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VISITA PASTORAL A AUSTRIA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
DURANTE LA CEREMONIA DE DESPEDIDA

Aeropuerto de Viena
Domingo 21 de junio de 1998

 

Señor presidente;
queridos hermanos en el episcopado;
señoras y señores:

1. Mi tercera visita pastoral a esta hermosa tierra austriaca está a punto de concluir. Ha llegado el momento de la despedida. Con emoción y gratitud revivo con mi memoria los días pasados entre vosotros. He venido como peregrino en la fe, como colaborador de vuestro gozo y como cooperador de la verdad. Ahora vuelvo a mi sede episcopal de Roma honrado de numerosas maneras y llevando grabadas en mi corazón muchas impresiones positivas.

2. El momento de la despedida me brinda la posibilidad de decir a todos un sincero: «¡Gracias! Que Dios os lo pague ». Mi agradecimiento se dirige ante todo a Dios, dador de todo bien, por los días pasados con vosotros, por el intenso encuentro espiritual, por las celebraciones litúrgicas y los momentos de reflexión común para un nuevo despertar de la Iglesia en Austria.

Mi gratitud va, en particular, a mis queridos hermanos en el episcopado, que en estos tiempos tan difíciles se dedican incansablemente, con todas sus fuerzas, al servicio de la unidad en la verdad y en el amor. La invitación a esta visita pastoral y el encuentro con la Conferencia episcopal, que he vivido en los días pasados, han sido para mí motivo de consuelo y de aliento, porque me confirman que los obispos, en comunión entre sí y con el Sucesor de Pedro, están firmemente decididos a construir, junto con los sacerdotes, los diáconos, los religiosos y los fieles laicos, el futuro de la Iglesia en Austria.

Asimismo expreso mi agradecimiento a usted, señor presidente federal, y a las autoridades públicas y a todos los habitantes de este amado país. También esta vez me habéis dado hospitalidad de un modo realmente generoso. Aquí no puedo menos de mencionar a los numerosos voluntarios que, desde hace muchas semanas, se han prodigado con gran entusiasmo para garantizar que esta visita se desarrollara sin problemas, trabajando incluso más de lo normal.

En este momento, debemos recordar con gran gratitud a los que han contribuido en silencio al éxito de mi visita: el servicio de orden y de seguridad, el servicio de primeros auxilios y los numerosos hombres y mujeres que han trabajado de modo oculto.

3. Con mi visita he querido manifestar a la República austriaca y a la Iglesia de este país mi estima y mi aprecio, indicando al mismo tiempo algunas perspectivas para el camino futuro. En Salzburgo nos dedicamos al tema de la misión y en Sankt Pölten reflexionamos sobre la cuestión de las vocaciones. En vuestra tierra, por último, he incluido los nombres de tres siervos de Dios en el catálogo de los beatos. Durante la sugestiva celebración en la plaza de los Héroes, pude constatar una vez más que el heroísmo de la Iglesia es su santidad. Los héroes de la Iglesia no son necesariamente los que han escrito páginas significativas de la historia universal según los criterios humanos, sino mujeres y hombres que tal vez ante los ojos de muchos han parecido pequeños, pero que, en realidad, son grandes a los ojos de Dios. En vano los buscábamos entre los poderosos, mientras que en el libro de la vida sus nombres quedan escritos con letras mayúsculas.

4. Las biografías de los beatos y de los santos son documentos creíbles que también la gente de hoy puede leer y comprender. Frente a la apertura histórica y geográfica de vuestro país, esta reflexión es particularmente significativa. Los cimientos de Austria los pusieron los mártires y confesores de la época del imperio romano en decadencia. Luego vinieron los monjes irlandeses y los misioneros escoceses del Occidente cristiano. Los santos Cirilo y Metodio, apóstoles de los eslavos, extendieron su labor evangelizadora hasta las tierras cercanas a Viena. Por eso, era oportuno que durante mi visita a vuestro país y en el lugar en que el Danubio une Occidente con Oriente .dos mundos que antes estaban separados. hablara también de la futura Europa. Después de la «revolución de terciopelo» y del derrumbamiento del telón de acero, nos ha sido donada de nuevo Europa.

Este don es un desafío y un compromiso. Europa necesita un rostro espiritual. Con todos los programas políticos y los planes económicos que ocupan actualmente los debates, no se debe olvidar que Europa tiene una gran deuda con el cristianismo. Pero también el cristianismo tiene muchos motivos para dar gracias a Europa, pues desde Europa ha sido llevado a muchas otras partes del mundo. Hoy Europa tampoco puede ni debe olvidar su responsabilidad espiritual. Por eso, hace falta volver a los orígenes cristianos. Éste es el desafío que deberán afrontar los cristianos de la futura Europa.

5. Resumo todos los pensamientos y los sentimientos que en este momento me embargan, en una expresión de gratitud que me brota del corazón: «¡Gracias! Que Dios os lo pague». A todos os deseo: «Que Dios os bendiga».

Que Dios bendiga las buenas intenciones en la reflexión y en la programación.

Que Dios bendiga las buenas palabras en los encuentros y en los diálogos.

Que Dios bendiga el esfuerzo por realizar las ideas y los propósitos.

Que Dios bendiga todo el bien que realiza vuestro país. Que bendiga el bien que la Iglesia realiza en Austria.

Que Dios os bendiga a todos vosotros y a cada uno en particular.

«¡Gracias! ¡Que Dios os lo pague!».

Copyright © Libreria Editrice Vaticana 

 

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