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MENSAJE DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II A LOS MIEMBROS DE LA ORDEN DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
EN EL VIII CENTENARIO DE LA APROBACIÓN DE SU REGLA
Al reverendísimo padre JOSÉ HERNÁNDEZ SÁNCHEZ
ministro general de la orden de la Santísima Trinidad
1. La benemérita orden de los trinitarios recuerda este año el
VIII centenario de la aprobación de su Regla de vida. En efecto, el 17 de
diciembre de 1198, con la bula Operante divinae dispositionis clementia,
mi predecesor Inocencio III, acogiendo de buen grado los deseos de fray Juan de
Mata, confirmaba el documento fundamental, que instituía en la Iglesia una
fraternidad, con el fin de rescatar a cuantos se encontraban encarcelados a
causa de la fe en Cristo.
Me uno con mucho gusto a la alegría de todos vosotros en esta
feliz conmemoración. Lo saludo ante todo a usted, reverendísimo ministro
general, y, a la vez que le renuevo el aprecio de la Santa Sede por la actividad
apostólica realizada por la orden y por toda la familia trinitaria, le expreso
mi deseo de que el acontecimiento jubilar sea para todos los que siguen las
huellas de san Juan de Mata motivo y ocasión de una renovada fidelidad a su
carisma propio, acudiendo a las fuentes frescas de la espiritualidad de los
orígenes.
2. Esta feliz celebración jubilar se inscribe providencialmente
en el camino de preparación inmediata para el gran jubileo del año 2000, que
conmemorará la encarnación del Hijo de Dios, que vino «a anunciar la buena nueva
a los pobres (...), a vendar los corazones desgarrados; a pregonar a los
cautivos la liberación, y a los prisioneros la libertad; a pregonar el año de
gracia del Señor» (Is 61, 1-2).
Vuestra orden escogió la liberación de los oprimidos y el amor a
los pobres como rasgo característico de su misión en la Iglesia y en el mundo,
siguiendo fielmente a su santo fundador que, obedeciendo a una llamada interior,
se sintió impulsado a trabajar por la salvación de los esclavos cristianos y por
el servicio humilde y generoso a los pobres como testimonio de alabanza y
gloria a la santísima Trinidad.
Con la orden trinitaria, la cristiandad instauró un contacto
humanitario con el mundo del islam; más aún, el mismo Inocencio III presentó la
obra redentora y liberadora de vuestro instituto a jefes del mundo musulmán,
inaugurando así un diálogo, que tenía como objetivo la práctica de las obras de
misericordia (cf. Arch. Vat., Reg. Vat., vol. 4, fol. 148 r-v, an. II, n.
9).
A distancia de ocho siglos, un carisma tan singular sigue
resultando extraordinariamente actual en el marco social multicultural de hoy,
marcado por tensiones y desafíos a veces incluso dramáticos. Compromete a los
trinitarios a descubrir, con valentía y audacia misionera, caminos siempre
nuevos de evangelización y de promoción humana, como hizo san Juan de Mata
durante su existencia.
Él «buscaba incesantemente la voluntad de Dios». Durante su
primera santa misa, en el momento de la consagración, tuvo una visión de Cristo
redentor, que daba la mano a dos esclavos, uno blanco y otro de color, a quienes
ofrecía la libertad redentora. Esto sucedió en el año 1193. El acontecimiento,
representado en un artístico mosaico alrededor del año 1210, puede verse todavía
en el portal de la casa de santo Tomás en Formia, que Inocencio III donó al
mismo fundador. De esta divina inspiración nació en él el deseo de ocuparse de
los esclavos.
Para reflexionar en la revelación y madurar su proyecto, fray
Juan se retiró a la soledad de Cerfroid, donde se encontró con Félix de Valois y
otros eremitas. Con su ayuda y la de los obispos de Meaux y París, y la del abad
de San Víctor, elaboró y experimentó la Regla trinitaria que, en el año 1198,
presentó al Sucesor de Pedro solicitando su aprobación.
