Señor embajador:
1. Sumamente complacido, recibo las
cartas credenciales que lo acreditan como embajador extraordinario y
plenipotenciario de la República de Guatemala ante la Santa Sede. Mientras le
doy mi cordial bienvenida en este solemne acto, quiero expresar una vez más el
sincero afecto que siento por todos los hijos e hijas de esa noble nación, tan
rica culturalmente y con la que la naturaleza ha sido tan pródiga.
Le agradezco profundamente el
deferente saludo que ha tenido a bien transmitirme de parte del señor presidente
de la República, lic. Álvaro Arzú Irigoyen, así como las amables expresiones
para con esta Sede apostólica y mi persona, las cuales testimonian también los
filiales sentimientos del pueblo guatemalteco. Le ruego que tenga la bondad de
hacerle llegar mi sincero reconocimiento.
2. Recuerdo con viva emoción las
dos visitas pastorales que he tenido el gozo de realizar a su país en marzo de
1983 y febrero de 1996. Vuelve a mi mente la calurosa acogida con la que miles
de guatemaltecos quisieron manifestar también sus anhelos de paz y el ardiente
deseo de ver terminada la guerra fratricida. Por ello, recordando el llamado de
mis hermanos obispos de Guatemala, decía: «Urge la verdadera paz. Una paz que es
don de Dios y fruto del diálogo, del espíritu de reconciliación, del compromiso
serio por un desarrollo integral y solidario de todas las capas de la población
y, especialmente, del respeto por la dignidad de cada persona» (Discurso en
el Aeropuerto La Aurora, 5 de febrero de 1996, n. 4).
Tras largas y
laboriosas negociaciones, la Providencia quiso que el 29 de diciembre de aquel
mismo año se firmaran los Acuerdos de paz firme y duradera, acto valiente que
llenó de gran alegría y esperanza a los guatemaltecos, a la comunidad
internacional y, particularmente, a esta Sede apostólica, dando gracias al
Príncipe de la paz por ese don precioso, que yo mismo había ido a implorar, en
particular con mi peregrinación al santuario del Cristo Negro, el Señor de
Esquipulas.
3. Al finalizar el siglo XX se abren a la humanidad nuevos
escenarios de libertad y esperanza, desgraciadamente turbados a menudo por
situaciones políticas inestables, estructuras sociales débiles y conflictos
preocupantes. Hoy, ante estos horizontes esperanzadores, en los que la «lógica
de la guerra» resulta más absurda que nunca, se va abriendo paso la
interdependencia entre los pueblos. Por lo cual, es necesario y urgente trabajar
por la construcción de un orden interno e internacional que promueva la
convivencia pacífica, la cooperación, el respeto de los derechos fundamentales
de los hombres y de los pueblos, reconociendo la centralidad de cada persona y
su inviolable dignidad. Veo con gozo que en Guatemala se vislumbran también esos
nuevos horizontes que invitan a intensificar los esfuerzos para continuar la
construcción de una sociedad renovada y más solidaria.
Usted, señor embajador,
se ha referido al papel de la Iglesia católica que, de manera constante y
abnegada, a veces con incomprensiones, ha ofrecido su valiosa contribución
durante el largo proceso de pacificación de su país. Numerosos han sido los
llamados a la reconciliación y al perdón hechos por los obispos guatemaltecos.
A este respecto, el gran jubileo del año 2000 ofrece una oportunidad única para
realizar dicha reconciliación y consolidar así los acuerdos alcanzados con tanto
esfuerzo. Éste sería el mejor tributo que su país puede rendir a quienes han
gastado generosamente sus vidas o incluso derramado su sangre por tan nobles y
sublimes objetivos.
4. La Iglesia en Guatemala, consciente de su grave
responsabilidad en la hora presente y fiel a su misión religiosa, moral y
social, sin renunciar a su legítima autonomía, está dispuesta a continuar la
«sana colaboración» con las autoridades y las diversas instituciones del Estado
y de la sociedad guatemalteca para promover y apoyar todas las iniciativas
dirigidas hacia la realización del mayor bien de la persona, de la sociedad y
sobre todo de la familia, santuario del amor y de la vida (cf.
Centesimus
annus, 39). Ajena a intereses puramente temporales, la Iglesia seguirá
anunciando la buena nueva de la salvación, dispuesta a dar su generosa
contribución en campos tan importantes para el desarrollo integral de la
persona, como son la educación, la salud, la defensa y promoción de los
derechos y libertades fundamentales de todos, así como su incansable actividad
caritativa al servicio de los más necesitados.
