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MENSAJE  DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL VIII ENCUENTRO INTERNACIONAL
DE LA FRATERNIDAD CATÓLICA
DE LAS COMUNIDADES Y ASOCIACIONES DE LA ALIANZA

 

Queridos amigos:

1. «La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros» (2 Co 13, 13). Este es mi saludo a los participantes en el VIII Encuentro internacional de la Fraternidad católica de las comunidades y asociaciones carismáticas de la alianza, que se está celebrando en Roma en estos días. El comienzo de vuestro encuentro coincide con otro momento muy significativo para toda la Iglesia, pero, de modo particular, para la Renovación carismática: la fiesta de Pentecostés de este año que, en nuestra preparación para el gran jubileo del año 2000, está dedicado al Espíritu Santo, y en el que participáis con especial intensidad. En la carta apostólica Tertio millennio adveniente escribí: «Se incluye, por tanto, entre los objetivos primarios de la preparación del jubileo el reconocimiento de la presencia y de la acción del Espíritu, que actúa en la Iglesia tanto sacramentalmente, sobre todo por la confirmación, como a través de los diversos carismas, tareas y ministerios que él ha suscitado para su bien» (n. 45).

Ciertamente, vuestro carisma os impulsa a orientar vuestra vida hacia una intimidad «especial» con el Espíritu Santo. Y un análisis de los treinta años de historia de la Renovación carismática católica muestra que habéis ayudado a muchas personas a redescubrir la presencia y la fuerza del Espíritu Santo en su vida, en la vida de la Iglesia y en la del mundo. Se trata de un redescubrimiento que ha llevado a muchas de ellas a una fe en Cristo Jesús rebosante de alegría y entusiasmo, a un gran amor a la Iglesia y a una entrega generosa a su misión. Por eso, en este año especial, me uno a vosotros en una oración de alabanza y acción de gracias por estos valiosos frutos que Dios quiso hacer madurar en vuestras comunidades y, por ellas, en la Iglesia.

2. En cierto sentido, vuestro encuentro forma parte de la gran asamblea de movimientos eclesiales y nuevas comunidades que tuvo lugar en la plaza de San Pedro el pasado 30 de mayo, víspera de Pentecostés. Deseé mucho ese encuentro y lo esperé con mucha ilusión; fue un encuentro de «testimonio común». Y hoy debo decir que me conmovió profundamente el espíritu de recogimiento y oración, el clima de alegría y celebración en el Señor, que caracterizó dicho acontecimiento, verdadero don del Espíritu Santo en el año dedicado a él. Fue un intenso momento de comunión eclesial y una manifestación de la unidad de los numerosos carismas diversos, que distinguen a los movimientos eclesiales y a las nuevas comunidades. Sé que tomaron parte muchos representantes de las comunidades de la Renovación de todo el mundo y os doy las gracias por ello.

Desde el comienzo de mi ministerio como Sucesor de Pedro, he considerado a los movimientos un gran recurso espiritual para la Iglesia y la humanidad, un don del Espíritu Santo para nuestro tiempo y un signo de esperanza para todos. De la plaza de San Pedro, el 30 de mayo, salió un importante mensaje, una palabra poderosa que el Espíritu Santo no sólo quiso dirigir a los movimientos, sino también a toda la Iglesia. Los movimientos quisieron testimoniar su comunión con la Iglesia y la entrega completa a su misión, bajo la guía de sus pastores. Quisieron confirmar nuevamente su deseo de poner sus carismas al servicio de la Iglesia universal, de las Iglesias particulares y de las comunidades parroquiales. Estoy seguro de que ese acontecimiento inolvidable será fuente de rica inspiración para vuestro encuentro.

3. Dentro de la Renovación carismática, la Fraternidad católica tiene una misión específica, reconocida por la Santa Sede. Uno de los objetivos indicados en vuestros Estatutos es salvaguardar la identidad católica de las comunidades carismáticas y animarlas a mantener siempre un vínculo estrecho con los obispos y el Romano Pontífice. Ayudar a los católicos a tener un fuerte sentido de su condición de miembros de la Iglesia es especialmente importante en nuestro tiempo, en que reinan la confusión y el relativismo.

Pertenecéis a un movimiento eclesial. Aquí la palabra «eclesial» no es meramente decorativa. Significa una tarea precisa de formación cristiana, y requiere una profunda convergencia de fe y vida. La fe entusiasta que anima a vuestras comunidades es una gran riqueza, pero no basta. Debe ir acompañada por una formación cristiana sólida, completa y fiel al magisterio de la Iglesia; una formación que se base en la vida de oración, en la escucha de la palabra de Dios y en la digna recepción de los sacramentos, especialmente de la reconciliación y la Eucaristía. Para madurar en la fe, tenemos que crecer en el conocimiento de sus verdades. Si esto no sucede, se corre el peligro de caer en la superficialidad, en el subjetivismo extremo y en el engaño. El nuevo Catecismo de la Iglesia católica debería convertirse para todo cristiano y, por tanto, para todas las comunidades de la Renovación, en un punto de referencia constante. Continuamente debéis examinaros a la luz de los «criterios de eclesialidad», que expuse en la exhortación apostólica Christifideles laici (n. 30). Como movimiento eclesial, una de vuestras características distintivas debería ser sentire cum Ecclesia, es decir, vivir con obediencia filial al magisterio de la Iglesia, a los pastores y al Sucesor de Pedro, y construir con ellos la comunión de todo el Cuerpo.

4. El lema del VIII Encuentro internacional de la Fraternidad católica recoge las palabras de Cristo: «He venido a traer fuego a la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!» (Lc 12, 49). En el ámbito del gran jubileo de Jesucristo, el Salvador del mundo, estas palabras resuenan con toda su fuerza. El Hijo de Dios hecho hombre nos trajo el fuego del amor y la verdad que salva. Al aproximarse el nuevo milenio, la Iglesia escucha la llamada, la exhortación apremiante del Maestro a asumir un compromiso cada vez mayor por la misión: «Cuando el fruto está maduro (...), ha llegado la siega» (Mc 4, 29). Sin duda, trataréis de esto durante vuestro encuentro. Por consiguiente, dejad que os guíe el Espíritu Santo, que es siempre el protagonista de la evangelización y la misión.

Acompaño vuestros trabajos con mis oraciones, y espero sinceramente que este encuentro, que se celebra en circunstancias tan significativas, produzca abundantes frutos espirituales para toda la Renovación carismática católica. Ojalá que sea una piedra miliar en el itinerario de vuestra preparación espiritual para el gran jubileo del año 2000. A todos vosotros, a vuestras comunidades y a vuestros seres queridos, imparto de corazón mi bendición apostólica.

Vaticano, 1 de junio de 1998

 

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