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 DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS DE LAS PROVINCIAS ECLESIÁSTICAS
DE BALTIMORE, WASHINGTON, ATLANTA Y MIAMI
EN VISITA "AD LIMINA"  

Martes 17 de marzo de 1998

 

Queridos cardenales Hickey y Keeler;
queridos hermanos en el episcopado:

1. Os doy la bienvenida, pastores de las provincias eclesiásticas de Baltimore, Washington, Atlanta y Miami. Vuestra visita ad limina es un tiempo de gracia, porque oráis ante las tumbas de los apóstoles Pedro y Pablo, que proclamaron intrépidamente la buena nueva de la salvación hasta el martirio. Al encomendarles vuestra misión pastoral de predicar «la inescrutable riqueza de Cristo» y dar a conocer «el misterio escondido desde siglos en Dios, creador de todas las cosas» (Ef 3, 8-9), tened la certeza de que no estáis solos en vuestra tarea; el Señor os da la fuerza y los medios necesarios para cumplir su mandato: «Proclamad la buena nueva a toda la creación» (Mc 16, 15).

En mis encuentros con los primeros dos grupos de obispos de vuestra nación, reflexionamos juntos sobre la forma como vuestro país acogió la gran gracia del concilio Vaticano II. En esas reflexiones, mencioné los dos elementos esenciales de vuestro ministerio episcopal en el ámbito cultural de Estados Unidos. En primer lugar, dado que el mensaje que predicamos es la sabiduría de Dios, no la nuestra, todo en la vida de la Iglesia debe corresponder al «buen depósito» que nos ha confiado «el Espíritu Santo que habita en nosotros» (2 Tm 1, 14). En segundo lugar, la finalidad de nuestro ministerio consiste en guiar a los miembros de la Iglesia a una comunión viva con Dios y con los demás. Esta comunión, de acuerdo con el Concilio, es el verdadero centro de la comprensión que la Iglesia tiene de sí misma.

En este encuentro, quisiera reflexionar con vosotros en la verdad de que la Iglesia peregrina es misionera por su misma naturaleza, porque la comunidad universal de los seguidores de Cristo, presente y viva por las Iglesias particulares, es la continuación en el tiempo de la misión eterna del Hijo y del Espíritu Santo (cf. Ad gentes, 2). Mientras toda la Iglesia se prepara para el gran jubileo del año 2000, confío en que trataréis de renovar en vuestras comunidades un sentido vital y dinámico de la misión de la Iglesia, a fin de que este tiempo de gracia sea una nueva primavera para el Evangelio. Esta esperanza y esta determinación inspiraron la reciente Asamblea especial para América del Sínodo de los obispos, que hizo un apremiante llamamiento a la conversión, a la comunión y a la solidaridad. Esta esperanza y esta determinación inspiran lo que escribisteis en vuestro Plan y estrategia nacional para la evangelización católica en Estados Unidos, «Id y haced discípulos», que constituye una guía significativa y valiosa para vuestros esfuerzos por «despertar en todos los católicos un entusiasmo tal por su fe, que, al vivirla en Jesús, la compartan libremente con los demás» (ib., I).

2. En ese documento insistís con razón en que «la evangelización sólo puede realizarse si las personas aceptan libremente el Evangelio como la "buena noticia", tal como quiere serlo, por la fuerza del mensaje evangélico y de la correspondiente gracia de Cristo». La evangelización es el esfuerzo de la Iglesia por proclamar a todos que Dios los ama, que se entregó a sí mismo por ellos en Cristo Jesús, y que los invita a un vida eterna de felicidad. Una vez que este Evangelio ha sido aceptado como «buena nueva», es preciso compartirlo. Todos los cristianos bautizados deben comprometerse en la evangelización, conscientes de que Dios ya está obrando en la mente y el corazón de sus oyentes, precisamente como sugirió al etíope que pidiera el bautismo, cuando Felipe le anunció «la buena nueva de Jesús» (Hch 8, 35). Así, la evangelización es parte del gran misterio de la autorrevelación de Dios al mundo: implica el esfuerzo humano de predicar el Evangelio y la obra poderosa del Espíritu Santo en quienes acogen su mensaje salvífico. Dado que estamos anunciando un misterio, somos servidores de un don sobrenatural, que supera todo lo que nuestra mente humana es capaz de comprender o explicar plenamente, pero que atrae por su propia lógica interna y su belleza.

