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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS OBISPOS EUROPEOS ORDENADOS
EN LOS ÚLTIMOS CINCO AÑOS, REUNIDOS EN CONGRESO
Viernes 13 de marzo de 1998
Queridos y venerados hermanos en el episcopado:
Un obispo
anciano ha venido a ver a los obispos jóvenes, porque los obispos jóvenes han
venido a ver a un obispo anciano. Pero a todos van dirigidas las palabras de san
Pedro: «Seniores qui in vobis sunt».
1. Me alegra acogeros al término de vuestra
asamblea, organizada conjuntamente por el Consejo de las Conferencias
episcopales de Europa y la Congregación para los obispos. A vosotros, obispos
europeos nombrados durante los últimos cinco años, os dirijo mi saludo cordial y
fraterno.
Deseo expresaros, ante todo, mi gratitud por la comunión con el
Sucesor de Pedro, que habéis manifestado claramente de muchos modos, como ahora
con la afectuosa insistencia para tener esta audiencia. Quería enviaros un
mensaje, pero no era suficiente. Agradezco, en particular, al señor cardenal Miloslav Vlk las palabras que me ha dirigido en nombre de todos vosotros,
confirmando vuestra adhesión y devoción.
Expreso, asimismo, mi complacencia por
la iniciativa de la conferencia en la que participáis, porque en ella podéis
vivir un intenso momento de fraternidad, intercambio, confrontación y reflexión,
a la luz de la experiencia que cada uno de vosotros va realizando en los
primeros años de ministerio episcopal.
2. «Ser obispos
hoy en Europa», como reza el tema de vuestro congreso, significa ciertamente
tener que afrontar múltiples problemas, algunos de los cuales son muy
articulados y complejos, tanto desde el punto de vista doctrinal como desde el
pastoral. Lo confirma la serie de preguntas que habéis examinado estos días en
las relaciones, en los grupos y en los debates.
Con intensa participación
quisiera renovaros el testimonio de mi cercanía espiritual y confirmaros en la
fe y la confianza en Jesucristo, que os ha llamado y os ha hecho pastores de su
pueblo en nuestro tiempo, mientras nos acercamos rápidamente al tercer milenio
de la era cristiana. Él es el mismo ayer, hoy y siempre. Él camina con nosotros.
Que ninguna dificultad, por tanto, os turbe. Más bien, confiad en él, que guía a
la Iglesia por los caminos de la historia, para que siga prestando su servicio
al reino de Dios.
3. Vuestro encuentro se ha
celebrado durante este año dedicado al Espíritu Santo: el Espíritu de
Pentecostés, el Espíritu de vuestra consagración episcopal, el Espíritu del
concilio ecuménico Vaticano II. Él actúa también en nuestro tiempo, que a veces
presenta aspectos tan lejanos no sólo de los valores evangélicos, sino también
de la dimensión religiosa, connatural al ser humano. Sin embargo, a pesar
de las apariencias, el Espíritu no deja de llevar a cabo su acción silenciosa en
el secreto de las conciencias, preparando a las almas para acoger el anuncio de
la buena noticia de la salvación en Cristo, muerto y resucitado.
La tarea de este anuncio nos corresponde, ante todo, a nosotros, los obispos. Y
nos proporciona un gran consuelo saber que el Espíritu Santo está constantemente
con nosotros, para sostenernos en nuestro ministerio con la luz y la fuerza de
sus siete dones. Confiad, por tanto, en el Espíritu, venerados hermanos, e
invocadlo con confianza. Imploradle, en particular, el don de fortaleza, para
saber desempeñar con intrépida
decisión vuestro ministerio episcopal. Mientras transcurre la
historia del mundo, el creyente sabe que se está preparando para el triunfo
anunciado en el Apocalipsis: «Al vencedor, al que se mantenga fiel a mis obras
hasta el fin, le daré poder sobre las naciones (...). Y le daré el lucero del
alba» (Ap 2, 26.28).
Sostenidos por esta certeza, profundizad vuestra comunión
en la verdad y en la caridad, perseverando con energías siempre nuevas en el
compromiso de la evangelización. El Espíritu sabrá hacer fecundos vuestros
esfuerzos, incluso cuando parezcan humanamente destinados al fracaso.
4. Fortaleceos en el diálogo asiduo con Dios. El Espíritu Santo es
el alma de la oración. Él «intercede por nosotros con gemidos inefables» (Rm 8,
26). ¿Cómo no sentirse comprometidos a ser, sobre todo, pastores orantes?
Queridos y venerados hermanos, dejaos formar constantemente por el Espíritu
Santo en el arte de la escucha de la palabra de Dios y de la incesante comunión
con él. Así, estaréis disponibles y seréis capaces de comprender profundamente a
los sacerdotes, a los religiosos, a los fieles y a todos los hombres y mujeres a
quienes se dirige vuestro trabajo apostólico. A cada uno de ellos podréis darles,
con alegría y valentía, las respuestas que vienen del Evangelio, que son las
únicas capaces de satisfacer la íntima sed de verdad y amor de cada persona.
Por
mi parte, a la vez que os abrazo y os aseguro un recuerdo constante ante el
altar de Dios, quisiera deciros que cuento, yo también, con vuestra oración,
para poder realizar del mejor modo posible el ministerio petrino que se me ha
encomendado. Que Dios refuerce el vínculo espiritual que nos une, vínculo
sellado por el Espíritu Santo y por la intercesión celestial de la Virgen María,
Madre de Cristo y de la Iglesia. Sigamos trabajando todos unidos, con renovado
impulso, para preparar al pueblo de Dios a la histórica cita del gran jubileo.
Con estos sentimientos, os imparto de corazón a cada uno de
vosotros una especial bendición apostólica, que extiendo con gusto a las
comunidades encomendadas a vuestra solicitud pastoral.
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