3. La santísima Trinidad, fuente, modelo y fin de toda la
existencia, es el centro de vuestra espiritualidad. En efecto, vuestra Regla
empieza con las palabras «en el nombre de la santa e indivisa Trinidad»,
subrayando que la fe en este misterio fundamental impregna toda la existencia de
quien, como vuestro fundador, opta por seguir radicalmente al Hijo de Dios. De
esta fuente inagotable de amor brota vuestra misión en favor de los esclavos y
de los pobres, que, con razón, vivís como una prolongación de la acción
redentora de Cristo.
La contemplación de los misterios de la Trinidad y de la
Redención alimenta y orienta vuestro ministerio apostólico, impulsándoos a
compartir todos los dones recibidos, tanto espirituales como materiales, hasta
hacer de vuestra vida una oblación de amor por el rescate de las víctimas de
cualquier tipo de esclavitud material y espiritual.
Ojalá que todas vuestras casas y todas vuestras obras sean un
cenáculo de alabanza a Dios uno y trino, y un crisol de entrega gratuita a
vuestros hermanos.
4. La historia plurisecular de la orden testimonia que vuestra
misión es siempre actual, a pesar de que van cambiando las circunstancias
sociales y políticas. Los ejemplos de santidad y martirio que enriquecen a
vuestra familia religiosa son una confirmación de la validez de vuestro carisma.
A los actuales discípulos de san Juan de Mata y de Félix de Valois corresponde
ser heraldos en nuestro mundo del misterio trinitario, socorriendo, como
modernos apóstoles de liberación para el hombre contemporáneo, a quien corre el
riesgo de ser víctima de esclavitudes menos visibles, pero igualmente trágicas y
opresoras.
Estamos en vísperas de un nuevo milenio cristiano: esta
perspectiva ha de constituir un ulterior motivo de aliento para vosotros, a fin
de que hagáis resplandecer entre los hombres de hoy el rostro misericordioso de
Dios, que se nos reveló en la encarnación de Cristo. Así, seréis defensores
intrépidos de la dignidad de todo ser humano. Que en esta tarea se una toda la
familia de los trinitarios en sus diversos componentes —monjas, religiosas,
instituto secular, orden secular y laicado—, traduciendo en un compromiso
eclesial concreto la reflexión sobre el carisma trinitario específico, que se ha
desarrollado durante estos años a la luz del concilio Vaticano II.
Vuestra misión sigue consistiendo en ser entre los hombres de
hoy epifanía de Cristo redentor, testigos creíbles a través de los cuales
Dios actúa y revela su amor misericordioso y redentor. Con este objetivo,
prestáis un servicio de misericordia y redención a los marginados y a los
oprimidos de nuestra sociedad y, de modo particular, a los perseguidos o
discriminados a causa de su fe religiosa, de la fidelidad a su conciencia o a
los valores del Evangelio. Vuestra acción será eficaz en la medida en que sigáis
las huellas de Jesús, encarnando su estilo de vida con un esfuerzo constante por
anunciar a todos los hombres la feliz y liberadora «buena nueva» del Reino.
5. Reverendísimo ministro general, durante los ocho siglos
pasados, los discípulos de san Juan de Mata han sintetizado su espiritualidad y
su acción apostólica en el lema: Gloria tibi, Trinitas, et captivis libertas.
Ojalá que, en los complejos escenarios de la sociedad contemporánea, este lema
siga guiando vuestro ministerio y vuestra actividad.
Que os sostenga una constante y ferviente oración, gracias a la
cual podáis alcanzar las inagotables reservas de luz y de amor presentes en los
abismos insondables de la vida trinitaria.
Que os acompañe la Virgen María, Tabernáculo de la santísima
Trinidad, y obtenga de su Hijo divino abundantes gracias y consuelos
espirituales para cada miembro de vuestra gran familia espiritual. Con estos
sentimientos, os aseguro a cada uno mi afectuoso recuerdo ante el altar del
Señor, y os imparto de corazón a todos una especial bendición apostólica.
Vaticano, 7 de junio, solemnidad de la Santísima Trinidad del
año 1998, vigésimo de mi pontificado.
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