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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA OFICINA CATÓLICA INTERNACIONAL DE LA INFANCIA
CON MOTIVO DEL 50 ANIVERSARIO DE SU CREACIÓN

 

 

A la señora Mijo Beccaria
presidenta de la Oficina católica internacional de la infancia

1. La Oficina católica internacional de la infancia festeja en este año 1998 el quincuagésimo aniversario de su creación. Con esta ocasión, me alegra dar gracias al Señor por el desarrollo de esta organización católica internacional y por lo que ha realizado en favor de los niños, en todos los continentes.

2. Animo de buen grado a todos los que, en su interior o en colaboración con ella, trabajan en favor de la causa de los niños y desarrollan numerosos proyectos para defenderlos y promoverlos. Como muestra el reciente informe de vuestra asociación, en muchos países, tanto ricos como pobres, todavía se explota a los niños muy a menudo, se hiere su dignidad y se compromete gravemente su desarrollo físico, psicológico, intelectual, moral y espiritual. En este final de milenio, las situaciones de opresión que afectan a los niños son numerosas; el recurso criminal al aborto constituye un atentado contra la vida y contra el respeto debido a todo ser humano, en particular a los más pequeños, con los que Cristo se identificó: el que recibe a un niño, recibe al Señor (cf. Mt 18, 5); los niños minusválidos son marginados de la sociedad; desde muy pequeños, algunos están a merced de patronos poco escrupulosos e, insertados demasiado pronto en los circuitos económicos, se ven sometidos a trabajos agobiantes o degradantes, que no les dejan ninguna posibilidad de seguir un curso escolar, indispensable para su maduración; otros niños no tienen hogar y deben vivir en la calle, en centros del servicio social o en correccionales; del mismo modo, las redes de la droga y de la pornografía, el tráfico de órganos o las situaciones de conflicto llevan a formas ofensivas de explotación juvenil. Es urgente seguir denunciando de manera vigorosa esas situaciones, como estáis haciendo. Así pues, con este espíritu, a las autoridades civiles y a todas las instituciones que desempeñan un papel en la protección y educación de los niños, las invito a continuar oponiéndose con extrema firmeza a esas situaciones de opresión (cf. Evangelium vitae, 10).

3. En este campo, la misión de vuestra organización, cercana a las realidades locales, es de gran importancia. Cumpliendo una función de vigilancia en la vida internacional y proponiendo múltiples iniciativas, la Oficina católica internacional de la infancia ayuda a las asociaciones locales de promoción y desarrollo. Con sus numerosos colaboradores, contribuye a reconstruir alrededor de los niños el entramado humano y afectivo indispensable para su crecimiento integral, teniendo en cuenta su fragilidad natural y sus necesidades fundamentales. En efecto, sería de desear que en el mundo de la infancia se reconocieran en todas partes como elementos fundamentales: la familia, con la presencia del padre y la madre, el afecto y la ternura cordial del ambiente, la escuela, los juegos, las risas, el descubrimiento gozoso y sereno de la vida, para que cada niño, en su familia y en la sociedad, con sus hermanos y compañeros, pueda desarrollarse y dar al mundo lo mejor de sí mismo.

Por eso, el cincuentenario de la Oficina católica internacional de la infancia me brinda una ocasión oportuna para dirigirme a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, pidiéndoles que se esfuercen por proteger, ayudar y sostener a todos los niños en la edificación de su personalidad y en la construcción de su futuro personal, familiar y social. En la perspectiva del gran jubileo para el que la Iglesia se prepara activamente, es conveniente redescubrir la virtud teologal de la esperanza, «la pequeña hija esperanza», según la expresión de Charles Péguy (Le porche du mystère de la deuxième vertu). En efecto, los niños son la esperanza de la humanidad; por eso, los adultos han de darles una confianza renovada en el futuro, para que sean los protagonistas y los primeros responsables del mundo del mañana.

4. Para favorecer y acompañar el desarrollo del niño, es particularmente importante sostener a las familias y a las comunidades propias de los jóvenes; a este propósito, exhorto a los responsables, a los educadores y a los animadores de la Oficina católica internacional de la infancia a continuar su obra de prevención y reintegración entre los niños de la calle, a fin de alejarlos de los ambientes que los arrastran a la delincuencia, reintegrarlos en una estructura familiar y darles una educación humana y moral. Lo mismo sucede con la labor entre los niños minusválidos, que tienen necesidad de ser ayudados y asistidos, para ocupar el lugar que les corresponde en virtud de su dignidad intrínseca. Es preciso proseguir e intensificar los proyectos de alfabetización, de educación básica y de formación profesional, para que cada niño, habiendo recibido la instrucción necesaria, pueda disponer de los medios necesarios para insertarse en la vida social y económica. Felicito de manera especial a las mujeres que colaboran en los diferentes proyectos. Por su gran cercanía a los niños, ejercen una influencia benéfica, ya que establecen con ellos una relación afectiva y educativa fundada en la confianza y en el aprendizaje progresivo del sentido de responsabilidad.

5. En el ámbito local, nacional e internacional, la Oficina católica internacional de la infancia colabora también en el diálogo y en la actividad con las diferentes autoridades civiles y con las instituciones que se ocupan de los niños, para que pueda producirse un cambio en las políticas relacionadas con los jóvenes, a fin de que se respeten su dignidad, su cultura y sus iniciativas humanas y religiosas. La participación en la elaboración de la Convención de los derechos del niño es un aspecto significativo de la obra emprendida.

6. Quiero agradecer profundamente a todos los que, en el seno de la Oficina católica internacional de la infancia, trabajan en favor de la juventud y participan así de modo muy concreto en la evangelización. Pero mi gratitud va también a los organismos y a las personas que la sostienen con sus donativos. Exhorto a todos a renovar incesantemente su presencia entre los niños, para darles el consuelo y el apoyo que necesitan, a fin de que lleguen a ser ciudadanos con pleno derecho, capaces de construir su futuro y participar activamente en la vida social. A través de quienes están cerca de ellos, los niños descubrirán así el rostro de Cristo, atento a cada uno de sus hermanos más pequeños, puesto que lo que hacemos a los más pequeños, se lo hacemos al Señor (cf. Mt 25, 45).

En este quincuagésimo aniversario de la Oficina católica internacional de la infancia, imparto a los responsables de esta organización católica internacional, a todos sus miembros y colaboradores, la bendición apostólica.

Vaticano, 3 de marzo de 1998

 

Copyright © Libreria Editrice Vaticana

 

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