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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS MIEMBROS DE LA
PRESIDENCIA Y A LOS SOCIOS DEL CÍRCULO DE SAN PEDRO
Jueves 26 de marzo de 1998
Amadísimos socios del Círculo de San Pedro:
1. Os acojo con alegría y os saludo con afecto. Este encuentro me brinda, como
cada año, la oportunidad de renovaros mis sentimientos de gratitud y estima por
la obra que realizáis en el fiel servicio a la Iglesia y al Papa y con múltiples
iniciativas de solidaridad para con el prójimo necesitado.
Doy una cordial bienvenida a vuestro asistente espiritual, el arzobispo monseñor
Ettore Cunial, que desde hace muchos años es celoso animador de vuestra
asociación. Saludo y doy las gracias a vuestro presidente general, el marqués
Marcello Sacchetti, que, con sus amables palabras, se ha hecho intérprete de los
sentimientos de los presentes y ha ilustrado los diversos ámbitos en que se
realiza vuestra significativa y benemérita actividad. Gracias de corazón por lo
que hacéis y por la generosidad con que cada día prestáis vuestra valiosa
colaboración a la Santa Sede.
2. Acaban de recordarnos el lema que constituye vuestro programa de compromiso:
oración, acción y sacrificio. Ciertamente, cada uno de vosotros lleva estas
palabras impresas en su corazón, mientras trabaja diariamente, según el espíritu
de vuestra asociación, para responder a las necesidades espirituales y
materiales de vuestros hermanos. Buscáis apoyo, ante todo, en la oración,
encuentro de amor con Dios, del que brota la fuerza indispensable para toda
actividad. En efecto, es difícil afrontar siempre con disponibilidad inmediata
las innumerables peticiones de ayuda que os llegan, si falta el recurso
constante a Dios, fuente de toda energía espiritual.
También forma parte de vuestra espiritualidad una atención particular al
sacrificio como medio de ascesis personal y condición concreta de la asistencia
a los necesitados. A este respecto, el tiempo de Cuaresma que estamos viviendo
brinda estímulos y oportunidades que hay que valorar plenamente: del mismo modo
que el Verbo encarnado, con su muerte en la cruz, dio la prueba suprema de su
amor y redimió a la humanidad, así cada cristiano está llamado a contribuir
también con su sufrimiento a la obra de la salvación. El sacrificio de sí es
testimonio sublime de amor y, como tal, signo distintivo de los creyentes, según
las palabras del Evangelio: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos:
si os tenéis amor los unos a los otros» (Jn 13, 35).
3. Amadísimos hermanos, sostenidos por la oración incesante y dispuestos a
ayudar con abnegación a vuestro prójimo, no os dejéis abatir por ninguna
dificultad. Por el contrario, como ya hacéis, no temáis afrontar los desafíos
que se presentan todos los días en nuestra ciudad cosmopolita a quien pretende
promover la caridad solidaria. Al respecto, quisiera exhortaros a proseguir con
entusiasmo y alegría el valioso apostolado que ya estáis llevando a cabo,
ofreciendo a las personas que encontráis la posibilidad de una experiencia de
caridad concreta que dispone el corazón a abrirse a Dios.
¿Cómo no subrayar, además, vuestra devota adhesión a la Sede apostólica, a la
que os unen estrechos vínculos de fidelidad? Manifestáis esta adhesión singular
con el servicio litúrgico en la basílica vaticana, con la presencia en diversas
manifestaciones y con el significativo gesto de la colecta del Óbolo de san
Pedro en la diócesis de Roma. Gracias, queridos hermanos, por esta solicitud y
por vuestra colaboración concreta.
Que vuestro trabajo esté animado cada vez más por una fe profunda y una entrega
gozosa a vuestros hermanos. Para ello, invoco la asistencia del Espíritu Santo,
a quien está dedicado este segundo año de preparación para el gran jubileo.
Disponed vuestro corazón a responder a sus mociones interiores. Sed dóciles
instrumentos suyos, difundiendo a vuestro alrededor esperanza y serenidad.
Encomendándoos a la protección materna de María, Salus populi romani,
invoco su ayuda celestial para las iniciativas y los propósitos de vuestra
asociación, y os imparto de corazón a cada uno de vosotros, a vuestras familias
y a quienes se benefician de vuestro servicio, una especial y propiciadora
bendición apostólica.
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