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MENSAJE DEL PAPA JUAN PABLO II A LOS PARTICIPANTES EN EL CONGRESO MUNDIAL
DE LOS MOVIMIENTOS ECLESIALES
(ROMA, 27-29 DE MAYO DE 1998)
Amadísimos hermanos y hermanas
en Cristo:
1. «En todo momento damos gracias a Dios por todos vosotros,
recordándoos sin cesar en nuestras oraciones. Tenemos presente ante nuestro Dios
y Padre la obra de vuestra fe, los trabajos de vuestra caridad y la tenacidad de
vuestra esperanza en Jesucristo, nuestro Señor» (1 Ts 1, 2-3). Estas
palabras del apóstol san Pablo resuenan con gran alegría en mi corazón mientras,
a la espera de encontrarme con vosotros en el Vaticano, os envío a todos un
cordial saludo y os aseguro mi cercanía espiritual.
Dirijo un saludo afectuoso al presidente del Consejo pontificio
para los laicos, cardenal James Francis Stafford; al secretario, monseñor Stanislaw Rylko, y a los colaboradores del dicasterio. Extiendo mi saludo a los
responsables y a los delegados de los diferentes movimientos, a los pastores que
los acompañan y a los ilustres relatores.
Durante los trabajos del Congreso mundial, afrontáis el tema:
«Los movimientos eclesiales: comunión y misión en el umbral del tercer
milenio». Doy las gracias al Consejo pontificio para los laicos, que se ha
ocupado de la promoción y la organización de esta importante asamblea, así como
a los movimientos que han acogido con pronta disponibilidad la invitación que os
dirigí en la Vigilia de Pentecostés de hace dos años. En esa ocasión expresé mi
deseo de que, en el camino hacia el gran jubileo del año 2000, durante el año
dedicado al Espíritu Santo, dieran un «testimonio común» y «en comunión con los
pastores y en armonía con las iniciativas diocesanas, llevaran al corazón de la
Iglesia su riqueza espiritual y, por ello, educativa y misionera, como valiosa
experiencia y propuesta de vida cristiana» (Homilía de la Vigilia de
Pentecostés, n. 7: L'Osservatore Romano, edición en lengua española,
31 de mayo de 1996, p.4).
Deseo de corazón que vuestro congreso y el encuentro del 30 de
mayo de 1998 en la plaza de San Pedro pongan de manifiesto la fecunda vitalidad
de los movimientos en el pueblo de Dios, que se prepara para cruzar el umbral
del tercer milenio de la era cristiana.
2. Pienso en este momento en los Coloquios internacionales
organizados en Roma en 1981, en Rocca di Papa en 1987 y en Bratislava en 1991.
Seguí sus trabajos con atención, acompañándolos con mi oración y mi constante
aliento. Desde el comienzo de mi pontificado he atribuido especial importancia
al camino de los movimientos eclesiales y, durante mis visitas pastorales a las
parroquias y mis viajes apostólicos, he tenido la oportunidad de apreciar los
frutos de su difundida y creciente presencia. He constatado con agrado su
disponibilidad a poner sus energías al servicio de la Sede de Pedro y de las
Iglesias particulares. He podido señalarlos como una novedad que aún espera ser
acogida y valorada adecuadamente. Hoy percibo en ellos una autoconciencia más
madura, y eso me alegra. Representan uno de los frutos más significativos de la
primavera de la Iglesia que anunció el concilio Vaticano II, pero que,
desgraciadamente, a menudo se ve entorpecida por el creciente proceso de
secularización. Su presencia es alentadora, porque muestra que esta primavera
avanza, manifestando la lozanía de la experiencia cristiana fundada en el
encuentro personal con Cristo. A pesar de la diversidad de sus formas, los
movimientos se caracterizan por su conciencia común de la «novedad » que la
gracia bautismal aporta a la vida, por el singular deseo de profundizar el
misterio de la comunión con Cristo y con los hermanos, y por la firme fidelidad
al patrimonio de la fe transmitido por la corriente viva de la Tradición. Esto
produce un renovado impulso misionero, que lleva a encontrarse con los hombres y
mujeres de nuestra época, en las situaciones concretas en que se hallan, y a
contemplar con una mirada rebosante de amor la dignidad, las necesidades y el
destino de cada uno.
Estas son las razones del «testimonio común» que, gracias
al servicio que os presta el Consejo pontificio para los laicos y con espíritu
de amistad, de diálogo y de colaboración con todos los movimientos, se concreta
ahora en este congreso mundial y, sobre todo, dentro de algunos días, en el
esperado «encuentro» de la plaza de San Pedro. Por otra parte, se trata de un
«testimonio común» que ya se manifestó y se comprobó en la laboriosa fase
preparatoria de estos dos acontecimientos.
