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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL FINAL DE LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES


S
ábado 7 de marzo de 1998

 

1. Al final de esta semana de intenso camino espiritual, deseo dar las gracias al señor cardenal Ján Chryzostom Korec. Con las reflexiones que ha dirigido en estos ejercicios, ha querido guiarnos en la tradicional peregrinación del alma a través de la Cuaresma, acudiendo a las abundantes fuentes de la palabra de Dios y la liturgia. En el silencio del desierto se percibe mejor la presencia benéfica de Dios, que prepara grandes cosas para quienes están dispuestos a creer en él y a vivir a su luz.

El tema de los ejercicios espirituales de este año guarda relación directa con el itinerario de preparación al gran jubileo del año 2000, «Christus heri, hodie et in saecula», dado que toda la Iglesia está viviendo con grandes expectativas la espera del nuevo milenio. El misterio de Cristo la penetra, la anima y la impulsa por el arduo camino de la penitencia, para que, purificada y limpia, pueda salir, con corazón alegre, al encuentro del Esposo que viene.

2. Doy vivamente las gracias al predicador, que se ha hecho eco de nuestro deseo de prepararnos con fe y amor para la Pascua, hacia la que nos estamos encaminando. Las reflexiones de nuestro guía se enmarcaron en una perspectiva de optimismo y esperanza. A través del benéfico esfuerzo de la peregrinación espiritual, nos ha ayudado a superar la oscuridad de quien no sabe escrutar el misterio que nos envuelve, y nos ha introducido en la contemplación de los misterios de la fe, sobre los que se apoya nuestra vida. Se lo agradecemos cordialmente, asegurándole al mismo tiempo nuestra oración por él y por su ministerio pastoral.

Querido cardenal, al igual que todos los presentes, le agradezco las reflexiones espirituales que nos ha dirigido y, de manera especial, el testimonio de valiente fidelidad a Cristo que dio usted en años difíciles, durante los cuales fue en su patria un punto de referencia para sacerdotes y laicos. Me alegra también que, por primera vez, haya predicado los ejercicios espirituales un cardenal eslovaco.

Expreso también mi gratitud a los que han querido compartir este itinerario espiritual, así como a los que han colaborado para que todo se desarrollara serenamente y con fruto.

3. Ahora, como Moisés bajó de la montaña donde había contemplado la fascinadora y tremenda belleza de Dios, también nosotros volvemos al valle, a nuestro trabajo diario, para anunciar las maravillas que hemos contemplado. El predicador nos ha recordado que, en esto, podemos contar con la ayuda del Espíritu Santo. Gracias a la acción, silenciosa pero omnipotente, de la tercera Persona de la santísima Trinidad, la Iglesia puede seguir cumpliendo, con inquebrantable confianza, su ministerio, anunciando a las generaciones que se suceden en toda la tierra, a Cristo, que es el mismo «ayer, hoy y siempre».

Terminamos los ejercicios espirituales en este sábado, primero del mes, dedicado en particular al Corazón inmaculado de María. Invoquemos con intenso afecto a María, la primera que acogió a Cristo con total docilidad a la obra del Espíritu. Que ella nos guíe y nos sostenga en el camino cuaresmal que estamos recorriendo, para que sepamos ser constantemente fieles al Señor de la vida y de la historia.

Os imparto a todos mi bendición.

Copyright © Libreria Editrice Vaticana

 

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