3. El espíritu de la nueva evangelización debería impregnar todos los aspectos de vuestra enseñanza, instrucción y catequesis. Estas tareas requieren un esfuerzo vital para llegar a comprender más profundamente los misterios de la fe y encontrar un lenguaje adecuado que convenza a nuestros contemporáneos de que están llamados a una vida nueva mediante el amor de Dios. Dado que sólo quien ama realmente puede comprender el amor, el misterio cristiano sólo pueden comunicarlo de modo eficaz quienes permiten que el amor de Dios los posea auténticamente. Así, la transmisión de la fe, de acuerdo con la tradición de la Iglesia, tiene que realizarse en un ambiente espiritual de amistad con Dios, enraizada en el amor, que un día encontrará su plenitud en la contemplación de Dios mismo. Todos tienen un papel que desempeñar en este gran esfuerzo. Debéis impulsar a los sacerdotes, los diáconos, los religiosos y los fieles, a ser intrépidos y convincentes cuando compartan su fe con los demás. Los cristianos, al proclamar el Evangelio, ayudan a los demás a cumplir el anhelo de plenitud de vida y verdad que existe en todo corazón humano.

4. La parroquia será necesariamente el centro de la nueva evangelización; por eso, la vida parroquial debe renovarse en todas sus dimensiones. Durante las visitas parroquiales que realicé como arzobispo de Cracovia, me esforcé siempre por subrayar que la parroquia no es una reunión accidental de cristianos que viven por casualidad en el mismo barrio. Por el contrario, puesto que la parroquia hace presente y, en cierto sentido, encarna el Cuerpo místico de Cristo, en ella ha de ejercerse el triple munus (oficio) de Cristo como profeta, sacerdote y rey. Por tanto, la parroquia debe ser un lugar donde, mediante la adoración en comunión de doctrina y vida con el obispo y con la Iglesia universal, los miembros del cuerpo de Cristo se forman para la evangelización y las obras del amor cristiano. Una parroquia realiza muchas actividades, pero ninguna es tan vital ni forma la comunidad como la celebración dominical del día del Señor y de su Eucaristía (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 2.177). Mediante la recepción regular y fervorosa de los sacramentos, el pueblo de Dios llega a conocer la plenitud de la dignidad cristiana, que le pertenece en virtud del bautismo; es elevado y transformado. Gracias a la escucha atenta de la Escritura y la sana instrucción en la fe, es capaz de vivir su vida, y la vida de la parroquia, como una comunión dinámica en la historia de la salvación. Esa experiencia se convierte, a su vez, en un motivo eficaz de evangelización.

Todo lo que hacéis para asegurar la correcta y digna celebración de la Eucaristía y de los demás sacramentos, precisamente porque lleva a un encuentro profundo y transformador con Dios, construye la Iglesia en su vida interior y como signo visible de salvación para el mundo. La predicación y la catequesis deberían destacar que la gracia de los sacramentos es lo que nos permite vivir de acuerdo con las exigencias del Evangelio. La adoración de la Eucaristía fuera de la misa nos permite apreciar más profundamente el don que Cristo nos hace en su Cuerpo y su Sangre en el santo sacrificio del altar. Impulsar a los fieles a recibir con frecuencia el sacramento de la penitencia aumenta su madurez espiritual, mientras se esfuerzan por testimoniar la verdad del Evangelio tanto en la vida privada como en la pública.

5. La fuerza de la vida parroquial en vuestro país puede evaluarse, sobre todo, por el modo como las familias transmiten la fe a cada generación sucesiva, y por el sistema eficiente y esencial de las escuelas católicas que vosotros y vuestros predecesores habéis construido y sostenido con gran sacrificio. Como sacerdote y obispo, siempre he estado convencido de que el ministerio al servicio de las familias es una dimensión muy importante de la tarea evangelizadora de la Iglesia, puesto que «la familia misma es el lugar preferente y más apropiado para la enseñanza de las verdades de nuestra fe, para la práctica de las virtudes cristianas y para el cultivo de los valores esenciales de la vida humana » (Discurso en la plaza de Nuestra Señora de Guadalupe, San Antonio, 13 de septiembre de 1987, n. 4: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 4 de octubre de 1987, p. 22). Por su parte, las escuelas católicas deben tener una específica identidad católica, y quienes las administran y enseñan en ellas tienen la responsabilidad de sostener y comunicar las verdades, los valores y los ideales que constituyen una auténtica educación católica.

