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DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
A LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE NUEVA ZELANDA
EN VISITA «AD LIMINA APOSTOLORUM»

Sábado 21 de noviembre  de 1998

 

Eminencia;
queridos hermanos en el episcopado:

1. En la paz del Señor resucitado, os saludo a vosotros, obispos de Nueva Zelanda, con ocasión de vuestra visita ad limina Apostolorum. Esta visita tiene un significado y una intensidad especiales, pues coincide con vuestra participación en la Asamblea especial para Oceanía del Sínodo de los obispos, centrada en Cristo, luz de las naciones y esperanza de todos los pueblos y de todas las épocas. Vosotros y vuestros hermanos en el episcopado de Australia, del Pacífico, de Papúa Nueva Guinea y de las islas Salomón os habéis reunido para reflexionar en lo que significa, en el umbral del tercer milenio, «seguir su camino, proclamar su verdad y vivir su vida ». Deseo ardientemente que viváis estos días con gran alegría y ánimo, sabiendo que, por la gracia de Jesucristo, «sois linaje elegido, sacerdocio real, nación consagrada, pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de las tinieblas y a entrar en su luz maravillosa» (1 P 2, 9).

Un momento muy significativo de vuestra visita ad limina es vuestra oración ante las tumbas de los apóstoles Pedro y Pablo, cuya «memoria» en esta ciudad recuerda continuamente a toda la Iglesia lo que significa ser plenamente fieles al Señor. De modo especial, recuerda a los Sucesores de los Apóstoles cuánto puede pedirles el Señor. Aquí, como obispos, reflexionáis una vez más en vuestro ministerio y en el compromiso, el sacrificio y, a menudo, el gran sufrimiento que implica por amor al Evangelio. De hecho, somos maestros de una gran paradoja: en palabras de san Pablo, «predicamos a Cristo crucificado» (1 Co 1, 23), hasta el punto de que «quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 16, 25). La cruz de Jesucristo es el origen de la gracia que nos sostiene; es la fuente de nuestra comunión. Sólo «haciéndose semejantes al Señor en su muerte» (Flp 3, 10), Pedro y Pablo superaron sus diferencias (cf. Ga 2, 11-21) y confirmaron la unidad que los impulsó finalmente a proclamar unánimes el amor que es más grande que todo lo que separa. Como hermano mayor, os invito a ser intrépidos y, a ejemplo de los Apóstoles que os han precedido, a seguir haciendo con fe y amor renovados lo que Cristo os pide en favor de quienes ha redimido con la sangre de su cruz.

2. Sin reflexión y oración sobre el sacrificio de Cristo en el Calvario nunca comprenderemos de verdad la relación entre la Iglesia y el mundo. Éste fue un tema clave del concilio Vaticano II, muy presente en nuestra mente y en nuestro corazón en estos días del Sínodo, durante los cuales revivimos algo de la gran gracia de comunión y fraternidad que experimentaron los padres conciliares. Después de la devastación de las dos guerras mundiales y en un mundo trastornado por las tragedias de Auschwitz e Hiroshima, los padres del Concilio procuraron discernir las nuevas energías que el Espíritu Santo estaba dando para una nueva evangelización. No deberíamos olvidar que el Concilio tenía como finalidad una dedicación más intensa a la misión de la Iglesia, y esa finalidad ha cobrado grandísima importancia durante los últimos años. La tarea de la evangelización sugiere siempre la cuestión de la relación entre la Iglesia y el mundo; y esta cuestión es importante, más aún, crucial para vuestro ministerio en la Iglesia que está en Nueva Zelanda.

Debéis preocuparos por inspirar y orientar las nuevas energías de la evangelización en el ámbito de una sociedad muy secularizada. Esta creciente secularización de la sociedad es un fenómeno complejo, y presenta algunos aspectos positivos; pero puede llevar a una situación en la que incluso la comunidad cristiana se secularice, y se oscurezca la distinción entre la Iglesia y el mundo. El Concilio insistió en que es preciso tomar en serio el diálogo de la Iglesia con la cultura. Pero esto no significa que haya que absolutizar la cultura hasta el punto de ponerla siempre como prioridad de la Iglesia. Cuando esto sucede, nos encontramos con lo que el siervo de Dios Papa Pablo VI, en su primera carta encíclica, definió como «conformidad con el espíritu del mundo», que .insistía. no puede «hacerla idónea para recibir el influjo de los dones del Espíritu Santo»; «no puede dar vigor a la Iglesia»; no puede «conferirle el ansia de la caridad hacia los hermanos y la capacidad de comunicar su mensaje de salvación» (Ecclesiam suam, 47). Ninguna cultura humana puede acoger plenamente la cruz de Jesucristo, la cual nos recuerda siempre que la distinción entre la Iglesia y el mundo es la premisa paradójicamente esencial del diálogo con la cultura, al que invitó el Concilio.

