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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS DE BULGARIA
EN VISITA «AD LIMINA APOSTOLORUM»


Sábado 7 de noviembre de 1998

 

Queridos hermanos en el episcopado:

1. Por segunda vez, después de los cambios que se han producido en vuestro país y en todo el este de Europa, os acojo con gran alegría en Roma, adonde habéis venido para realizar vuestra visita ad limina, expresando así, de manera evidente, vuestra comunión con el Sucesor de Pedro. Agradezco a vuestro presidente las palabras que acaba de dirigirme.

Durante los últimos años, os habéis dedicado a dotar a vuestras comunidades de las estructuras materiales y pastorales necesarias para el bien de los fieles y de toda la Iglesia. Os agradezco este compromiso y vuestros numerosos esfuerzos que, seguramente, ya comienzan a dar frutos y darán aún más en el futuro. Donde surge y renace la presencia cristiana, gracias a la indispensable libertad de las personas y los pueblos, se fortalece la esperanza de los creyentes, que se sienten cada vez más motivados para edificar, día tras día, la comunidad eclesial y, al mismo tiempo, para participar en la vida social, animados por la gracia del Espíritu Santo.

2. Por medio de vosotros, deseo alentar a los sacerdotes, religiosos y laicos a no cejar en su dedicación al servicio del Evangelio. Me alegra que haya aumentado el número de fieles, signo de la vitalidad de vuestras comunidades. Para ser testigos de Cristo en su vida diaria, sienten la necesidad de acercarse con mayor frecuencia a los sacramentos y participar más activamente en la liturgia dominical. En esta relación de intimidad con Cristo encontrarán la fuerza y el valor para realizar su vocación bautismal en la vida personal, familiar y social. En particular, es importante sostenerlos para que afronten los problemas que se plantean en la sociedad civil y den su contribución a la reconstrucción moral de la sociedad, marcada por la era de las ideologías totalitarias, cuyo peso grava aún sobre las conciencias, y a la gestión de la res publica, en actitud de colaboración fraterna con todos sus compatriotas. Un estudio serio de la doctrina social de la Iglesia les será muy útil.

3. A la vez que me alegro con vosotros por los primeros frutos de vuestras decisiones pastorales, doy gracias también por los pastores y los fieles que, en la prueba y en la noche de la persecución en medio de grandes sufrimientos, conservaron su fe y libraron el buen combate. Ojalá que su testimonio y el sacrificio de su vida mediante el martirio sean semillas de la buena nueva y ejemplos para nuestros contemporáneos. Uno de esos testigos, que constituye como un símbolo para todos, es el obispo mártir Eugenio Bossilkov, a quien tuve la alegría de proclamar beato el pasado 15 de marzo. En una carta escrita entre fines de 1948 y comienzos de 1949, afirmaba: «Los rastros de nuestra sangre abrirán el camino a un futuro espléndido; y, aunque nosotros no lo veamos, otros cosecharán lo que hemos sembrado en medio del dolor». Este tesoro está en las manos de los pastores y de los fieles de Bulgaria, para que lo conserven y lo presenten al pueblo como un camino de libertad y de vida.

