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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
DURANTE UN SOLEMNE ACTO ACADÉMICO
EN LA PONTIFICIA UNIVERSIDAD URBANIANA


Miércoles 11 de noviembre de 1998

 

Señores cardenales;
venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
 ilustres rectores de las universidades pontificias y de los ateneos de Roma;
amadísimos alumnos:

1. Es para mí motivo de gran alegría presidir este solemne acto académico, al término del cual bendeciré la renovada aula magna de esta universidad pontificia. En efecto, aquí se preparan espiritualmente y se forman teológicamente los que irán a las diversas partes del mundo a anunciar, como nuevos apóstoles, el evangelio de Jesucristo.

Saludo cordialmente, ante todo, al señor cardenal Jozef Tomko, prefecto de la Congregación para la evangelización de los pueblos y gran canciller de la Pontificia Universidad Urbaniana, y le agradezco las amables palabras que en nombre de todos los presentes me ha dirigido al comienzo de nuestro encuentro. Expreso también mi sincera gratitud al cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe, por la docta relación que acaba de tener.

Saludo a los rectores y profesores de las universidades pontificias y de los ateneos de Roma. Y os saludo con afecto a todos vosotros, amadísimos profesores, alumnos y colaboradores de la universidad Urbaniana, así como a todos los que han querido participar en este significativo momento de reflexión teológica y comunión eclesial.

2. El cardenal Ratzinger nos ha introducido con magistral pericia en la lectura de un aspecto específico de la encíclica Fides et ratio. Tomando pie de sus consideraciones, quisiera centrar ahora vuestra atención en lo que constituye, de alguna manera, el núcleo de la encíclica, es decir, la relación entre la fe y la razón, que es importante destacar, sobre todo en un período como el nuestro, caracterizado por cambios de época de la sociedad y de la cultura.

El paso progresivo hacia formas de pensamiento que se reúnen bajo la denominación de «posmodernidad» exige que también la Iglesia preste la debida atención a ese proceso, haciendo oír su voz, para que nadie quede privado de la aportación peculiar que brota del Evangelio (cf. Fides et ratio, 91). Por otra parte, esta preocupación se justifica si se piensa en el delicado papel que la filosofía desempeña en la formación de la conciencia, en la animación de las culturas y, por consiguiente, en la inspiración de leyes que regulan la vida social y civil. En esta tarea, aun dentro de la autonomía de su estatuto epistemológico, no puede menos de beneficiarse de la compañía de la fe, que le indica senderos por recorrer para alcanzar cumbres aún más altas.

3. A nadie escapa la importancia que la filosofía ha adquirido progresivamente a lo largo de los siglos. Algunos sistemas perduran hasta nuestros días, gracias a la fuerza especulativa que les ha permitido promover un progreso seguro en la historia de la humanidad. Por otra parte, el papel que la filosofía desempeña no puede relegarse a un círculo restringido de personas. «Cada hombre, como ya he dicho, es, en cierto modo, filósofo y posee concepciones filosóficas propias con las cuales orienta su vida. De un modo u otro, se forma una visión global y una respuesta sobre el sentido de la propia existencia. Con esta luz interpreta sus vicisitudes personales y regula su comportamiento» (Fides et ratio, 30).

El acto de pensar define al hombre dentro de la creación. Al pensar, puede responder del mejor modo posible a la misión, que le ha confiado el Creador, de cultivar y cuidar el jardín del Edén, donde se encuentra «el árbol de la ciencia del bien y del mal» (Gn 2, 15.17; cf. Fides et ratio, 22). Así pues, con el pensamiento cada uno realiza una experiencia, por así decir, de «auto-trascendencia», ya que se supera a sí mismo y supera los límites que lo restringen, para acercarse a lo infinito.

La 4. Sin embargo, el hombre, cuanto más se abre a lo infinito, tanto más descubre el límite que lleva en sí mismo. Se trata de una experiencia dramática, porque al mismo tiempo que se sumerge en nuevos espacios, descubre que no logra ir más allá. A esto se añade la experiencia del pecado: la existencia humana está marcada por él, de modo que también la razón siente su peso. Una expresión de la Carta a Diogneto, escrita en los albores de la literatura cristiana, casi comentando el texto del Génesis, permite comprender más a fondo esta condición. Escribe su autor desconocido: «En este lugar se plantó el árbol de la ciencia y el árbol de la vida; lo que mata no es el árbol de la ciencia sino la desobediencia » (XII, 1). Por tanto, éste es el motivo real de la debilidad del pensamiento y de su incapacidad de elevarse más allá de sí mismo. La desobediencia, signo del deseo de independencia, mina el obrar del hombre y amenaza con bloquear su elevación hacia Dios, incluso en el ámbito de la reflexión filosófica.