3. Las raíces de esta paradoja están en la Biblia, que elabora una teología profunda y sólida de la santidad, divina y humana. El Antiguo Testamento explica que Israel ha de ser santo como Dios mismo es santo (cf. Lv 19, 2). Eso significa que Israel tiene que ser distinto, precisamente como Dios es infinitamente distinto del mundo; se trata de un aspecto que la Biblia subraya constantemente, elaborando su doctrina sobre la trascendencia divina. Sin embargo, Israel no es diverso por sí mismo; su diversidad no es tampoco introversión o actitud defensiva. Así como Dios puede hacer que todas las cosas sean «buenas» (cf. Gn 1, 31) precisamente porque está sobre todas ellas, así también Israel ha de ser distinto con vistas al servicio. Del mismo modo que la trascendencia infinita de Dios hace posible la comunicación del amor perfecto, que culmina en el misterio pascual de Cristo, así, según la Biblia, la santidad del pueblo de Dios implica la libertad crítica en relación con la cultura y las culturas del entorno, que posibilita el servicio concreto y auténtico a la familia humana.

Lo que es verdadero para Israel en el Antiguo Testamento, no lo es menos para la Iglesia en el Nuevo e incluso en nuestro tiempo. La Iglesia de muchas maneras parece y es diferente; pero esta diferencia existe sólo con vistas al diálogo y al servicio; es decir, para la evangelización. El Concilio ha sido invocado a veces para justificar acciones que, en realidad, iban contra su finalidad, dado que estorban o impiden la nueva evangelización, que buscaba el Concilio. El problema de la «conformidad con el espíritu del mundo» es que destruye el carácter único y la naturaleza trascendente de la Iglesia a causa de una interpretación errónea según la cual el diálogo y el servicio requieren precisamente esa conformidad, cuando en realidad exigen lo contrario. Esta afirmación general tiene algunas consecuencias específicas para la vida de la Iglesia en Nueva Zelanda.

4. Una de las más importantes afecta al campo de la educación católica. No cabe duda de que las escuelas católicas de vuestro país no sólo han servido magníficamente a los mismos católicos, sino también a la sociedad entera. Siguen siendo uno de los grandes logros en la historia de la evangelización de vuestra nación, y debemos dar gracias a todos aquellos .especialmente los religiosos y las religiosas. que han trabajado de forma tan brillante para transformar vuestras escuelas católicas en el primer recurso del país, pues lo son efectivamente. También es verdad que las escuelas católicas existen para realizar un ideal educativo específico, plenamente de acuerdo con la enseñanza católica, para fomentar una profundización de la fe y un compromiso por parte de todas las personas implicadas. Si no fueran diferentes de las demás escuelas, difícilmente podrían justificar los recursos dedicados a ellas, ya que no cumplirían su función propia en la vida de la Iglesia.

La educación específicamente religiosa que imparten las escuelas católicas ha de ser integral, sistemática y profunda; debe proporcionar un sólido conocimiento de la fe católica y de la doctrina moral y social católica. En este aspecto el Catecismo de la Iglesia católica sigue siendo el punto de referencia, no sólo para los obispos, como primeros maestros de la fe, sino también para los sacerdotes y los profesores que trabajan con ellos. Estimulando a sus alumnos a experimentar el amor de Dios, las escuelas católicas deben enseñar los primeros pasos del itinerario de oración que dura toda la vida, la aventura contemplativa que lleva a la amistad con Cristo, sostiene el amor a la Iglesia e infunde la esperanza de la unión eterna con Dios.

Con todo, el rasgo distintivo de una escuela católica va más allá de la catequesis y de la instrucción religiosa, pues abarca todos los aspectos de la educación, transmitiendo el verdadero humanismo cristiano, que nace del conocimiento y del amor a Cristo. Este tipo de educación mueve a los jóvenes a apreciar la maravilla de la dignidad humana y el valor supremo de la vida humana. Les ayuda a comprender la verdad en la que reflexioné en mi reciente carta encíclica Fides et ratio: la fe necesita la razón, si no quiere caer en la superstición; y la razón necesita la fe para salvarse de una decepción continua. Eso es así porque la persona humana ha sido creada para la verdad, que es absoluta y universal: en definitiva, la verdad de Dios, una verdad que puede conocerse con certeza. En efecto, sólo conociendo la verdad el corazón humano encontrar á sosiego, sobre todo en estos tiempos profundamente agitados, en que los jóvenes tienden a menudo a confundir la diversión con la alegría y la información con la sabiduría. Así pues, la identidad claramente católica de vuestras escuelas debería notarse no sólo por sus signos externos, que son importantes, sino sobre todo por su éxito al enseñar la justicia, la solidaridad y la verdadera santidad de vida, basadas en un amor profundo y duradero a Cristo y a su Iglesia.

5. También puede observarse una indispensable diferencia constructiva en el modo como las vocaciones sacerdotales y laicales están relacionadas en la vida y la misión de la Iglesia; y esto tiene importantes consecuencias para la formación de los seminaristas. Una tendencia a oscurecer las bases teológicas de esta diferencia puede llevar a una clericalización incorrecta del laicado y a una laicización del clero.

