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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A UN GRUPO DE NUEVOS EMBAJADORES
CON OCASIÓN DE LA PRESENTACIÓN DE SUS CARTAS CREDENCIALES*
Jueves 28 de mayo de 1998
Excelencias:
1.Con placer os acojo hoy y os doy la bienvenida a Roma, con
ocasión de la presentación de las cartas que os acreditan ante la Santa Sede
como embajadores extraordinarios y plenipotenciarios de vuestros países: el
principado de Andorra, a cuyo representante recibo por primera vez, Gambia,
Jordania, Letonia, Madagascar, Uganda, Suazilandia, Chad y Zambia. En esta
ocasión, quiero reafirmar mi cordial estima a las autoridades de vuestras
naciones y a todos vuestros compatriotas. Os ruego que transmitáis a vuestros
respectivos jefes de Estado mi gratitud por sus mensajes, que he apreciado
particularmente; expresadles mi saludo deferente y mis mejores deseos para sus
personas y para su alta misión al servicio de todos sus conciudadanos.
2.Mi
pensamiento se dirige, ante todo, a África, y en particular a Nigeria, que tuve
ocasión de visitar durante el mes de marzo del año pasado. La acogida calurosa
de los responsables de esa nación y de todo su pueblo es un signo de los
recursos humanos del país. Como los demás países de África, dispone de numerosas
riquezas, especialmente el sentido de la familia, la apertura a los extranjeros
y el amor al diálogo y a la vida fraterna. Apoyándose en estos pilares de las
sociedades africanas y en los esfuerzos que realizan sus pueblos, la comunidad
internacional está llamada a multiplicar sus ayudas a ese continente, de manera
desinteresada, para permitir que los mismos africanos realicen los progresos
indispensables para la valoración de sus tierras; así, los diferentes países
podrán insertarse más en los circuitos económicos mundiales y llegar al
desarrollo social al que aspiran legítimamente hoy.
3.En la perspectiva frecuentemente desarrollada por la doctrina
social de la Iglesia, la solidaridad debería llevar a una revisión profunda, e
incluso a la condonación, de la deuda de los países más pobres del planeta.
Cáritas internationalis, que junto con otros organismos católicos está
comprometida en obras de caridad y de solidaridad en los países en vías de
desarrollo, mostró recientemente de manera oportuna que una deuda excesiva
lesiona los derechos de los individuos y de los pueblos, así como la dignidad de
las personas. En el pasado, la decisión de condonar la deuda había permitido a
algunos países que vivían una situación difícil y precaria reanudar el camino
del progreso económico, de la vida democrática y de una mayor estabilidad
política. Por eso, invito a los países más ricos a reflexionar de nuevo en sus
relaciones con los países pobres, que muy frecuentemente siguen
empobreciéndose, en especial a causa de su deuda externa, que los mantiene en
una situación de dependencia con respecto a otras naciones y no les deja la
posibilidad de gobernarse como quisieran, ni de realizar las reformas y los
progresos necesarios.
Del mismo modo, conviene que los responsables de los países
pobres se esfuercen por lograr un desarrollo armonioso de todas las
instituciones nacionales. En el ejercicio de sus responsabilidades, su primer
objetivo debe ser el servicio a todos sus compatriotas, sin ninguna distinción y
sin espíritu partidista, por amor a su patria, a los hombres que viven en ella y
a los que en ella han sido acogidos, para el crecimiento moral, espiritual y
social de todos. Por eso, la gestión de la res publica exige prestar gran
atención a todos los ciudadanos, especialmente a los más débiles y a los que
están más duramente afectados por una situación económica difícil; exige también
privilegiar el diálogo entre los diversos componentes de la nación, cuyos
esfuerzos deben concurrir al bienestar de todo el pueblo. Las autoridades
institucionales deben dedicarse a una sana gestión de la vida pública, de la
cual son responsables ante Dios y ante el pueblo. Esas responsabilidades
requieren también una abnegación real, para que triunfe siempre el sentido del
servicio a sus hermanos, se manifiesten los principios de la vida democrática y
se practiquen los valores que fundan la civitas.
