The Holy See
back up
Search
riga

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
 AL SEÑOR MARCO CÉSAR MEIRA NASLAUSKY,
NUEVO EMBAJADOR DE LA REPUBLICA FEDERATIVA DE BRASIL*


J
ueves 12 de noviembre de 1998

 

Señor embajador:

1. Me complace acoger al distinguido representante de Brasil en este acto de presentación de sus cartas credenciales como embajador extraordinario y plenipotenciario ante la Santa Sede. Lo recibimos hoy, como siempre lo haremos, con la atención y el interés que merecen la persona de su excelencia y su noble país; éste, además, ha demostrado recíproca consideración, incluso en la elección de los mandatos para esta misión, al reflejar el sincero afecto del pueblo brasileño, y en primer lugar del presidente de la República Federativa de Brasil, por el Sucesor de Pedro.

Por eso, agradezco las amables palabras y el saludo que el más alto mandatario de la nación ha deseado hacerme llegar por medio de su excelencia. Le ruego encarecidamente que tenga la amabilidad de transmitirle mi saludo, con mis mejores deseos de paz y bien.

2. Con la reciente reelección del señor presidente de la República, el Gobierno brasileño se prepara para dar continuidad a la obra de saneamiento social, debido, como su excelencia afirmaba, «a los abusos e injusticias acumulados » durante los años de inestabilidad política y económica. He seguido con interés principalmente la aplicación de los mecanismos de acción, destinados, entre otras cosas, a afrontar una distribución más justa de las riquezas, el derecho a la instrucción escolar y a la educación en todos los niveles, el arduo problema de la deuda pública y el drama del desempleo en muchos sectores de la economía nacional. Observo con satisfacción los frutos alcanzados gracias al compromiso del Gobierno brasileño de dar prioridad al área social, en defensa de los derechos humanos, especialmente de la infancia, y a la aplicación efectiva de la reforma agraria. Se trata de grandes desafíos para la paz y el progreso armonioso de la sociedad, pero, como usted comprenderá, tienen relación con una exigencia social más amplia, que ve en el bienestar futuro de la familia brasileña el punto de referencia insustituible de toda acción gubernativa.

Señor embajador, siendo así, permítame añadir que la comprobación del desarrollo de Brasil, que se ha registrado durante estos últimos años, será duradera en la medida en que se produzca, al mismo tiempo, un crecimiento de los valores morales que hacen de la solidaridad, especialmente entre los menos favorecidos, el eje de las decisiones más importantes. La crisis global que atraviesa el mundo no es sólo de carácter financiero, sino más bien de valores, de ideales y del fundamento moral, que afecta de modo especial a la familia. Por eso, el año pasado, durante mi viaje pastoral a Río de Janeiro para el II Encuentro mundial de las familias, quise subrayar el hecho de que «a través de la familia, toda la existencia humana está orientada al futuro. En ella el hombre viene al mundo, crece y madura. En ella se convierte en ciudadano cada vez más responsable de su país y en miembro cada vez más consciente de la Iglesia» (Homilía, 5 de octubre de 1997, n. 1: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 10 de octubre de 1997, p. 7).

3. El momento de esperanza que vive el país y el deseo de su pueblo de que se renueve la sociedad en su conjunto, son estímulos fuertes para una mayor cooperación y sentimientos de participación en el bien común, que están en la raíz de la tradición cristiana del pueblo de la Tierra de la Santa Cruz.

No cabe duda de que la proximidad de la celebración de los dos mil años del nacimiento de Cristo, que coincide con los quinientos años de la evangelización de Brasil, servirá para recoger las experiencias pasadas y abrirse a los desafíos futuros, teniendo en cuenta el papel que la Providencia llamará a desempeñar a su gran nación en el panorama internacional.

También sabemos que sólo podrá lograrse un orden temporal más justo si el progreso material va acompañado por una mejora de las personas, es decir, de los valores morales, a nivel nacional e internacional, como recordé en la encíclica Sollicitudo rei socialis; en efecto, la interdependencia que hoy caracteriza y condiciona la vida de las personas y de los pueblos debe ser un presupuesto moral que lleve a «la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común» (n. 38). La defensa de los más abandonados por la sociedad, la transparencia en las decisiones políticas según criterios de justicia, equidad y solidaridad, una integración constante de las razas y las culturas son, entre otros aspectos, postulados indispensables de toda sociedad, sobre todo de la brasileña que, desde hace mucho tiempo, participa en el escenario de las decisiones internacionales como promotora de paz y concordia entre las naciones.

Señor embajador, expreso mis mejores deseos de que al consolidar estas exigencias, Brasil siga apoyándose en los principios cristianos de su pueblo, para un renovado empeño en favor del bien común, contrapuesto al individualismo reinante en muchas regiones del globo, que está sofocando las más nobles aspiraciones de bien. En este sentido, deseo reiterar aquí que la Iglesia seguir á siempre el rumbo trazado por el Redentor de los hombres, basándose en los principios evangélicos de caridad y justicia, para que, en el ámbito de su misión propia y con el respeto debido al pluralismo, sea promotora de todas las iniciativas que sirvan a la causa del hombre como ciudadano e hijo de Dios. El ejemplo de fray Galvão, beatificado recientemente, por todos conocido como «el hombre de la caridad y la paz», y que renació en Cristo el mismo año en que su país conquistó la independencia, indica a todos los hombres de buena voluntad el camino de una nación cada vez más justa y fraterna.

La Santa Sede, por su parte, seguirá favoreciendo también el mejor entendimiento entre los pueblos, de modo especial entre los países latinoamericanos, unidos por fuertes vínculos históricos, culturales y religiosos, potenciando los valores morales y espirituales que refuerzan la solidaridad efectiva y eliminan las barreras que tanto dificultan la comprensión y el diálogo en la comunidad internacional.

4. Señor embajador, al término de nuestro encuentro, le ruego gentilmente que transmita mis sinceros deseos de felicidad al señor presidente de la República, en este momento en que se prepara para dirigir, durante un segundo mandato, los altos destinos de Brasil; asimismo, deseo manifestarle mi gratitud por las palabras de aprecio que el señor Fernando Henrique Cardoso, en unión con todos los brasileños, quiso enviarme con ocasión de la beatificación de fray Antônio de Santa Ana Galvão. A su excelencia le expreso la estima y el apoyo de toda la Sede apostólica para la nueva e importante misión que hoy está a punto de empezar; suplico a Dios que la corone con abundantes frutos y alegrías.

Al pedirle que se haga intérprete de mis sentimientos y esperanzas ante cuantos en su Gobierno guían el destino del pueblo brasileño, aprovecho esta circunstancia para implorar, por intercesión de Nuestra Señora de Aparecida, las abundantes bendiciones de Dios todopoderoso sobre su persona, su mandato y sus familiares, así como sobre todos los amados hijos de la noble nación brasileña.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.49 p.8 (p.680).

 

Copyright © Libreria Editrice Vaticana

 

top