Naturalmente, es posible que el clero sea separado de manera errónea y destructiva, desembocando en un clericalismo que con razón se ha de rechazar. Sin embargo, ahora resulta evidente que cuando se ignora la diferencia esencial entre las vocaciones sacerdotales y laicales, las vocaciones al sacerdocio prácticamente desaparecen, y seguramente no es esa la voluntad de Cristo ni la obra del Espíritu Santo, como no era la intención del Concilio cuando fomentó un mayor compromiso laical en la vida de la Iglesia. En primer lugar, el Concilio invitó a un compromiso laical en el mundo de la familia, del comercio, de la política, de la vida intelectual y cultural, que son el campo propio de la misión específicamente laical. Por tanto, el Concilio puso de relieve el carácter secular esencial de la vocación laical (cf. Lumen gentium, 31; Evangelii nuntiandi,  70; Christifideles laici, 17). Esto no significa que los laicos no tengan un lugar especial o una obra que realizar en la vida de la Iglesia ad intra: claramente les corresponden muchas tareas pastorales, litúrgicas y educativas. Sin embargo, la vocación laical debería centrarse principalmente en su compromiso en el mundo, mientras que el sacerdote ha sido ordenado para ser pastor, maestro y guía de oración y vida sacramental en el ámbito de la Iglesia. Su gracia y su responsabilidad consisten, sobre todo, en actuar en los sacramentos in persona Christi. Por medio de vosotros, envío afectuosos saludos fraternos a vuestros sacerdotes, y los invito a «reavivar el carisma de Dios que está en ellos por la imposición de las manos» (cf. 2 Tm 1, 6), a fin de que el paso a un nuevo milenio sea realmente un tiempo de gracia, una nueva primavera del espíritu, para sí mismos y para el pueblo al que sirven.

6. La diferencia estructural y constructiva es también parte de la relación entre la Iglesia católica y las demás Iglesias y comunidades cristianas. Un falso irenismo puede poner en peligro la tarea ecuménica tal como la concibió el concilio Vaticano II, cuando reconoció el impulso dado por el Espíritu Santo a la búsqueda de la unidad. Por supuesto, es importante insistir en lo que tenemos en común, pero el verdadero diálogo ecuménico, cuya necesidad he subrayado a menudo, exige que lo entablemos conscientes de las diferencias que existen, y preparados para afirmarlas y discutirlas del modo más claro y caritativo posible. Además, un enfoque superficial puede llevar únicamente a lo contrario de lo que quería el Concilio; no puede llevar a la unidad auténtica y duradera por la que Cristo oró (cf. Jn 17, 11). El mayor servicio que los católicos prestan al diálogo ecuménico consiste en permanecer fieles a su propia identidad distintiva. Hay una paradoja en esto, y a veces puede exigir opciones difíciles, como bien sabéis por vuestra reciente experiencia; pero no existe otro camino que lleve a la unidad, que tiene sus raíces en la vida de la Trinidad.

7. Por último, todas nuestras reflexiones sobre la santidad, sobre la necesidad de separación con vistas al servicio y sobre la distinción para el diálogo, nos impulsan a ser cada vez más conscientes de la urgencia de un renovado sentido de oración y contemplación. La nueva evangelización tiene sus raíces en una profundización de la vida espiritual, en cuyo centro están la contemplación y la adoración de la santísima Trinidad, el gran misterio de Dios, en el que la distinción de las personas es una unión perfecta: O Trinitas unitatis! O Unitas trinitatis! En la medida en que el pueblo de Dios tenga un sentido claro del misterio de Dios y de su presencia salvífica en los asuntos humanos, sentirá la urgencia del mandato de Cristo de predicar el Evangelio hasta los confines de la tierra (cf. Mt 28, 19). Os animo a esforzaros sin cesar en vuestras diócesis y parroquias para abrir nuevas puertas a la experiencia de la oración y la contemplación cristianas: todos los bautizados están llamados a ser santos como Dios mismo es santo. Las comunidades contemplativas que ya existen en Nueva Zelanda pueden servir de ejemplo e inspiración.

Queridos hermanos en el episcopado, ante las numerosas responsabilidades de vuestro ministerio, debéis confiar siempre en el Espíritu Santo, que viene en ayuda de nuestra flaqueza (cf. Rm 8, 26). Que el Espíritu de Dios se mueva hacia Aotearoa, la tierra de la larga nube blanca, infundiendo las energías que necesitar á la Iglesia en Nueva Zelanda para celebrar de verdad y con gozo el gran jubileo del año 2000 y cumplir su misión única de servicio al pueblo de vuestro país. Encomendando a toda la familia de Dios en Nueva Zelanda a la amorosa protección de María, asunta al cielo, os imparto con gusto mi bendición apostólica a vosotros y a los sacerdotes, a los religiosos y a los fieles laicos.

 

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