parte de los artífices
de la cultura católicos y no católicos, creyentes y no
creyentes son hombres de diálogo, capaces de proponer y de
escuchar. Los animo a proseguir en sus esfuerzos por encontrar una síntesis
con la que todos los cubanos puedan identificarse; a buscar el modo de
consolidar una identidad cubana armónica que pueda integrar en su seno
sus múltiples tradiciones nacionales. La cultura cubana, si está
abierta a la Verdad, afianzará su identidad nacional y la hará
crecer en humanidad.
La Iglesia y las instituciones culturales de la Nación deben
encontrarse en el diálogo, y cooperar así al desarrollo de la
cultura cubana. Ambas tienen un camino y una finalidad común: servir
al hombre, cultivar todas las dimensiones de su espíritu y fecundar desde
dentro todas sus relaciones comunitarias y sociales. Las iniciativas que ya
existen en este sentido deben encontrar apoyo y continuidad en una pastoral para
la cultura, en diálogo permanente con personas e instituciones del ámbito
intelectual.
Peregrino en una Nación como la suya, con la riqueza de una herencia
mestiza y cristiana, confío que en el porvenir los cubanos alcancen una
civilización de la justicia y de la solidaridad, de la libertad y de la
verdad, una civilización del amor y de la paz que, como decía el
Padre Varela, «sea la base del gran edificio de nuestra felicidad».
Para ello me permito poner de nuevo en las manos de la juventud cubana aquel
legado, siempre necesario y siempre actual, del Padre de la cultura cubana;
aquella misión que el Padre Varela encomendó a sus discípulos:
«Diles que ellos son la dulce esperanza de la patria y que no hay patria
sin virtud, ni virtud con impiedad».
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1998 - Libreria Editrice Vaticana
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