Vuestra excelencia ha recordado también que es preciso seguir evangelizando para construir una sociedad más
justa, fraterna y solidaria, si queremos que la concepción cristiana de la vida
y las enseñanzas morales de la Iglesia sigan siendo elementos esenciales que
inspiren a las personas y los grupos que trabajan por el bien de la nación. Al
recibir a los obispos de su país durante la visita «ad limina» de 1994,
refiriéndome al documento colectivo del Episcopado, titulado «500 años sembrando
el Evangelio», les decía: «La nueva evangelización deberá preservar, pues, las
riquezas espirituales de vuestro pueblo y favorecer en todos una conversión cada
vez más coherente con el Evangelio» (4 de marzo de 1994, n. 2). Sólo a la luz
del Evangelio se pueden encontrar soluciones para lograr «un desarrollo
auténtico del hombre y de la sociedad que respete y promueva en toda su
dimensión la persona humana » (Sollicitudo rei socialis, 41). Una
sociedad sin valores fundamentales y sin principios éticos se va deteriorando
progresivamente.
5. Es grato constatar los esfuerzos de su Gobierno por mejorar
las condiciones y calidad de vida de los guatemaltecos, así como los logros ya
obtenidos. Éste es un servicio a la dignidad humana, que necesita el apoyo de
todos los grupos sociales, para seguir poniendo las bases de una sociedad cada
vez más justa. Es deseo común ver pronto en Guatemala una sociedad en la que los
derechos de la persona y de las comunidades sean tutelados y garantizados cada
vez más; que todos los niños tengan acceso a los servicios de salud y a la educación; que se fomente el espíritu de participación, superando los intereses
de partido o clase; que exista un mayor acceso a la propiedad de la tierra para
quienes carecen de recursos económicos; que el imperativo ético sea un punto de
referencia ineludible para todos los guatemaltecos; que se realice una
distribución más equitativa de las riquezas; en una palabra, que todos, pensando
en el bien del país, desarrollen su vocación humana y cristiana, y los
distintos grupos étnicos que componen el rico mosaico de culturas en esa nación
aprendan a vivir en armonía y respeto mutuo.
6. Mucho dolor ha causado a la
comunidad eclesial, especialmente a la guatemalteca, el execrable asesinato de mons. Juan José Gerardi Conedera, obispo auxiliar de Guatemala, quien tanto
trabajó por la pacificación de su país y por el reconocimiento y defensa de los
derechos humanos. Como ya lo expresé en aquella triste ocasión, espero que esta
tragedia «muestre claramente la inutilidad de la violencia e impulse a todos a
comprometerse en la búsqueda del entendimiento y del diálogo, único camino que
asegura justicia sobre cualquier obstáculo y provocación, y que no perturbe
mínimamente la aplicación de los Acuerdos de paz».
Espero ardientemente que
Guatemala, tras experimentar en su propia carne tanto sufrimiento, destrucción y
muerte, que ha marcado profundamente a las nuevas generaciones, logre pasar
cuanto antes de esa «cultura de la muerte» a la «cultura de la vida»; de la
«cultura del miedo» a la «cultura de la libertad en la verdad». El deseo del
pueblo guatemalteco de conocer la verdad sobre éste y otros crímenes responde a
su legítimo anhelo de no tener que vivir nunca más oprimido por la inseguridad,
el miedo y la impunidad, sino más bien en una sociedad renovada, en la que la
paz firme y duradera esté cimentada sobre la tolerancia, la justicia, la
libertad y el amor solidario.
7. Señor embajador, antes de concluir este
encuentro deseo expresarle mi sincera estima y asegurarle el apoyo de la Santa
Sede para que pueda desempeñar fructíferamente la alta misión que hoy inicia.
Al mismo tiempo, le ruego de nuevo que tenga la bondad de hacerse intérprete de
mis mejores sentimientos ante su Gobierno y demás instancias de su país,
mientras invoco la bendición de Dios sobre usted y sus familiares, sobre sus
colaboradores y sobre todos los amadísimos hijos e hijas de la noble nación
guatemalteca.
*Insegnamenti di Giovanni Paolo II, vol. XXI, 2 p. 920-924.
L'Osservatore Romano 5-6.11.1998 p.5.
L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.46 p.7 (p.631).
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