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 DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS CAPITULARES DE TRES COMUNIDADES MONÁSTICAS


Sábado 14 de marzo de 1998

 

Queridas comunidades monásticas de Belén,
de la Asunción de la Virgen y de san Brun
o:

1. Mientras vuestras comunidades están reunidas en asambleas extraordinarias, me alegra dirigiros un cordial saludo y aseguraros mi oración ferviente por vosotros.

Vuestra familia monástica, en sus dos ramas, se propone seguir a Cristo, inspirándose en la espiritualidad del monaquismo oriental y occidental, particularmente en la sabiduría de san Bruno. En la escucha asidua del Evangelio, y siguiendo el ejemplo de la Virgen María, queréis entregaros a Dios, en una vida de soledad, silencio, oración y contemplación. Os animo a vivir plenamente vuestra entrega al Señor en el amor a la Iglesia y la fidelidad a sus normas, así como en la comunión con el Sucesor de Pedro y manteniendo relaciones de confianza con los obispos de las diócesis donde están implantadas vuestras comunidades.

 2. El Magisterio, y en particular el concilio Vaticano II, ha iluminado el lugar central de la vida contemplativa en la Iglesia: «Los institutos puramente contemplativos (...) siguen conservando siempre una misión importante en el Cuerpo místico de Cristo, en el que "todos (...) los miembros no tienen la misma función" (Rm 12, 4)» (Perfectae caritatis, 7). Yo mismo, en la exhortación apostólica Vita consecrata, escribí: «Los institutos orientados completamente a la contemplación, formados por mujeres o por hombres, son para la Iglesia un motivo de gloria y una fuente de gracias celestiales. Con su vida y su misión, sus miembros imitan a Cristo orando en el monte, testimonian el señorío de Dios sobre la historia y anticipan la gloria futura » (n. 8). Por eso, deseo que, dejándoos transformar por la fuerza del amor, seáis en medio de los hombres signos luminosos de la santidad de Dios. Sed fieles al seguimiento de Jesús por el desierto, en su encuentro solitario con el Padre, para convertiros en adoradores y adoradoras en espíritu y en verdad. Los hombres de hoy esperan testigos ardientes del Evangelio, que les propongan lugares de espiritualidad, donde puedan encontrar y adorar al Dios vivo, y que les ayuden a dar sentido a su existencia.

En la soledad y el silencio del desierto, siguiendo el espíritu de san Bruno, recibiréis del Señor los dones de la paz y de la alegría: «En efecto, allí los hombres fuertes pueden recogerse cuando lo deseen, reflexionar en su interior, cultivar asiduamente las semillas de las virtudes y alimentarse con gozo de los frutos del paraíso. Allí se esfuerzan por lograr ese ojo cuya clara mirada hiere de amor al divino esposo y cuya pureza permite ver a Dios» (san Bruno, Carta a Raoul le Verd).

3. En el centro de vuestra vida consagrada, queréis atribuir un lugar esencial a la Eucaristía del Señor. Por la celebración y la contemplación en soledad de este misterio, os unís a la ofrenda de Jesús a su Padre, os comprometéis a seguirlo y a renunciar a todo lo que puede entorpecer la acogida de su amor. Al recibir su Cuerpo y su Sangre, dados como alimento, los consagrados están llamados de manera particular a convertirse en discípulos fieles y semejantes a Cristo, y unen su «sí» sin reservas al del Hijo amado del Padre. Por la entrega de todo su ser, se unen así a él en el memorial del sacrificio pascual, realizado por amor a toda la humanidad. Recuerdan también con alegría que «la asidua y prolongada adoración de la Eucaristía permite revivir la experiencia de Pedro en la Transfiguración: "Bueno es estarnos aquí". En la celebración del misterio del Cuerpo y Sangre del Señor se afianza e incrementa la unidad y la caridad de quienes han consagrado su existencia a Dios» (Vita consecrata, 95). En profunda armonía con la Eucaristía, recurrir con frecuencia al sacramento de la reconciliación, con el respeto que implica de la libertad interior de cada uno, permite lograr la purificación necesaria para hacer que la relación con Dios sea cada vez más transparente y que crezca la fidelidad a los compromisos asumidos. Que el encuentro diario con Cristo sea para cada uno y cada una de vosotros una llamada constante a la santidad, en espera del regreso del Señor.