4.Los responsables políticos tienen también como objetivo
principal lograr la paz verdadera, que no puede ser simplemente la ausencia de
conflicto armado. Se trata de una vida colectiva en la concordia, en la que
todos los componentes de la nación construyen juntos la sociedad civil,
respetando las libertades individuales legítimas. De manera particular, las
personas que tienen la tarea de guiar el destino de los pueblos están llamadas,
ante todo, a crear un clima de confianza entre sus compatriotas, preocupándose
por el bien común y por una gran rectitud moral. Así, todas las personas que se
encuentran en un mismo territorio podrán vivir juntas, sin preferencias ni
privilegios. En efecto, las discriminaciones, de cualquier tipo que sean, van
siempre en perjuicio de los más débiles y crean graves amenazas a la convivencia
y a la paz.
5.No puedo menos de desear un compromiso
renovado de la comunidad internacional en favor de los países que deben afrontar
notables problemas económicos y políticos, que debilitan las relaciones
internacionales. Los conflictos y las guerras no son jamás caminos de futuro,
que permitan esperar la resolución de una tensión en el seno de una nación o
entre Estados, ni alcanzar un bienestar legítimo. Son siempre muy nefastos para
las poblaciones y no pueden ayudar a los ciudadanos a confiar en sus
instituciones ni en sus hermanos. No pueden menos de engendrar una escalada de
violencia. Apartarse de la violencia significa reconocer las diferencias, fuente
de riqueza y dinamismo, aceptando unir su futuro al de sus hermanos. Dirijo de
nuevo a todas las naciones un apremiante llamamiento: ¡Nunca más matanzas ni
guerras, que desfiguran al hombre y a la humanidad! ¡Nunca más medidas
discriminatorias con respecto a una parte del pueblo, que marginan a las
personas a causa de sus opiniones o de su actividad religiosa, o las excluyen de
toda participación en los asuntos nacionales.
6.También deseo subrayar la importancia de la prosecución de la educación
cívica y moral, particularmente entre los jóvenes, que en el futuro serán
llamados a tomar parte activa en la vida nacional. Por eso, invito a las
autoridades a prestar atención especial a su juventud, que es la primera riqueza
de un país. Muchos jóvenes entran en el engranaje de la violencia, son enrolados
en grupos armados, tomados como rehenes por grupos de combatientes, arrastrados
a los circuitos de la droga o sometidos a situaciones degradantes. Quedarán
heridos para siempre, y les será muy difícil reinsertarse en la vida social.
También se puede temer que alimenten la espiral de la violencia. Al formar a los
jóvenes, los responsables de las naciones preparan en sus países importantes
progresos sociales. Exhorto a la comunidad internacional a perseverar en la
ayuda que presta a los países que se esfuerzan por lograr una educación renovada
de su juventud, aunque se realice a veces a costa de grandes sacrificios y en
medio de numerosas dificultades.
7.La Iglesia, por su parte, desea proseguir su obra esencial de anunciar el
Evangelio, respetando las tradiciones religiosas locales y las demás actividades
espirituales existentes en los diferentes países. También se preocupa por
brindar su ayuda a los países y a las poblaciones locales, sin restricciones ni
contrapartidas, mediante programas de carácter humanitario y social, gracias al
clero y a los fieles que generosamente se ponen al servicio de sus hermanos, en
las instituciones que les pertenecen o en el seno de organismos nacionales o
internacionales.
8.Durante vuestra misión ante la Sede apostólica, tendréis la posibilidad de
descubrir más directamente las acciones y las preocupaciones de la Iglesia en
todos los continentes. Hace dos semanas concluyó en Roma la Asamblea especial
para Asia del S ínodo de los obispos,
que fue un momento de intensa comunión entre diferentes comunidades católicas,
en torno al Sucesor de Pedro. Los pastores se hicieron eco de las dificultades
que atraviesan actualmente sus países, en particular por lo que concierne a los
derechos del hombre; también dieron cuenta del dinamismo espiritual y humano de
millones de personas. Por tanto, deseándoos que tengáis múltiples oportunidades
de captar la universalidad de la Iglesia a través de esos acontecimientos,
invoco la abundancia de las bendiciones divinas sobre vosotros, así como sobre
vuestras familias, vuestros colaboradores y las naciones que representáis.
*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua españolan. 23 p.4 (p.316).
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