Muchas de vuestras parroquias se han comprometido a hacer que los católicos alejados vuelvan a la práctica de la fe y a salir al encuentro de todos los que buscan la verdad del Evangelio. Estos esfuerzos son una expresión profunda de la naturaleza esencialmente misionera de la Iglesia, que debería caracterizar a toda comunidad parroquial. Soy consciente de la complejidad de la vida parroquial en Estados Unidos y del gran trabajo que tienen que realizar los sacerdotes, los diáconos, los religiosos y los laicos en su esfuerzo diario por impulsar al pueblo de Dios a vivir más plenamente el Evangelio y a construir una sociedad impregnada de los valores cristianos. Estad cercanos a todos los que trabajan en las parroquias, apoyándolos con vuestra oración y vuestro sabio consejo, esforzándoos por crear en cada uno de ellos el sensus Ecclesiae, el sentido vivo de lo que significa prácticamente pertenecer a la Iglesia.

6. En la reciente Asamblea especial para América del Sínodo de los obispos, los padres sinodales invitaron a todos los fieles a ser «evangelizadores del nuevo milenio», testimoniando la fe con su vida de santidad, su bondad con todos, su caridad con los necesitados y su solidaridad con los oprimidos (cf. Mensaje a América, 30). Al vivir la fe y transmitirla a los demás en una cultura que tiende a considerar las convicciones religiosas como una «opción» meramente personal, el único punto de partida de la evangelización es Jesucristo, «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6), la respuesta al interrogante que cada vida humana representa. Al guiar a la Iglesia en Estados Unidos en su preparación para el gran jubileo, ayudad a todos los miembros de la comunidad católica a comprender que conocemos, amamos, adoramos y servimos a Dios, no como respuesta a una «necesidad» psicológica, sino como un deber cuyo cumplimiento es expresión de la más alta dignidad del hombre y la fuente de su felicidad más profunda. Un aspecto esencial de vuestro ministerio consiste en ayudar a todos los sectores de la comunidad católica a lograr mayor certeza sobre lo que la Iglesia enseña realmente, y mayor serenidad para afrontar las numerosas cuestiones que, a menudo innecesariamente, causan división y polarización entre quienes deberían tener un solo corazón y una sola alma (cf. Hch 4, 32). Como afirmó el reciente Sínodo, hay que alentar a todos a «dejar atrás sus cautelosos y dubitativos pasos, para correr con gozo junto a Jesús hacia la vida eterna» (Mensaje a América, 37: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 19 de diciembre de 1997, p. 13).

Dado que los cristianos han llegado a conocer a Cristo y la fuerza liberadora de su Evangelio, tienen la responsabilidad particular de contribuir a la renovación de la cultura. En esta labor, que incumbe de manera especial a los laicos, los discípulos de Cristo no deberían dejar de hacer presente en todas las áreas de la vida pública la luz que la enseñanza de Cristo irradia sobre la condición humana. En la cultura contemporánea se verifica a menudo una disminución del sentido de la dependencia innata de toda la existencia humana del Creador, de la capacidad de la mente humana de conocer la verdad, y de la validez de las normas morales universales e inmutables que guían a todas las personas hacia la plenitud de su vocación humana. Cuando la libertad se separa de la verdad sobre la persona humana y de la ley moral inscrita en la naturaleza humana, la sociedad y su forma democrática de vida corren peligro, pues, si la libertad no va unida a la verdad y ordenada al bien, «se afirma en la sociedad el arbitrio ingobernable de los individuos y el totalitarismo del poder público» (Evangelium vitae, 96). Los cristianos, al proclamar las verdades sobre la persona, sobre la comunidad y sobre el destino humanos, que conocen mediante la Revelación y la razón, dan una contribución indispensable para sostener una sociedad libre en la que la libertad alimente un auténtico desarrollo humano.

7. Queridos hermanos en el episcopado, mientras nos acercamos al próximo milenio cristiano, animad a todos los católicos de Estados Unidos a profundizar su compromiso en la misión evangelizadora de la Iglesia. Guiadlos con vuestro ejemplo, vuestra convicción y vuestra enseñanza. Pido en mi oración que el Espíritu Santo os fortalezca y os ayude a inspirar a vuestro pueblo, a fin de que el corazón de los fieles resplandezca más luminosamente de amor a Cristo y del deseo de darlo a conocer mejor. Encomendándoos a vosotros y a todos los sacerdotes, religiosos y laicos de vuestras diócesis a María, Madre del Redentor, os imparto de corazón mi bendición apostólica.

 

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