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MENSAJE DEL PAPA JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN UN CONGRESO
SOBRE LA CUESTIÓN DEL TRABAJO

 

Al venerado hermano
FERNANDO
CHARRIER
obispo de Alessandria
presidente de la comisión de la Conferencia episcopal italiana
para los problemas sociales y el trabajo

1. Me alegra dirigir mi saludo y expresar mis mejores deseos a los participantes en el Congreso nacional sobre «La cuestión del trabajo hoy. Nuevas fronteras de la evangelización», que se celebrará en Roma durante los próximos días. En particular, deseo saludar con afecto al cardenal Camillo Ruini, presidente de la Conferencia episcopal italiana, y a usted, venerado hermano, que se ha hecho promotor de esta próvida iniciativa. Mi pensamiento va, además, a los numerosos agentes pastorales de las diócesis y a los representantes de las asociaciones laicales que, con su presencia, testimonian de modo elocuente la atención que presta la Iglesia que está en Italia al mundo del trabajo y su voluntad de estar en la historia con amor, llevando a todos el anuncio de salvación del Resucitado.

La inserción de la celebración del Congreso en el segundo año de preparación inmediata para el gran jubileo del 2000, dedicado a la reflexión sobre la presencia del Espíritu Santo en la comunidad cristiana y en el mundo, subraya el deseo de los organizadores de poner el Congreso bajo la protección de Aquel que guía hacia la verdad completa (cf. Jn 16, 13), para captar los numerosos desafíos y las exigencias de justicia y solidaridad presentes en el mundo del trabajo.

2. El actual ámbito sociocultural, notablemente cambiado, plantea de manera nueva la cuestión del trabajo. No podemos por menos de notar la precaria situación de quienes no logran encontrar un empleo, los dramas de tantas familias afectadas por el desempleo y la preocupante condición de los jóvenes que buscan su primer empleo y un trabajo digno. Y ¿qué decir de aquellas personas, especialmente mujeres, menores e inmigrantes, que se ven obligadas a realizar un trabajo «negro» y carecen de las más elementales garantías jurídicas y económicas?

La nueva situación, que privilegia de hecho a las empresas y al sector de servicios, también pone de manifiesto las dificultades que deben afrontar los trabajadores del mundo rural y artesanal, en otro tiempo estructura fundamental de la economía italiana, que hoy sufre una fuerte crisis. No podemos ignorar la petición, presentada con creciente insistencia por parte de estas clases sociales, de que se les reconozca un papel socioeconómico adecuado.

No menos digno de consideración es el punto de vista instrumental y utilitario, desde el que se afrontan a menudo los problemas del trabajo, con la consiguiente y difundida pérdida de los valores de la solidaridad y del respeto a la persona. Síntomas reveladores de esta visión son, entre otros, las condiciones carentes de seguridad en los lugares de trabajo y la búsqueda de beneficios a toda costa.

Además, si proyectamos la reflexión a dimensiones mundiales, no podemos menos de subrayar, en los países que ya se han encaminado hacia la así llamada tercera fase de industrialización, el fenómeno cada vez más marcado de la globalización de la economía y de las finanzas. Este fenómeno exige soluciones que puedan garantizar la perspectiva irrenunciable del bien común.

A la universalización de la economía se asocia, también en naciones desarrolladas como Italia, el riesgo de la exclusión de algunas áreas geográficas de los proyectos de desarrollo, con los consiguientes perjuicios para los jóvenes y para quienes no están preparados para afrontar las rápidas innovaciones tecnológicas. Esto crea un inquietante sentido de inseguridad y de malestar, sobre todo en los sectores más débiles de la población.

A pesar de ello, en el mundo del trabajo no faltan prometedores fermentos de esperanza. Va emergiendo en él una nueva cultura que, en sintonía con la doctrina social de la Iglesia, considera como factor decisivo de la producción «al hombre mismo, es decir, su capacidad de conocimiento, que se pone de manifiesto mediante el saber científico, y su capacidad de organización solidaria, así como la de intuir y satisfacer las necesidades de los demás» (Centesimus annus, 32).

Además, se va tomando conciencia de que es posible extender el bienestar social y económico a todo el planeta, ofreciendo a todos los pueblos la oportunidad de realizar su auténtico desarrollo.

3. Las fronteras inéditas de la cuestión del trabajo comprometen a los cristianos y a los hombres de buena voluntad a reconstruir el sentido de la actividad humana en sus dimensiones personales, familiares y comunitarias, superando las tentaciones recurrentes del egoísmo, del corporativismo y de la supremacía del más fuerte.