La beatificación de monseñor Bossilkov fue, con razón, una experiencia de profunda alegría para vuestras comunidades; la elevación de uno de sus hijos a la gloria de los altares es para una Iglesia particular un reconocimiento de su fidelidad a Cristo y a la Sede de Pedro. Los santos y los confesores de la fe nos enseñan que el camino hacia la victoria de Dios en la vida del hombre está constituido por la disposición a colaborar con su gracia, pues Dios es quien «hace crecer» (1 Co 3, 7). Esta colaboración, que es precisamente el itinerario de la vida espiritual, representa un aspecto esencial de la vida cristiana en el momento en que nos preparamos para entrar en el gran jubileo. La conversión personal y el regreso a Dios son condiciones indispensables para la transformación de los corazones y de las relaciones interpersonales y sociales, a fin de instaurar una era de justicia y paz. «Todo deberá mirar al objetivo prioritario del jubileo, que es el fortalecimiento de la fe y del testimonio de los cristianos. Es necesario suscitar en cada fiel un verdadero anhelo de santidad, un fuerte deseo de conversión y de renovación personal en un clima de oración cada vez más intensa y de solidaria acogida del prójimo, especialmente del más necesitado» (Tertio millennio adveniente, 42). Ojalá que, gracias al compromiso de todos los hombres de buena voluntad, el tercer milenio sea el milenio de la libertad en la verdad, puesto que sólo la verdad nos hace verdaderamente libres y nos permite comprometernos en el camino de la felicidad a la que aspiramos. «En efecto, verdad y libertad, o bien van juntas o juntas perecen miserablemente », como recordé recientemente en la encíclica Fides et ratio (n. 90). Cristo Señor es el camino; él sana nuestras heridas interiores y exteriores, y restaura en nosotros la imagen divina, que hemos oscurecido con el pecado.

4. Entre las misiones primordiales de la comunidad eclesial figura la atención a la familia. El matrimonio es la institución básica de la sociedad y de la Iglesia. Es importante ayudar a los jóvenes a descubrir el gozo que se siente cuando se construye una relación duradera con una persona, gracias al compromiso de fidelidad que fortalece el amor y permite a los esposos realizarse. La entrega de sí al otro en el matrimonio dispone también a cada uno a dar su vida sin vacilaciones, con una actitud responsable, cumpliendo así la misión recibida del Creador: acoger con alegría y respeto toda vida nueva y educar a los hijos, para que se conviertan en cristianos adultos, capaces de participar en la vida de su país. Es indispensable que la educación de los hijos se funde en la enseñanza de una jerarquía de valores verdaderamente auténtica y no dictada por modas o por el mero interés personal.

La sociedad evolucionará poco a poco gracias a la transformación profunda de las familias, llamadas a vivir y transmitir a los jóvenes los valores morales y espirituales. Todos han sido testigos de las funestas consecuencias de la falta de respeto a la vida humana durante los últimos decenios. Vuestro pueblo ha experimentado en su propia carne esta verdad: la piedra angular necesaria para edificar una sociedad nueva deberá ser el respeto a la vida, a toda vida, particularmente a la indefensa. Por eso, en la situación actual, vuestro país está llamado a resistir, con una reacción moral adecuada, a la fascinación sin discernimiento de la sociedad de consumo: relativismo moral, aislamiento, apatía, falta de respeto a la vida; huyendo de esas actitudes, los cristianos deben avanzar con determinación por el camino de la santidad y de un compromiso cada vez más solidario en favor de sus hermanos. Todos los hombres de buena voluntad deben recordar que la persona humana ocupa el centro de la vida social y debe ser respetada en su dignidad fundamental. La lucha por la libertad verdadera implica la defensa de todo ser humano, en particular de los más pequeños y pobres.

Ciertamente, algunos de vuestros compatriotas casados encuentran dificultades en su vida matrimonial y familiar. A la vez que oro por esas familias probadas, las invito a reavivar el entusiasmo de su compromiso inicial: la fidelidad, aceptada no como un peso sino como una elección gozosa, permitirá superar los miedos y las incomprensiones que hayan podido suscitarse en las relaciones con el paso del tiempo, y se transformar á en la fuente de una realización auténtica y de una profunda experiencia de felicidad. Como pastores, con la ayuda del clero y de los catequistas, debéis sostener a los padres e intensificar la catequesis destinada a los jóvenes, así como seguir brindando una preparación adecuada para el matrimonio. El descubrimiento del misterio cristiano y de la verdad sobre el amor humano ayudará a los jóvenes en su crecimiento espiritual y humano.

