Amadísimos jóvenes franciscanos:
1. Me alegra encontrarme con vosotros con ocasión del
quincuagésimo aniversario de vuestra fundación y del vigésimo aniversario de
la aprobación de la Regla de la orden franciscana secular por parte de mi
venerado predecesor, el siervo de Dios Pablo VI. Os saludo a todos con afecto.
Dirijo un cordial saludo a los responsables y a los asistentes espirituales.
Agradezco, en particular, a vuestro representante las amables palabras que me ha
dirigido y el interesante cuadro que ha esbozado de las actividades espirituales
y pastorales de la Juventud franciscana.
Al cumplir cincuenta años vuestra asociación, deseáis renovar el
entusiasmo de los comienzos, profundizando en la espiritualidad y los valores
franciscanos.
Las importantes celebraciones de estos días os ayudan, pues, a
reflexionar en vuestra misión específica dentro de la gran familia franciscana,
a la que podéis brindar la colaboración entusiasta de vuestra juventud,
sostenida por el impulso de vuestros ideales.
2. San Francisco y santa Clara de Asís ejercen una fascinación
extraordinaria también en nuestra época. En ellos y en su ejemplo de vida
evangélica se inspiran muchos jóvenes en sus opciones fundamentales de vida,
compartiendo su ideal de seguimiento radical de Cristo. En particular, vuestra
asociación, en comunión con la primera orden y con la orden franciscana seglar,
se compromete a «pasar del Evangelio a la vida y de la vida al Evangelio» (Estatuto,
n. 3; cf. Regla o.f.s., art. 4). Os comprometéis así a conformar cada
vez más vuestra existencia a la enseñanza de Cristo, esforzándoos por
testimoniarlo con la palabra y el ejemplo. Este itinerario ascético y apostólico
os caracteriza como jóvenes franciscanos; os ayuda a convertiros en adultos en
la fe, a ser apóstoles en la comunidad eclesial y a comportaros en la sociedad
como personas responsables, capaces de aceptar con valentía el papel al que os
llama la Providencia.
En este exigente itinerario de formación humana y cristiana no
estáis solos, ya que la Juventud franciscana es constitutivamente una vocación a
crecer en la fraternidad. Siguiendo la intuición originaria de san Francisco,
sabéis bien que un ambiente en el que se vive como hermanos estimula e impulsa a
cada uno a abrirse al prójimo, valorando adecuadamente sus propias
potencialidades. Al mismo tiempo, se puede recibir la amistad y el apoyo de los
demás. Por tanto, el elemento central de vuestra identidad franciscana es la
presencia del hermano que hay que acoger, escuchar, perdonar y amar: en su
rostro, vosotros, como san Francisco, debéis reconocer el de Cristo,
especialmente cuando se trata de los más pequeños y de los últimos.
3. Esta vocación fundamental a la fraternidad, característica de
la Juventud franciscana, os permite insertaros bien en la comunidad eclesial en
la que, con espíritu de pobreza y de «minoridad », prestáis un apreciado
servicio, humilde y obediente, según el carisma franciscano específico. De todos
es sabido cuánto amaba san Francisco a la Iglesia y con cuánta firmeza indicaba
a quienes lo seguían el ideal de la inserción plena en la comunidad eclesial,
diocesana y universal.
Vuestro Estatuto recuerda oportunamente ese estilo de vida
cuando afirma que «los jóvenes franciscanos viven la fraternidad como un signo
visible de la Iglesia, comunidad de amor y ambiente privilegiado en el que se
desarrollan el sentido eclesial y la vocación cristiana y franciscana, así como
lugar en el que se anima naturalmente la vida apostólica de sus miembros»; y
añade que ellos «se insertan plenamente, de modo activo y eficaz, en la vida de
la Iglesia particular, abriéndose a todas las perspectivas ministeriales y
pastorales» (Estatuto, n. 7). Por tanto, la Juventud franciscana
representa un luminoso ideal de vida, que aceptáis responsablemente a través de
la «promesa». Para realizar este ideal, es indispensable cultivar una relación
vital con Cristo, a través de una intensa vida sacramental y, sobre todo,
mediante una referencia constante a la Eucaristía, tan amada por el
Poverello de Asís (cf. Fonti francescane, nn. 113-114; 207-209). Es
necesario, además, que alimentéis en vosotros un auténtico espíritu de
penitencia y conversión, preparándoos para celebrar el gran jubileo del año
2000. Esforzaos también por hacer realidad en nuestro tiempo la llamada que el
Señor dirigió a san Francisco para que «reparara» su casa (cf. ib., nn.
1.038 y 1.334), colaborando activamente con los obispos y los sacerdotes.
En la actual sociedad de consumo, en la que a menudo parece que
prevalecen los intereses económicos, testimoniad un respeto nuevo y más profundo
a los bienes de la naturaleza. Sed constructores de paz (cf. Mt 5, 9) y
promotores de la dignidad de todo hombre, respetado en su realidad de hijo de
Dios y amado como un hermano en Cristo.
4. Que María, invocada por san Francisco con los sugestivos
títulos de «Señora santa, Reina santísima y Madre de Dios» (Saludo a la
Virgen; cf. Fonti francescane, n. 259), sea vuestro modelo y vuestra
guía. Ella, dócil a los proyectos de Dios, os obtenga de su Hijo divino luz y
fuerza, para que podáis responder generosamente a vuestra vocación.
Mientras os renuevo mi cordial felicitación por los
significativos aniversarios que estáis recordando durante estos días, invoco
sobre vosotros la protección celestial de san Francisco y santa Clara, así como
la del ejército de los santos y beatos que honran a toda la familia franciscana,
y os imparto de corazón a vosotros, a vuestros responsables y asistentes
espirituales, a vuestras fraternidades y a todos los jóvenes franciscanos, una
especial bendición apostólica.