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 DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA JUVENTUD FRANCISCANA


Sábado 9 de mayo de 1998

 

Amadísimos jóvenes franciscanos:

1. Me alegra encontrarme con vosotros con ocasión del quincuagésimo aniversario de vuestra fundación y del vigésimo aniversario de la aprobación de la Regla de la orden franciscana secular por parte de mi venerado predecesor, el siervo de Dios Pablo VI. Os saludo a todos con afecto. Dirijo un cordial saludo a los responsables y a los asistentes espirituales. Agradezco, en particular, a vuestro representante las amables palabras que me ha dirigido y el interesante cuadro que ha esbozado de las actividades espirituales y pastorales de la Juventud franciscana.

Al cumplir cincuenta años vuestra asociación, deseáis renovar el entusiasmo de los comienzos, profundizando en la espiritualidad y los valores franciscanos.

Las importantes celebraciones de estos días os ayudan, pues, a reflexionar en vuestra misión específica dentro de la gran familia franciscana, a la que podéis brindar la colaboración entusiasta de vuestra juventud, sostenida por el impulso de vuestros ideales.

2. San Francisco y santa Clara de Asís ejercen una fascinación extraordinaria también en nuestra época. En ellos y en su ejemplo de vida evangélica se inspiran muchos jóvenes en sus opciones fundamentales de vida, compartiendo su ideal de seguimiento radical de Cristo. En particular, vuestra asociación, en comunión con la primera orden y con la orden franciscana seglar, se compromete a «pasar del Evangelio a la vida y de la vida al Evangelio» (Estatuto, n. 3; cf. Regla o.f.s., art. 4). Os comprometéis así a conformar cada vez más vuestra existencia a la enseñanza de Cristo, esforzándoos por testimoniarlo con la palabra y el ejemplo. Este itinerario ascético y apostólico os caracteriza como jóvenes franciscanos; os ayuda a convertiros en adultos en la fe, a ser apóstoles en la comunidad eclesial y a comportaros en la sociedad como personas responsables, capaces de aceptar con valentía el papel al que os llama la Providencia.

En este exigente itinerario de formación humana y cristiana no estáis solos, ya que la Juventud franciscana es constitutivamente una vocación a crecer en la fraternidad. Siguiendo la intuición originaria de san Francisco, sabéis bien que un ambiente en el que se vive como hermanos estimula e impulsa a cada uno a abrirse al prójimo, valorando adecuadamente sus propias potencialidades. Al mismo tiempo, se puede recibir la amistad y el apoyo de los demás. Por tanto, el elemento central de vuestra identidad franciscana es la presencia del hermano que hay que acoger, escuchar, perdonar y amar: en su rostro, vosotros, como san Francisco, debéis reconocer el de Cristo, especialmente cuando se trata de los más pequeños y de los últimos.

3. Esta vocación fundamental a la fraternidad, característica de la Juventud franciscana, os permite insertaros bien en la comunidad eclesial en la que, con espíritu de pobreza y de «minoridad », prestáis un apreciado servicio, humilde y obediente, según el carisma franciscano específico. De todos es sabido cuánto amaba san Francisco a la Iglesia y con cuánta firmeza indicaba a quienes lo seguían el ideal de la inserción plena en la comunidad eclesial, diocesana y universal.

Vuestro Estatuto recuerda oportunamente ese estilo de vida cuando afirma que «los jóvenes franciscanos viven la fraternidad como un signo visible de la Iglesia, comunidad de amor y ambiente privilegiado en el que se desarrollan el sentido eclesial y la vocación cristiana y franciscana, así como lugar en el que se anima naturalmente la vida apostólica de sus miembros»; y añade que ellos «se insertan plenamente, de modo activo y eficaz, en la vida de la Iglesia particular, abriéndose a todas las perspectivas ministeriales y pastorales» (Estatuto, n. 7). Por tanto, la Juventud franciscana representa un luminoso ideal de vida, que aceptáis responsablemente a través de la «promesa». Para realizar este ideal, es indispensable cultivar una relación vital con Cristo, a través de una intensa vida sacramental y, sobre todo, mediante una referencia constante a la Eucaristía, tan amada por el Poverello de Asís (cf. Fonti francescane, nn. 113-114; 207-209). Es necesario, además, que alimentéis en vosotros un auténtico espíritu de penitencia y conversión, preparándoos para celebrar el gran jubileo del año 2000. Esforzaos también por hacer realidad en nuestro tiempo la llamada que el Señor dirigió a san Francisco para que «reparara» su casa (cf. ib., nn. 1.038 y 1.334), colaborando activamente con los obispos y los sacerdotes.

En la actual sociedad de consumo, en la que a menudo parece que prevalecen los intereses económicos, testimoniad un respeto nuevo y más profundo a los bienes de la naturaleza. Sed constructores de paz (cf. Mt 5, 9) y promotores de la dignidad de todo hombre, respetado en su realidad de hijo de Dios y amado como un hermano en Cristo.

4. Que María, invocada por san Francisco con los sugestivos títulos de «Señora santa, Reina santísima y Madre de Dios» (Saludo a la Virgen; cf. Fonti francescane, n. 259), sea vuestro modelo y vuestra guía. Ella, dócil a los proyectos de Dios, os obtenga de su Hijo divino luz y fuerza, para que podáis responder generosamente a vuestra vocación.

Mientras os renuevo mi cordial felicitación por los significativos aniversarios que estáis recordando durante estos días, invoco sobre vosotros la protección celestial de san Francisco y santa Clara, así como la del ejército de los santos y beatos que honran a toda la familia franciscana, y os imparto de corazón a vosotros, a vuestros responsables y asistentes espirituales, a vuestras fraternidades y a todos los jóvenes franciscanos, una especial bendición apostólica.

 

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