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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II 1. Me complace darle mi cordial bienvenida en este acto, en el
que me presenta las cartas credenciales que le acreditan como embajador
extraordinario y plenipotenciario de México ante esta Sede apostólica.
Correspondo con sincero agradecimiento al afectuoso saludo que el señor
presidente de la República, doctor Ernesto Zedillo Ponce de León, me hace llegar
por medio de usted, y le ruego que le transmita mis mejores augurios de
prosperidad y bien espiritual para su persona y para todos los habitantes de la
querida tierra mexicana. 2. Su presencia aquí me hace recordar con agrado mis visitas
pastorales a su amado país, en las cuales pude percibir, junto al calor de la
acogida y hospitalidad y tantas muestras de afecto, los grandes esfuerzos
realizados para llevar a cabo su vocación histórica. Pienso asimismo en mi nuevo viaje a la Ciudad de México, que
tiene como finalidad la entrega de la exhortación apostólica postsinodal
relativa a la Asamblea especial para América del Sí- nodo de los obispos,
celebrada en Roma en 1997. Tendré así la grata oportunidad de volver a pisar el
suelo mexicano, encontrar a sus gentes y a sus autoridades. La Ciudad de México
será por unos días la capital pastoral de las Américas y testigo privilegiado de
una etapa histórica en el proceso de la nueva evangelización, tanto del
continente americano como de todo el mundo. 3. México, por su posición geográfica dentro del continente
americano, que le consiente participar en las diversas corrientes culturales,
científicas y económicas, muchas veces creativas y que abren caminos de
futuro, está llamado a ser instrumento de paz y diálogo entre las gentes del
norte y las gentes del sur, entre países desarrollados y otros en vías de
desarrollo, entre antiguas y nuevas culturas. Al cumplir este cometido, México
puede aportar toda la riqueza de su patrimonio espiritual y cultural, que tiene
hondas raíces cristianas, contribuyendo así al progreso de la sociedad en
América, con un desarrollo que tenga en cuenta la dimensión humana, tan
necesaria para garantizar un porvenir realmente digno de las personas. 4. En México, señor embajador, el camino hacia el afianzamiento
y la promoción armónica de los derechos humanos en favor de todos está
condicionado, como en diversas áreas del continente americano, entre otras
causas, por desequilibrios económicos y crisis sociales. Esto afecta
especialmente a las personas con escasos recursos materiales, las más expuestas
también al desempleo y víctimas tantas veces de la corrupción y otras muchas
formas de violencia. No se ha de olvidar que los desequilibrios económicos
contribuyen al progresivo deterioro y a la pérdida de los valores morales, lo
que se manifiesta en la desintegración de las familias, el permisivismo en las
costumbres y el poco respeto por la vida. Para recuperar dichos valores morales,
necesarios en toda sociedad, se han de incluir entre los objetivos prioritarios
del momento presente medidas políticas y sociales que fomenten un empleo digno y
estable para todos, de modo que se supere la pobreza material que amenaza a
muchos de los habitantes. Es ineludible también dedicar especial cuidado a la
educación de las nuevas generaciones, desarrollando una política educativa que
consolide y difunda estos valores fundamentales. Así se contribuirá a que el
pueblo mexicano progrese espiritual, cultural y materialmente, en un clima de
justicia social y solidaridad. Ésta no puede reducirse a un vago sentimiento
emotivo o a una palabra vacía de contenido real, sino que exige un compromiso
moral activo, una decisión firme y constante de dedicarse al bien común, o sea,
al bien de todos y de cada uno, porque todos somos responsables de todos (cf.
Sollicitudo rei socialis, 39-40). 5. La Iglesia en México, junto con la
labor evangelizadora que le es propia, colabora en la promoción de una sociedad
cada vez más abierta y participativa, en la que cada uno se sienta plenamente
acogido y respetado en su irrenunciable dignidad. Como madre y maestra, la
Iglesia hace suyos los problemas del hombre, proyectando sobre ellos las
enseñanzas del Evangelio y de su doctrina social, proclamando la primacía de la
persona sobre las cosas, y de la conciencia moral sobre los criterios
exclusivamente utilitaristas, que a veces oscurecen la imagen de Dios en el
hombre. Una especial atención merecen los pueblos indígenas, cuyo acceso a una
vida cada día mejor y más digna, desde un punto de vista cualitativo y
cuantitativo .en sectores como educación, sanidad, infraestructuras y otros
servicios ., debe realizarse en el respeto de sus propias culturas, tan dignas
de consideración. A este respecto, hay que destacar que las diócesis mexicanas,
en cuyo ámbito viven comunidades indígenas, promueven proyectos específicos
encaminados a confirmar a dichas comunidades en la fe católica que abrazaron sus
antepasados y a promover el reconocimiento de su dignidad como personas y como
pueblo, facilitándoles, al mismo tiempo, una plena integración en las conquistas
del progreso alcanzado por el resto de la nación mexicana. Todas estas reflexiones ayudan a sentar las bases del México que
está a las puertas del tercer milenio cristiano. Para ello debe profundizar en
las raíces de la propia identidad, teniendo en cuenta que «no se puede
permanecer prisioneros del pasado: es necesaria, para cada uno y para los
pueblos, una especie de .purificación de la memoria., a fin de que los males del
pasado no vuelvan a producirse» (Mensaje para la Jornada mundial de la paz,
1 de enero de 1997). Gracias a ello, todos los mexicanos y mexicanas de hoy
podrán convivir, sin detrimento del aprecio debido a sus tradiciones, tanto de
origen occidental como indígena, conjuntadas de manera armónica en una nación
unida. 6. Antes de concluir este acto deseo formularle, señor embajador, mis
mejores votos para que la misión que hoy inicia sea fecunda en frutos
perdurables. Le ruego que se haga intérprete de mis sentimientos y vivas
esperanzas ante el señor presidente y las demás autoridades de la República. Al
mismo tiempo, invoco abundantes bendiciones del Altísimo sobre usted, su
distinguida familia y sus colaboradores, así como sobre todos los hijos de la
noble nación mexicana, junto con la constante y maternal intercesión de Nuestra
Señora de Guadalupe, Madre de todos los mexicanos. *Insegnamenti di Giovanni Paolo II, vol. XXI, 1 p. 1296-1299. L'Osservatore Romano 7.6. 1998 p.5. L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.24 p.7 (p.343). Copyright © Libreria Editrice Vaticana
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