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VIAJE PASTORAL A CROACIA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
DURANTE LA CEREMONIA DE BIENVENIDA


Aeropuerto internacional de Zagreb
Viernes 2 de octubre de 1998

 

Señor presidente de la República;
honorables representantes del Gobierno;
venerados hermanos en el episcopado;
amadísimos hermanos y hermanas:

1. La Providencia divina me permite pisar hoy de nuevo la tierra croata: estoy a punto de comenzar mi segunda visita pastoral a este amado país. Este viaje apostólico constituye, en cierto modo, la continuación del que tuve oportunidad de realizar, en septiembre de 1994, cuando mi visita se limitó a la capital.

Me alegra haber podido aceptar las invitaciones que me llegaron de varias partes: de los obispos del país, del señor presidente de la República, de los representantes del Gobierno y del Parlamento croata, así como de algunos ciudadanos. Agradezco al señor presidente de la República las palabras de gran cordialidad y bienvenida que me acaba de dirigir. Saludo a los representantes del Gobierno y a las demás personalidades que han querido honrar con su presencia este encuentro.

Con gran cordialidad os saludo, asimismo, a todos vosotros, que os habéis reunido aquí para darme la bienvenida: a través de vosotros mi saludo se extiende a todos los habitantes de este noble país, rico en fe y cultura.

2. Vengo a vosotros como peregrino del Evangelio, siguiendo las huellas de los primeros confesores de la fe. Vengo a recoger los frutos del valiente testimonio que han dado tanto pastores como fieles desde los primeros siglos del cristianismo. Son frutos que se han manifestado en toda su riqueza, sobre todo en los períodos difíciles: el de las persecuciones romanas, en los comienzos; luego, el de la invasión y la sucesiva ocupación turca; y, por último, el terrible período de la represión comunista. ¡Cómo no quedar admirados ante héroes de la fe como el obispo san Domnio, los mártires de Salona, de Delminium, de Istria, de Sirmium, de Siscia, hasta llegar al siervo de Dios Alojzije Stepinac, que junto con otros testigos ha llenado de intensa luz este siglo, con el que se concluye el segundo milenio cristiano!

Al dar gracias al Señor por la bimilenaria presencia de la Iglesia en esta región y por la rica historia de los católicos croatas, vengo hoy a confirmar a mis hermanos en la fe. Vengo a animar su esperanza y a fortalecer su caridad. Esta segunda visita pastoral mía a Croacia tiene dos momentos centrales: la beatificación del siervo de Dios Alojzije Stepinac como mártir de la fe y la celebración del XVII centenario de la fundación de la ciudad de Split. Con esos dos acontecimientos están vinculadas mis dos peregrinaciones: a Marija Bistrica, santuario mariano nacional croata, y al protosantuario mariano croata, en la isla de Solin, dos lugares muy significativos para la historia religiosa de vuestra región.

Así pues, este viaje se realiza en la perspectiva de la devoción que siente el pueblo croata hacia la Madre de Dios. Por eso, deseo ya desde ahora encomendarle a ella, venerada como la Advocata Croatiae, fidelissima Mater, mi visita a vuestra tierra. A ella elevo mi súplica, para que siga velando sobre el camino de vuestro pueblo. Que ella lo proteja y lo sostenga en su testimonio de Cristo y del Evangelio, y le señale, a lo largo de los caminos del tiempo, la senda de la salvación eterna.

3. Es de suma importancia que el pueblo croata permanezca fiel a sus raíces cristianas, manteniéndose, al mismo tiempo, abierto a las instancias del momento actual que, aunque plantea arduos problemas, deja vislumbrar también alentadores motivos de esperanza. Después de la violenta y cruel guerra, en la que se vio implicada, la tierra croata conoce finalmente un período de paz y libertad. Ahora todas las energías de la población están orientadas a la curación progresiva de las profundas heridas del conflicto, a una auténtica reconciliación entre todos los componentes étnicos, religiosos y políticos de la población, y a una democratización cada vez mayor de la sociedad.

Me alegro de ello y exhorto a perseverar en este esfuerzo con generosa determinación. Son numerosos los obstáculos creados por las consecuencias de la guerra y por la mentalidad que se formó durante el régimen comunista. Es indispensable no rendirse. Con la colaboración solidaria de todos será posible encontrar soluciones adecuadas y, en tiempos razonablemente breves, incluso a las cuestiones más complejas.

Deseo de corazón que en esta región de Europa no se vuelvan a repetir nunca las situaciones inhumanas que han tenido lugar en varias ocasiones durante este siglo. Ojalá que la experiencia dolorosa y trágica de las décadas pasadas se transforme en lección capaz de iluminar las mentes y fortalecer las voluntades, de modo que el futuro de este país, así como el de Europa y el del mundo entero, se beneficie de una creciente comprensión y colaboración incluso entre pueblos de diversa lengua, cultura y religión.

Con palabras de amor y esperanza comienzo, por tanto, esta visita a la querida Croacia: ojalá que contribuya a la reconstrucción, sobre valores duraderos, de un país que forma parte integrante de Europa. Espero que de las antiguas raíces cristianas de esta tierra brote una gran corriente de savia vital, que asegure, ya en el umbral de un nuevo milenio, el florecimiento de un auténtico humanismo para las generaciones futuras. En particular, deseo que los cristianos sepan dar un impulso decisivo a la nueva evangelización, ofreciendo con generosidad testimonio de Cristo Señor, Redentor del hombre.

Invocando la asistencia divina sobre toda la nación croata, os bendigo a todos de corazón.

 

Copyright © Libreria Editrice Vaticana

 

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