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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A UNA CONFERENCIA
INTERNACIONAL ORGANIZADA POR LA UNIÓN INTERPARLAMENTARIA*
Lunes 30 de noviembre de 1998
Señor presidente del
Consejo de la Unión interparlamentaria; señores:
Con alegría y gratitud os acojo
aquí, con ocasión de la Conferencia que celebráis en Roma, pues aprecio el
espíritu que anima vuestro encuentro y las informaciones que me habéis dado
sobre vuestros trabajos.
En 1996, con motivo de la cumbre de jefes de Estado y
de Gobierno sobre la alimentación, organizada por la FAO, los miembros de la
Unión interparlamentaria asumieron el compromiso solemne de promover los
objetivos de la cumbre y, en particular, lograr que antes del año 2015 se
reduzca a la mitad el número de personas que padecen desnutrición. También
pusieron de relieve la necesidad de crear un marco jurídico de referencia capaz
de orientar un desarrollo de la agricultura mundial que respete el medio
ambiente. Os habéis reunido ahora, en el umbral del tercer milenio, para
continuar vuestro análisis de las cuestiones relacionadas con la seguridad
alimentaria y para estudiar las dificultades y los desafíos que se presentan en
este ámbito.
El orden del día de vuestros trabajos se articula en tres temas
concretos, que son fundamentales si se quiere aplicar verdaderamente las medidas
adoptadas en la cumbre de 1996: ¿Cómo llegar a niveles estables de seguridad alimentaria que puedan acompañar el aumento de la demanda? y ¿cómo hacer para
que los diversos factores económicos, como la producción, la distribución, el
comercio internacional, la investigación científica y las inversiones
económicas se organicen en función del objetivo: la seguridad alimentaria para
todos? ¿Cómo mantener una base adecuada de recursos comunes (biodiversidad,
tierras, pesca, aguas, bosques)? y ¿cómo promover el desarrollo armonioso del
capital humano, tecnológico y financiero? ¿Cuáles podrían ser las iniciativas
parlamentarias necesarias para dar soluciones, por una parte, a los problemas
inmediatos de la seguridad alimentaria, y, por otra, a las causas más profundas
de la pobreza?
Se trata de un programa realista, puesto que reconoce la
interacción de numerosos elementos políticos, sociales y económicos en el
desarrollo y en la eventual solución del problema de la seguridad alimentaria;
pero también es un programa ambicioso y generoso, ya que reconoce la capacidad
del hombre de dar solución a muchos problemas y recurre firmemente tanto a
vuestra acción como a la de vuestros colegas para alcanzar esos objetivos tan
nobles.
No puedo menos de alegrarme por esas iniciativas, y albergo la firme
esperanza de que den abundantes frutos, mediante propuestas y acciones
concretas. A la jerarquía de la Iglesia católica no le corresponde dar
soluciones técnicas específicas; pero tiene la tarea de sostener incesantemente
a los hombres y mujeres de buena voluntad que buscan esas soluciones poniendo en
juego libremente todos sus recursos humanos y asumiendo la parte de
responsabilidad que les exige su papel en la sociedad. De igual modo, la Iglesia
se esfuerza por promover el diálogo y la cooperación, para que todos los
protagonistas de la vida social, estimulándose mutuamente y considerando con
serenidad los diversos puntos de vista, encuentren los caminos que conducen a
soluciones rápidas y eficaces.
Una visión adecuada de la economía
internacional debe permitir satisfacer siempre y sin excepciones el derecho a la
alimentación de todos y cada uno de los habitantes de la tierra, según los
términos definidos por los diferentes instrumentos internacionales. Las diversas
circunstancias que acompañan a las catástrofes naturales, a los conflictos
internacionales o a los conflictos civiles, nunca deben convertirse en pretextos
para no respetar esta obligación, que no sólo compromete a las organizaciones
internacionales y a los Gobiernos de los países que viven una situación de
urgencia alimentaria, sino también, y de una manera muy particular, a los
Estados que, por la misericordia de Dios, poseen abundantes riquezas y medios
materiales.
La seguridad alimentaria permanente y universal depende de un gran
número de decisiones políticas y económicas que, en la mayor parte de los casos,
no competen en absoluto a los que sufren el hambre; al contrario, a menudo están
subordinadas a otras decisiones políticas tomadas por ciertos Estados en función
de factores de poder, tanto nacionales como sectoriales. En cambio, una
solidaridad internacional bien entendida debe lograr que todas las decisiones
nacionales e internacionales tengan en cuenta los intereses del país y las
necesidades externas, evitando entorpecer el desarrollo de los demás y dando
siempre una contribución al progreso mundial, en especial al de los países menos
desarrollados.
¡Cómo no mencionar, en este contexto, el problema de la deuda
externa de los países más pobres y la dificultad que encuentran muchos otros
países en vías de desarrollo para acceder al crédito en condiciones que
mantengan y favorezcan un desarrollo humano y social equilibrado! Vuestro
programa de trabajo menciona las cuestiones financieras y el problema de la
deuda como condiciones de la seguridad alimentaria. Que Dios ilumine a los
políticos de los países más desarrollados, a fin de que encuentren los medios
para subvencionar generosamente los costos de los programas internacionales de
reducción o de cancelación total de una carga tan pesada, que oprime a las
poblaciones más pobres de muchas regiones del mundo.
Cuando se publicó la
Declaración de la cumbre de Roma de 1996 y el Plan de acción que la acompañaba,
la comunidad internacional asumió de modo unánime una serie de compromisos en
todos los campos de la economía nacional e internacional que podían permitir
alcanzar sus objetivos. Durante los dos años siguientes a la Declaración de la
cumbre mundial sobre la alimentación se asumieron otros muchos compromisos y se
elaboraron algunos proyectos internacionales, para eliminar la pobreza extrema y
afrontar de manera adecuada las cargas financieras que gravan sobre los más
pobres. Es evidente que las declaraciones políticas internacionales, al igual
que los instrumentos jurídicos multilaterales, son inútiles si no se apoyan en
una legislación nacional eficaz y en la voluntad política de aplicarlos.
Por
eso, vuestro diálogo y vuestro intercambio de experiencias entre representantes
de los poderes legislativos de numerosas naciones y regiones del mundo son un
consolador signo de esperanza. El conocimiento y la comprensión de las
realidades de los demás países o regiones del mundo no pueden menos de dar una
contribución a la globalización de la solidaridad. Al mismo tiempo, con la ayuda
de Dios todopoderoso, vuestro encuentro también podrá ser un medio suplementario
para favorecer un cambio en las motivaciones más profundas de las decisiones
políticas, de modo que, en lugar de dejarse guiar por un estilo de vida
hedonista y un afán egoísta y desmedido de consumo, el corazón de los hombres y
mujeres se oriente siempre según una clara percepción de sus responsabilidades
sociales, también con respecto a sus hermanos y hermanas más pobres que viven en
las regiones más distantes y olvidadas del planeta.
Rogando al Espíritu Santo que os
guíe en las tareas que realizáis al servicio de los hombres, os imparto de todo
corazón la bendición apostólica a vosotros y a todos vuestros seres queridos.
*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.50 p.8.
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