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 DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A UN GRUPO DE RECTORES DE SEMINARIOS
DE LENGUA ALEMANA


Martes 17 de marzo de 1998

 

Queridos hermanos en el sacerdocio:

1. Os doy una cordial bienvenida al palacio apostólico y os aseguro que he acogido con gusto vuestro deseo de tener este encuentro. Este año habéis elegido Roma como lugar para vuestra Conferencia, con miras a realizar un intercambio fraterno cerca de las tumbas de los Apóstoles y buscar un diálogo con los representantes de la Santa Sede.

«Venid y lo veréis» (Jn 1, 39). Jesús dirigió esta invitación a los dos discípulos de Juan que le preguntaron dónde vivía. Precisamente a quienes tienen la responsabilidad de la formación sacerdotal se les pide que recuerden siempre esta escena, que se repite del mismo modo en la historia de cada vocación también en nuestros días. Desempeñáis el papel que entonces correspondió a Andrés en relación con su hermano Simón: promovió e impulsó el encuentro con Jesús. Por tanto, «lo llevó a Jesús» (Jn 1, 42). También vosotros estáis llamados a promover en los jóvenes que se os encomiendan el nacimiento y la maduración de una relación interior con Cristo. Con respecto al estudio de la teología, es necesario que se arraigue en los corazones. Para este fin, son instrumentos importantes la oración y la liturgia, el estudio de las sagradas Escrituras y el testimonio de la propia vida, de modo que los candidatos al ministerio sacerdotal puedan llegar a ser buenos sacerdotes.

2. El hecho de que hoy se describa a menudo a la Iglesia como comunión, lleva a pensar que dicha comunión se realiza de la manera más profunda en la celebración de la Eucaristía. En la misa la comunión se realiza en la consagración del pan, que se parte y distribuye. Por eso, la celebración diaria de la Eucaristía y la adoración asidua del Sacramento del altar ocupan un lugar central en la formación sacerdotal. Todo lo que el servicio del sacerdote implica en el cumplimiento de las labores diarias es como una traducción de la Eucaristía: Jesús se presenta ante los hombres y por amor se entrega a ellos.

3. A la comunión, además de la cultura de la vida eucarística, pertenece también la de la participación fraterna. De la misma forma que el Credo del cristiano se sostiene con el credimus de la comunidad, así también el adsum de cada candidato al sacerdocio se sostiene con el adsumus del presbiterio, en el que los sacerdotes, según la enseñanza del concilio Vaticano II, están unidos entre sí «por la íntima fraternidad del sacramento» (Presbyterorum ordinis, 8). El seminario debería ser una especie de escuela, para transmitir a los alumnos el concepto de que, a pesar de todas las diferencias, son enviados por su obispo para participar en la misma obra. Con diversos oficios, prestan a las personas el mismo servicio sacerdotal. Lo que san Pablo escribió a los Corintios a propósito de las controversias y las divisiones amenazadoras, tiene valor aún hoy. «Nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, Jesucristo» (1 Co 3, 11)

4. Nuestro tiempo necesita sacerdotes que recorran el camino que lleva desde la concepción racional, según la cual todo es factible, hasta la fe en la Revelación divina, desde el conocimiento hasta la sabiduría y desde la especulación hasta la contemplación, para transmitir todo eso a los hombres. Hace casi doscientos años, el teólogo y obispo Johann Michael Sailer recorrió este camino y formó a una generación de sacerdotes que contribuyó entonces a la renovación de la Iglesia en los territorios de lengua alemana. Elaboró una fórmula breve de fe, que en el umbral del tercer milenio es particularmente significativa: Dios en Cristo es la salvación del mundo pecador.

Queridos hermanos en el sacerdocio, al expresaros mi aprecio por vuestro incansable compromiso, os deseo que, en vuestra condición de hermanos mayores, guiéis con fe hacia Cristo a los seminaristas que se os han encomendado, como Andrés hizo con su hermano Simón. Para ello, os imparto de corazón mi bendición apostólica.

 

 

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