Cuando la ciencia se enroca orgullosamente en sí misma, corre el riesgo de no expresar siempre perspectivas de vida; si, por el contrario, va acompañada por la fe, entonces recibe su ayuda para buscar el bien del hombre. El apóstol Pablo advierte: «La ciencia hincha, la caridad en cambio edifica» (1 Co 8, 1). La fe, que se fortalece con la caridad y se expresa en ella, sugiere a la ciencia un criterio de verdad que mira a la esencia del hombre y a sus verdaderas necesidades.

5. En un ámbito académico como éste, creo que es importante subrayar otro aspecto que mencioné en la encíclica Fides et ratio. No sólo reafirmé en ella la necesidad, sino también la urgencia de una reanudación del diálogo entre la filosofía y la teología que, cuando se ha efectuado correctamente, ha producido evidentes beneficios tanto para una como para otra. La invitación que dirigí para que se cuide «con particular atención la preparación filosófica de los que habrán de anunciar el Evangelio al hombre de hoy» (Fides et ratio, 105) es el eco de la misma invitación que hicieron a su tiempo, con fuerte convicción, los padres conciliares (cf. Optatam totius, 15). En efecto, mientras que el estudio de la filosofía abre la mente de los jóvenes alumnos para comprender las exigencias del hombre contemporáneo y su modo de pensar y afrontar los problemas (cf. Gaudium et spes, 57), la profundización de la teología permitirá dar a esas exigencias la respuesta de Cristo, «camino, verdad y vida» (Jn 14, 6), dirigiendo la mirada al sentido pleno de la existencia.

En un momento en que parece afirmarse la fragmentación del saber, es importante que la teología sea la primera en hallar formas que permitan la identificación de la unidad fundamental que une entre sí los diferentes caminos de investigación, mostrando su meta última en la verdad revelada por Dios en Jesucristo. Desde este punto de vista, la misma teología podrá apoyarse en una filosofía abierta al misterio y a su revelación, para hacer comprender que la inteligencia de los contenidos de fe favorece la dignidad del hombre y su razón.

6. Recuperando cuanto ha sido patrimonio del pensamiento cristiano, escribí que la relación entre la teología y la filosofía debería estar marcada por «la circularidad » (Fides et ratio, 73), como acaba de recordar también el cardenal Ratzinger. De este modo, tanto la teología como la filosofía se ayudarán recíprocamente para no caer en la tentación de encerrar en los límites de un sistema la novedad perenne que contiene el misterio de la revelación traída por Jesucristo. Ésta seguirá implicando siempre una novedad radical, que ningún pensamiento podrá jamás explicar plenamente ni agotar.

La verdad puede acogerse siempre y sólo como un don totalmente gratuito, que es ofrecido por Dios y debe ser recibido en la libertad. La riqueza de esta verdad se inserta en el entramado humano y necesita expresarse en la multiplicidad de formas que constituyen el lenguaje de la humanidad. Los fragmentos de verdad que cada uno lleva consigo deben tender a reunirse con la verdad única y definitiva que encuentra su forma perfecta en Cristo. En él, la verdad sobre el hombre se nos dona sin medida en el Espíritu Santo (cf. Jn 3, 34), y suscita un pensamiento que no sólo es deudor de la razón, sino también del corazón. De este pensamiento profundo y fecundo da testimonio la «ciencia de los santos», que hace un año me impulsó a proclamar doctora de la Iglesia a santa Teresa de Lisieux, siguiendo las huellas de numerosos santos, hombres y mujeres, que han marcado de manera significativa la historia del pensamiento cristiano, tanto teológico como filosófico. Es hora de que la experiencia y el pensamiento de los santos se valoren de manera más atenta y sistemática, para profundizar las verdades cristianas.

7. Los teólogos y los filósofos, según las exigencias de sus respectivas disciplinas, están llamados a considerar al único Dios que se revela en la creación y en la historia de la salvación como la fuente perenne de su trabajo. La verdad que viene «de lo alto», como muestra la historia, no va contra la autonomía del conocimiento racional, sino que lo impulsa hacia nuevos descubrimientos que originan un auténtico progreso para la humanidad, al favorecer la elaboración de un pensamiento capaz de llegar a lo íntimo del hombre, haciendo madurar en él frutos de vida.

Quiero encomendar estas perspectivas y estos deseos a la intercesión de la Virgen, invocada como «Sede de la sabiduría», y, a la vez que invoco su constante protección sobre vosotros y sobre el «crisol del pensamiento» que está llamada a ser vuestra universidad, os imparto a todos mi afectuosa bendición apostólica. ¡Gracias!

 

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