1. En este señalado día, me es muy grato recibirlos a Ustedes,
representantes del Consejo de Iglesias de Cuba y de diversas confesiones
cristianas, acompañados de algunos exponentes de la comunidad judía,
que participa en el mismo Consejo como observadora. Los saludo a todos con gran
afecto y les aseguro la alegría que me produce este encuentro con quienes
compartimos la fe en el Dios vivo y verdadero. El ambiente propicio nos hace
decir desde el principio: «Oh, qué bueno, qué dulce
habitar los hermanos todos juntos» (Sal132,1).
He venido a este País como mensajero de la esperanza y de la verdad,
para dar aliento y confirmar en la fe a los Pastores y fieles de las diversas diócesis
de esta Nación (cf. Lc 22, 32), pero he deseado también
que mi saludo llegara a todos los cubanos, como signo concreto del amor infinito
de Dios para con todos los hombres. En esta visita a Cuba como acostumbro
a hacer en mis viajes apostólicos no podía faltar este
encuentro con Ustedes, para compartir los afanes por la restauración de
la unidad entre todos los cristianos y estrechar la colaboración para el
progreso integral del pueblo cubano teniendo en cuenta los valores espirituales
y trascendentes de la fe. Esto es posible gracias a la común esperanza en
las promesas de salvación que Dios nos ha hecho y manifestado en Cristo
Jesús, Salvador del género humano.
2. Hoy, fiesta de la conversión de San Pablo, el Apóstol
«alcanzado por Cristo Jesús» (Flp 3, 12), que
dedicó desde entonces sus energías a predicar el Evangelio a todas
las naciones, termina la Semana de oración por la unidad de los
cristianos, que este año hemos celebrado bajo el lema «El
Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad» (Rm 8,
26). Con esta iniciativa, que comenzó hace ya muchos años y que ha
adquirido una creciente importancia, no sólo se pretende llamar la atención
de todos los cristianos sobre el valor del movimiento ecuménico, sino
también subrayar de manera práctica e inequívoca los
pilares sobre los que han de fundarse todas sus actividades.
Esta circunstancia me ofrece la oportunidad de reafirmar, en esta tierra
sellada por la fe cristiana, el irrevocable compromiso de la Iglesia de no cejar
en su aspiración a la plena unidad de los discípulos de Cristo,
repitiendo constantemente con Él: «Padre: que todos sean uno»
(Jn 17, 21), y obedeciendo así a su voluntad. Esto no debe faltar
en ningún rincón de la Iglesia, cualquiera que sea la situación
sociológica en la que se encuentre. Es verdad que cada nación
cuenta con su propia cultura e historia religiosa y que las actividades ecuménicas
tienen, por eso, en los diversos lugares, características distintas y
peculiares, pero por encima de todo es muy importante que las relaciones entre
todos los que comparten su fe en Dios sean siempre fraternas. Ninguna
contingencia histórica, ni condicionamiento ideológico o cultural
deberían entorpecer esas relaciones, cuyo centro y fin ha de ser únicamente
el servicio a la unidad querida por Jesucristo.
Somos conscientes de que el retorno a una comunión plena exige
amor, valentía y esperanza, las cuales surgen de la oración
perseverante, que es la fuente de todo compromiso verdaderamente inspirado por
el Señor. Por medio de la oración se favorece la purificación
de los corazones y la conversión interior, necesarias para reconocer la
acción del Espíritu Santo como guía de las personas, de la
Iglesia y de la historia, a la vez que se fomenta la concordia que transforma
nuestras voluntades y las hace dóciles a sus inspiraciones. De este modo
se cultiva también una fe cada vez más viva. Es el Espíritu
quien ha guiado el movimiento ecuménico y al mismo Espíritu han de
atribuirse los notables progresos alcanzados, superando aquellos tiempos en que
las relaciones entre las comunidades estaban marcadas por una indiferencia
mutua, que en algunos lugares derivaba incluso en abierta hostilidad.
3. La intensa dedicación a la causa de la unidad de todos los
cristianos es uno de los signos de esperanza presentes en este final de siglo
(cf. Tertio millennio adveniente, 46). Ello es aplicable también
a los cristianos de Cuba, llamados no sólo a proseguir el diálogo
con espíritu de respeto, sino a colaborar de mutuo acuerdo en proyectos
comunes que ayuden a toda la población a progresar en la paz y crecer en
los valores esenciales del Evangelio, que dignifican la persona humana y hacen más
justa y solidaria la convivencia. Todos estamos llamados a mantener un cotidiano
diálogo de la caridad que fructificará en el diálogo
de la verdad, ofreciendo a la sociedad cubana la imagen auténtica de
Cristo, y favoreciendo el conocimiento de su misión redentora por la
salvación de todos los hombres.
4. Quiero dirigir también un saludo particular a la Comunidad judía
aquí representada. Su presencia es prueba elocuente del diálogo
fraterno orientado a un mejor conocimiento entre judíos y cristianos, que
por parte de los católicos ha sido promovido por el Concilio Vaticano II
y continúa difundiéndose cada vez más. Con Ustedes
compartimos un patrimonio espiritual común, que hunde sus raíces
en las Sagradas Escrituras. Que Dios, Creador y Salvador, sostenga los esfuerzos
que se emprenden para caminar juntos. Que alentados por la Palabra divina
progresemos en el culto y en el amor ferviente a Él, y que ello se
prolongue en una acción eficaz en favor de cada hombre.
5. Para concluir, quiero agradecerles su presencia en este encuentro, a la
vez que pido a Dios que bendiga a cada uno de Ustedes y a sus Comunidades; que
los guarde en sus caminos para anunciar su Nombre a los hermanos; les haga ver
su rostro en medio de la sociedad a la cual sirven y les conceda la paz en todas
sus actividades.
La Habana, 25 de enero de 1998, Fiesta de la Conversión de San
Pablo.