En este compromiso, que requiere la cooperación de todos, a los creyentes se les pide que den su contribución peculiar: llamados a ser en el mundo signos auténticos del amor de Dios, no pueden menos de sentir la necesidad de superar los ámbitos estrechos del propio grupo o del propio país, respondiendo a la globalización de los sistemas económicos con la globalización del compromiso de solidaridad con respecto a las generaciones presentes y futuras.

El Espíritu, que invita al hombre a colaborar responsablemente en la humanización del mundo y a construir relaciones de fraternidad, lealtad y justicia, pide a los cristianos que se comprometan a promover entre los diversos sectores sociales el diálogo y la disponibilidad necesarios para realizar el bien común, afrontando con valentía sobre todo los problemas de los más débiles y de los más pobres. A la cultura de la conquista y de la competencia sin reglas, que al parecer caracteriza el mercado internacional, deben oponer opciones concretas que tiendan a promover un sistema político y social fundado en el reconocimiento de la dignidad de toda persona y en el respeto al ambiente.

Vuestro congreso reflexionará, sin duda, en estas cuestiones de gran importancia social y pastoral. Deseo de corazón que dé una contribución significativa a la renovación del mundo del trabajo en la línea de la realización de «una sociedad basada en el trabajo libre, en la empresa y en la participación» (Centesimus annus, 34), escribiendo al mismo tiempo un capítulo importante del proyecto cultural de la Iglesia en Italia, encaminado a transformar profundamente toda la sociedad, gracias al anuncio y al testimonio del Evangelio.

4. En efecto, el Espíritu que «es, también para nuestra época, el agente principal de la nueva evangelización» (Tertio millennio adveniente, 45), impulsa a los cristianos a anunciar el Evangelio en el mundo del trabajo y la economía. Este compromiso forma parte de la misión del pueblo de Dios y de su servicio a todo hombre y a todo el hombre. La mayor conciencia de que «no existe verdadera solución para la .cuestión social. fuera del Evangelio y que, por otra parte, las .cosas nuevas. pueden hallar en él su propio espacio de verdad y el debido planteamiento moral» (Centesimus annus, 5), interpela con fuerza a la comunidad cristiana impulsándola a ser signo auténtico de esperanza, a fin de brindar al hombre de hoy «motivaciones sólidas y profundas para el esfuerzo cotidiano en la transformación de la realidad para hacerla conforme al proyecto de Dios» (Tertio millennio adveniente, 45).

Sólo redescubriendo los valores espirituales puede lograrse la solución de los múltiples problemas del hombre. No basta dar respuestas concretas a interrogantes económicos y materiales; hay que suscitar y cultivar una auténtica espiritualidad del trabajo, que ayude a los hombres a acercarse a Dios, Creador y Redentor, a participar en sus planes salvíficos acerca del hombre y del mundo, y a profundizar en su vida la amistad con Cristo (cf. Laborem exercens, 24).

5. En sintonía con la experiencia de María y de los Apóstoles en el cenáculo, que este tiempo pascual ofrece a nuestra consideración, el creyente está llamado a orientar su oración «a los destinos salvíficos hacia los cuales el Espíritu Santo abre los corazones con su acción a través de toda la historia del hombre en la tierra» (Dominum et vivificantem, 66). Al alimentar la propia fe en el encuentro con el Señor, trabajará para mantener viva la esperanza en el corazón de los hombres y de los responsables de las instituciones, a fin de que pongan especial esmero en promover y defender la dignidad de la persona.

La cuestión del trabajo constituye hoy un gran desafío para la comunidad cristiana y, particularmente, para los fieles laicos, impulsados al deber fundamental de «animar, con su compromiso cristiano, las realidades y, en ellas, procurar ser testigos y operadores de paz y de justicia» (Sollicitudo rei socialis, 47), aplicando medidas inspiradas en la solidaridad y en el amor preferencial a los pobres.

Ojalá que vuestro congreso, aprovechando los signos positivos presentes en la realidad italiana, descubra nuevos caminos de evangelización del mundo del trabajo y ofrezca indicaciones y apoyos oportunos para resolver los numerosos problemas planteados.

Estoy seguro de que, mientras se vislumbran acontecimientos capaces de cambiar el rostro de Europa, diseñando nuevos escenarios sociales y económicos, el compromiso de los católicos de Italia suscitará en los responsables de la administración pública opciones valientes, para construir una sociedad más libre, democrática y justa, tanto a nivel nacional como mundial.

Con estos deseos, invocando la protección de la Madre del Redentor sobre usted, venerado hermano en el episcopado, sobre los participantes en el congreso y sobre cuantos trabajan por la humanización del trabajo, os imparto con afecto a todos una especial bendición apostólica, propiciadora de la gracia y de la paz del Salvador.

Vaticano, 6 de mayo de 1998

 

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IOANNES PAULUS II

        

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