5. Para afrontar eficazmente las realidades pastorales tal como se presentan en vuestro país, es conveniente que los sacerdotes, a pesar del excesivo trabajo que a veces deben realizar, intensifiquen sus esfuerzos con vistas al anuncio del Evangelio y a la iniciación en los sacramentos. Además de preocuparse por la grey confiada a su solicitud, han de interesarse también por proseguir la colaboración con los laicos, que, en virtud de su bautismo, desempeñan un papel específico y activo en la misión de la Iglesia. Gracias a su disponibilidad generosa y a la competencia que poseen en diversos campos, podrán dar una inestimable contribución, bajo la guía de sus obispos.

Una de vuestras preocupaciones es la escasez de sacerdotes. Os animo a desarrollar cada vez más la pastoral vocacional en las escuelas, en la catequesis y en las familias, para que los jóvenes puedan escuchar la llamada de Dios. El testimonio del clero es esencial para suscitar en los jóvenes el deseo de comprometerse a seguir el camino del sacerdocio. Con el ejemplo de su vida gozosa, con la dirección espiritual y con otras iniciativas apropiadas, los sacerdotes suscitarán en la juventud el deseo de mostrarse disponibles para hacer, según la voluntad de Dios, la opción valiente de seguir a Cristo (cf. Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros, 32). Este tiempo de discernimiento inicial debe prolongarse mediante una preparación seria para el ministerio sacerdotal, con una profunda enseñanza filosófica y teológica, a fin de poder responder a los numerosos interrogantes de los hombres de nuestro tiempo. «Las asignaturas filosóficas deben ser enseñadas de tal manera que los alumnos lleguen, ante todo, a adquirir un conocimiento fundado y coherente del hombre, del mundo y de Dios, basados en el patrimonio filosófico válido para siempre, teniendo en cuenta también las investigaciones filosóficas (...) más recientes » (Optatam totius, 15); del mismo modo, prosigue el Concilio, «las asignaturas teológicas deben ser enseñadas a la luz de la fe, bajo la guía del magisterio de la Iglesia» (ib., 16). En efecto, gracias a sacerdotes bien formados la Iglesia podrá anunciar el Evangelio a todas las culturas.

6. Venís de una tierra donde, desde siglos, confluyen las tradiciones de Occidente y de Oriente en la alabanza común al Señor. Sin embargo, todos vosotros sois herederos de la evangelización realizada por la obra grandiosa de los santos Cirilo y Metodio que, con su extraordinario carisma, llevaron al pueblo búlgaro la buena nueva y, al mismo tiempo, su cultura particular. Esta complementariedad de las tradiciones oriental y latina, que experimentáis personalmente en el seno de vuestra Conferencia episcopal, representa una fuerte invitación a la unidad de los dos pulmones de Europa.

La unidad es un deber para todos los hijos de la Iglesia católica, pero también es un compromiso inevitable para todos los que creen en Cristo. En la exhortación apostólica Tertio millennio adveniente, expresé mi deseo de que el gran jubileo sea «la ocasión adecuada para una fructífera colaboración en la puesta en común de tantas cosas que nos unen y que son ciertamente más que las que nos separan» (n. 16). Os exhorto, por tanto, a buscar los medios que os permitan fortalecer los vínculos entre las diferentes confesiones cristianas, en particular, la comunión con nuestros hermanos ortodoxos. Compartir nuestros dones y nuestros patrimonios culturales y espirituales no puede por menos de enriquecernos mutuamente, para redescubrir las profundas raíces cristianas que pertenecen a la historia de vuestro país y a todo el continente.

Al término de vuestra visita, os pido que transmitáis los sentimientos afectuosos del Papa a vuestros sacerdotes, a los religiosos y religiosas, y a los amadísimos fieles de Bulgaria, asegurándoles mi oración. Encomiendo a la protección materna de la Virgen María las pruebas y las esperanzas de la Iglesia católica que está en Bulgaria. A vosotros, queridos hermanos en el episcopado, y a todos los fieles encomendados a vuestra solicitud pastoral, imparto de todo corazón la bendición apostólica.

 

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