4. A imagen de María y con ella, estad continuamente a la escucha de la palabra de Dios, conservándola y meditándola día y noche en vuestro corazón. Esta palabra, fuente inagotable de vida espiritual que proyecta la luz de la Sabiduría sobre la existencia humana, os transformará y os hará crecer. Ojalá que, como los discípulos de Emaús, también vosotros reconozcáis al Resucitado en vuestros caminos de soledad y digáis: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24, 32). La familiaridad con la palabra de Dios, que alimenta la contemplación, permite recibir la luz para reconocer los caminos del Señor a través de los signos de los tiempos y discernir los designios de Dios. En efecto, al buscar la voluntad del Padre para cumplirla día tras día, recorréis los caminos de Jesús mismo, el Hijo que se hizo obediente en todo hasta dar su vida para que todos los hombres se salven. En esta obediencia cumplió plenamente la misión recibida de su Padre, que lo elevó después a la gloria.

5. San Bruno os enseña a amar a cada persona humana, sin distinción, como Jesús la amó. Vuestra consagración a la oración y a la adoración os compromete también a interceder por la Iglesia y por el mundo. Debe ser el testimonio del amor de la Iglesia a su Señor y, a la vez, una contribución al crecimiento del pueblo de Dios. De ese modo, participáis en la misión de la Iglesia, que es un deber esencial para todos los institutos de vida consagrada. La profesión de los consejos evangélicos hace que los consagrados sean totalmente libres para la causa del Evangelio. «En efecto, antes que en las obras exteriores, la misión se lleva a cabo en el hacer presente a Cristo en el mundo mediante el testimonio personal. ¡Éste es el reto, éste es el quehacer principal de la vida consagrada! Cuanto más se deja conformar a Cristo, más lo hace presente y operante en el mundo para la salvación de los hombres » (Vita consecrata, 72). Queridos hermanos y hermanas, ¡dejaos conquistar por Cristo, para dar vuestra contribución a la santificación del mundo!

6. Por vuestra profesión monástica, y particularmente por los votos que emitís y los medios de la ascesis, queréis manifestar de modo radical el primado de Dios y de los bienes futuros. ¡Que vuestra entrega total permita que la gracia de Dios os transforme y os conforme plenamente a Cristo, en comunidades fraternas donde cada uno crezca en la verdad de su ser!

Desde hace muchos años, para discernir las llamadas del Espíritu y responder a ellas en la obediencia, habéis iniciado la redacción de las Constituciones de vuestras dos ramas. Ahora que os preparáis para recibir el decreto de reconocimiento pontificio de vuestras comunidades, os aliento vivamente a proseguir vuestra reflexión mediante un diálogo confiado con la Congregación para los institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica, a fin de dar a todos los miembros una Regla de vida que los comprometa a vivir su vocación a la santidad en la paz interior y en la entrega generosa. La exhortación apostólica Vita consecrata, fruto del Sínodo de los obispos, os ayudará a proseguir la profundización del don que habéis recibido de Dios y a ponerlo al servicio de la Iglesia y de su misión apostólica.

7. Durante este segundo año de preparación para la celebración del gran jubileo, dedicado al Espíritu Santo y a su presencia santificadora dentro de la comunidad de los discípulos, os invito a velar en medio de los hombres y a participar cada vez más en la nueva evangelización, según vuestro carisma propio, vivido en comunión con la Iglesia. Que este período, propicio para la oración y la adoración, os permita descubrir más al Espíritu como «aquel que construye el reino de Dios en el curso de la historia y prepara su plena manifestación en Jesucristo, animando a los hombres en su corazón y haciendo germinar dentro de la vivencia humana las semillas de la salvación definitiva que se dará al final de los tiempos» (Tertio millennio adveniente, 45). Encomendándoos a la protección materna de Nuestra Señora de la Asunción y a la intercesión de san Bruno, os imparto de todo corazón mi afectuosa bendición apostólica.

 

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