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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL SEÑOR HORACIO SÁNCHEZ UNZUETA
NUEVO EMBAJADOR DE MÉXICO ANTE LA SANTA SEDE*


Sábado 6 de junio de 1998

 

1. Me complace darle mi cordial bienvenida en este acto, en el que me presenta las cartas credenciales que le acreditan como embajador extraordinario y plenipotenciario de México ante esta Sede apostólica. Correspondo con sincero agradecimiento al afectuoso saludo que el señor presidente de la República, doctor Ernesto Zedillo Ponce de León, me hace llegar por medio de usted, y le ruego que le transmita mis mejores augurios de prosperidad y bien espiritual para su persona y para todos los habitantes de la querida tierra mexicana.

2. Su presencia aquí me hace recordar con agrado mis visitas pastorales a su amado país, en las cuales pude percibir, junto al calor de la acogida y hospitalidad y tantas muestras de afecto, los grandes esfuerzos realizados para llevar a cabo su vocación histórica.

Pienso asimismo en mi nuevo viaje a la Ciudad de México, que tiene como finalidad la entrega de la exhortación apostólica postsinodal relativa a la Asamblea especial para América del Sí- nodo de los obispos, celebrada en Roma en 1997. Tendré así la grata oportunidad de volver a pisar el suelo mexicano, encontrar a sus gentes y a sus autoridades. La Ciudad de México será por unos días la capital pastoral de las Américas y testigo privilegiado de una etapa histórica en el proceso de la nueva evangelización, tanto del continente americano como de todo el mundo.

3. México, por su posición geográfica dentro del continente americano, que le consiente participar en las diversas corrientes culturales, científicas y económicas, muchas veces creativas y que abren caminos de futuro, está llamado a ser instrumento de paz y diálogo entre las gentes del norte y las gentes del sur, entre países desarrollados y otros en vías de desarrollo, entre antiguas y nuevas culturas. Al cumplir este cometido, México puede aportar toda la riqueza de su patrimonio espiritual y cultural, que tiene hondas raíces cristianas, contribuyendo así al progreso de la sociedad en América, con un desarrollo que tenga en cuenta la dimensión humana, tan necesaria para garantizar un porvenir realmente digno de las personas.

4. En México, señor embajador, el camino hacia el afianzamiento y la promoción armónica de los derechos humanos en favor de todos está condicionado, como en diversas áreas del continente americano, entre otras causas, por desequilibrios económicos y crisis sociales. Esto afecta especialmente a las personas con escasos recursos materiales, las más expuestas también al desempleo y víctimas tantas veces de la corrupción y otras muchas formas de violencia. No se ha de olvidar que los desequilibrios económicos contribuyen al progresivo deterioro y a la pérdida de los valores morales, lo que se manifiesta en la desintegración de las familias, el permisivismo en las costumbres y el poco respeto por la vida.

Para recuperar dichos valores morales, necesarios en toda sociedad, se han de incluir entre los objetivos prioritarios del momento presente medidas políticas y sociales que fomenten un empleo digno y estable para todos, de modo que se supere la pobreza material que amenaza a muchos de los habitantes. Es ineludible también dedicar especial cuidado a la educación de las nuevas generaciones, desarrollando una política educativa que consolide y difunda estos valores fundamentales. Así se contribuirá a que el pueblo mexicano progrese espiritual, cultural y materialmente, en un clima de justicia social y solidaridad. Ésta no puede reducirse a un vago sentimiento emotivo o a una palabra vacía de contenido real, sino que exige un compromiso moral activo, una decisión firme y constante de dedicarse al bien común, o sea, al bien de todos y de cada uno, porque todos somos responsables de todos (cf. Sollicitudo rei socialis, 39-40).

5. La Iglesia en México, junto con la labor evangelizadora que le es propia, colabora en la promoción de una sociedad cada vez más abierta y participativa, en la que cada uno se sienta plenamente acogido y respetado en su irrenunciable dignidad. Como madre y maestra, la Iglesia hace suyos los problemas del hombre, proyectando sobre ellos las enseñanzas del Evangelio y de su doctrina social, proclamando la primacía de la persona sobre las cosas, y de la conciencia moral sobre los criterios exclusivamente utilitaristas, que a veces oscurecen la imagen de Dios en el hombre.

Una especial atención merecen los pueblos indígenas, cuyo acceso a una vida cada día mejor y más digna, desde un punto de vista cualitativo y cuantitativo .en sectores como educación, sanidad, infraestructuras y otros servicios ., debe realizarse en el respeto de sus propias culturas, tan dignas de consideración. A este respecto, hay que destacar que las diócesis mexicanas, en cuyo ámbito viven comunidades indígenas, promueven proyectos específicos encaminados a confirmar a dichas comunidades en la fe católica que abrazaron sus antepasados y a promover el reconocimiento de su dignidad como personas y como pueblo, facilitándoles, al mismo tiempo, una plena integración en las conquistas del progreso alcanzado por el resto de la nación mexicana.

Todas estas reflexiones ayudan a sentar las bases del México que está a las puertas del tercer milenio cristiano. Para ello debe profundizar en las raíces de la propia identidad, teniendo en cuenta que «no se puede permanecer prisioneros del pasado: es necesaria, para cada uno y para los pueblos, una especie de .purificación de la memoria., a fin de que los males del pasado no vuelvan a producirse» (Mensaje para la Jornada mundial de la paz, 1 de enero de 1997). Gracias a ello, todos los mexicanos y mexicanas de hoy podrán convivir, sin detrimento del aprecio debido a sus tradiciones, tanto de origen occidental como indígena, conjuntadas de manera armónica en una nación unida.

6. Antes de concluir este acto deseo formularle, señor embajador, mis mejores votos para que la misión que hoy inicia sea fecunda en frutos perdurables. Le ruego que se haga intérprete de mis sentimientos y vivas esperanzas ante el señor presidente y las demás autoridades de la República. Al mismo tiempo, invoco abundantes bendiciones del Altísimo sobre usted, su distinguida familia y sus colaboradores, así como sobre todos los hijos de la noble nación mexicana, junto con la constante y maternal intercesión de Nuestra Señora de Guadalupe, Madre de todos los mexicanos.


*Insegnamenti di Giovanni Paolo II, vol. XXI, 1 p. 1296-1299.

L'Osservatore Romano 7.6. 1998 p.5.

L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.24 p.7 (p.343).


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