La significativa presencia entre vosotros de superiores y
representantes de otros dicasterios de la Curia romana, de obispos procedentes
de diversos continentes y naciones, de delegados de la Unión internacional de
superiores y de superioras generales, y de invitados de diferentes instituciones
y asociaciones, indica que toda la Iglesia participa en esta iniciativa,
confirmando que la dimensión de comunión es esencial en la vida de los
movimientos. También está presente la dimensión ecuménica, que se concreta en la
participación de delegados fraternos de otras Iglesias y comuniones cristianas,
a quienes dirijo un saludo particular.
3. El objetivo de este congreso mundial es, por un lado,
profundizar la naturaleza teológica y la labor misionera de los movimientos
y, por otro, favorecer la edificación recíproca mediante el intercambio
de testimonios y experiencias. Por tanto, vuestro programa aborda los aspectos
cruciales de la vida de los movimientos suscitados por el Espíritu de Cristo
para dar un nuevo impulso apostólico a toda la comunidad eclesial. En la
apertura de los trabajos, deseo proponer a vuestra atención algunas reflexiones
que seguramente podremos subrayar ulteriormente durante la celebración en la
plaza de San Pedro, el próximo 30 de mayo.
Representáis a más de cincuenta movimientos y nuevas formas de
vida comunitaria, que son expresión de una variedad multiforme de carismas,
métodos educativos, modalidades y finalidades apostólicas. Una multiplicidad
vivida en la unidad de la fe, de la esperanza y de la caridad, en obediencia a
Cristo y a los pastores de la Iglesia. Vuestra misma existencia es un himno a la
unidad en la pluralidad querida por el Espíritu, y da testimonio de ella.
Efectivamente, en el misterio de comunión del cuerpo de Cristo, la unidad no es
jamás simple homogeneidad, negación de la diversidad, del mismo modo que la
pluralidad no debe convertirse nunca en particularismo o dispersión. Por esa
razón, cada una de vuestras realidades merece ser valorada por la contribución
peculiar que brinda a la vida de la Iglesia.
4. ¿Qué se entiende, hoy, por «movimiento »? El término se
refiere con frecuencia a realidades diferentes entre sí, a veces, incluso por su
configuración canónica. Si, por una parte, ésta no puede ciertamente agotar ni
fijar la riqueza de las formas suscitadas por la creatividad vivificante del
Espíritu de Cristo, por otra indica una realidad eclesial concreta en la que
participan principalmente laicos, un itinerario de fe y de testimonio cristiano
que basa su método pedagógico en un carisma preciso otorgado a la persona del
fundador en circunstancias y modos determinados.
La originalidad propia del carisma que da vida a un movimiento
no pretende, ni podría hacerlo, añadir algo a la riqueza del depositum fidei,
conservado por la Iglesia con celosa fidelidad. Pero constituye un fuerte apoyo,
una llamada sugestiva y convincente a vivir en plenitud, con inteligencia y
creatividad, la experiencia cristiana. Este es el requisito para encontrar
respuestas adecuadas a los desafíos y urgencias de los tiempos y de las
circunstancias históricas siempre diversas.
En esta perspectiva, los carismas reconocidos por la Iglesia
representan caminos para profundizar en el conocimiento de Cristo y entregarse
más generosamente a él, arraigándose, al mismo tiempo, cada vez más en la
comunión con todo el pueblo cristiano. Así pues, merecen atención por parte de
todos los miembros de la comunidad eclesial, empezando por los pastores, a
quienes se ha confiado el cuidado de las Iglesias particulares, en comunión con
el Vicario de Cristo. Los movimientos pueden dar, de este modo, una valiosa
contribución a la dinámica vital de la única Iglesia, fundada sobre Pedro, en
las diversas situaciones locales, sobre todo en las regiones donde la
implantatio Ecclesiae está aún en ciernes o afronta muchas dificultades.
5. En varias ocasiones he subrayado que no existe contraste o
contraposición en la Iglesia entre la dimensión institucional y la
dimensión carismática, de la que los movimientos son una expresión
significativa. Ambas son igualmente esenciales para la constitución divina de la
Iglesia fundada por Jesús, porque contribuyen a hacer presente el misterio de
Cristo y su obra salvífica en el mundo. Unidas, también, tienden a renovar,
según sus modos propios, la autoconciencia de la Iglesia que, en cierto sentido,
puede definirse «movimiento», pues es la realización en el tiempo y en el
espacio de la misión del Hijo por obra del Padre con la fuerza del Espíritu
Santo.
Estoy convencido de que profundizaréis adecuadamente en estas
consideraciones durante los trabajos de vuestro congreso, que acompaño con mi
oración, para que den copiosos frutos para bien de la Iglesia y de la humanidad
entera.
Con estos sentimientos, y a la espera de reunirme con vosotros
en la plaza de San Pedro, en la Vigilia de Pentecostés, os imparto de corazón
una especial bendición apostólica a vosotros y a cuantos representáis.
Vaticano, 27 de mayo de 1998
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