DISCURSO DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II
AL XX CONGRESO MUNDIAL DE UNIAPAC
Y A LA SOCIEDAD DE
SAN VICENTE DE PAÚL
Sábado 10 de octubre de 1998
Señores cardenales;
señor presidente;
señoras y
señores:
1. Os acojo con alegría, con ocasión del vigésimo congreso
mundial de la Unión cristiana internacional de dirigentes de empresa (UNIAPAC).
Vuestra presencia es el signo de vuestro compromiso cristiano y de vuestro deseo
de trabajar para que la economía mundial est é verdaderamente al servicio de la
persona humana. El desafío que tenéis que afrontar consiste en garantizar la
eficacia y la calidad de la producción en un mundo caracterizado por el espíritu
de competencia, sin perder jamás de vista la dimensión humana de la economía.
La economía mundial va rápidamente hacia una interdependencia
más amplia de los mercados. Las consecuencias tienen gran alcance y son muy
complejas. Como hombres y mujeres cristianos de negocios, vuestra comprensión de
la globalización no debe limitarse simplemente a las realidades económicas.
Vuestro congreso es una ocasión particular para afirmar que la globalización en
el ámbito de la economía no debe descuidar la dignidad inalienable de todo ser
humano y el hecho de que los bienes de la creación tienen un destino universal.
Las personas y el trabajo humano jamás deben llegar a ser únicamente dos
elementos entre otros en los procesos de producción. Un documento reciente de la
Oficina internacional del trabajo, la Declaración sobre los principios
fundamentales y el derecho al trabajo, establece los criterios básicos para
que se respeten en todas partes los derechos de los trabajadores. Los dirigentes
cristianos de empresa están llamados a mostrar el camino, para que se utilicen
esos criterios sin temor y de manera idéntica en todos los países.
2. También tenéis la tarea de promover la solidaridad en todos
los procesos económicos. La globalización debe llevar a una mayor comunión de
las personas, no a excluirlas o marginarlas; a una mayor participación y no a un
empobrecimiento de un sector importante de la población en beneficio de unos
pocos. Nadie debe ser excluido de los circuitos económicos; al contrario, todos
deben poder beneficiarse del progreso tecnológico y social, así como de los
frutos de la creación.
Mediante vuestras reflexiones y las decisiones que podéis tomar
en vuestras empresas, de acuerdo con todo el personal, abriréis caminos nuevos,
mostrando que la atención al hombre puede ir unida al desarrollo económico. Con
este espíritu, es importante que las pequeñas y medianas empresas, que
representan frecuentemente el futuro de las comunidades humanas de los países en
vías de desarrollo o de las zonas menos favorecidas, puedan tomar conciencia de
la importancia de su presencia para las poblaciones locales. Ciertos proyectos
son incluso la única esperanza para los jóvenes de esas regiones. Me alegro de
que muchos de vosotros, atentos a esas cuestiones, ya estén comprometidos en
este campo. Os invito a continuar trabajando en este sentido, para que, en la
vida económica, cada uno reconozca su responsabilidad y la ejerza solícitamente,
con vistas al servicio de sus hermanos.
Os imparto de corazón la bendición apostólica a todos vosotros y
a los miembros de vuestras familias.
3. Doy una cordial bienvenida a los miembros de lengua inglesa
de la Unión cristiana internacional de dirigentes de empresa. Testimoniad
con decisión los valores del Evangelio en vuestra vida profesional. Seguid
promoviendo el bien de la persona humana, asegurando que se respeten los
principios de la justicia y la solidaridad en las empresas y en las relaciones
comerciales.
Dirijo un cordial saludo a los participantes de lengua española
en este congreso internacional, a la vez que les expreso mi confianza en que la
riqueza histórica y cultural de sus países de origen favorezca su actividad
creativa, para que el progreso económico acompañe al progreso integral de las
personas y los pueblos, poniéndose al servicio del valor más importante e
insustituible, que es la dignidad del ser humano.
4. Y ahora mi palabra se dirige a vosotros, amadísimos hermanos
y hermanas que participáis en el congreso nacional italiano de la Sociedad de
San Vicente de Paúl. Saludo al presidente general, a los presidentes de los
Consejos regionales y centrales, y a todos vosotros que, con vuestra presencia,
traéis a mi memoria el bien discreto y eficaz que realizan diariamente los
vicentinos y las vicentinas en muchas regiones de Italia.
Conservo aún vivo el recuerdo de la solemne celebración del 22
de agosto del año pasado en París, cuando, con ocasión de la XII Jornada
mundial de la juventud, tuve la alegría de proclamar beato al venerable
Federico Ozanam, deseando de ese modo proponer a los creyentes, y en particular
a los jóvenes, esta espléndida figura de laico cristiano, padre de familia y
profesor universitario.
Frente al escándalo de las formas antiguas y nuevas de pobreza
presentes también en las actuales sociedades opulentas, ¿cómo seguir viviendo la
enseñanza del beato Federico Ozanam? ¿Có- mo responder a las necesidades de
cuantos se ven obligados a dejar su propia tierra de origen, de los refugiados y
los clandestinos, de las familias sin derechos y que carecen de lo necesario
para vivir; de tantos desempleados, de los ancianos solos y abandonados, de los
enfermos y las personas explotadas y convertidas en esclavas de la avidez y el
egoísmo?
5. Sobre estos interrogantes habéis reflexionado durante los
trabajos de estos días, buscando nuevas posibilidades para dilatar los confines
de la caridad, anunciando el Evangelio con el lenguaje más accesible a todos: el
lenguaje del amor a los últimos.
Al desearos que seáis en la sociedad italiana dignos discípulos
y continuadores de la obra de Federico Ozanam, os exhorto a hacer de la oración
y del ejercicio concreto de la fraternidad el alma del servicio a los pobres.
Que vuestras reuniones no sean solamente ocasiones para conocer y aliviar las
necesidades de vuestro prójimo, sino que se transformen en momentos de
crecimiento espiritual, mediante la escucha de la palabra de Dios, la oración
ferviente y el diálogo fraterno. Que vuestra asociación sienta plenamente el
aliento de la Iglesia y, en plena sintonía con sus pastores, dé a los
necesitados un amor cuya constante medida sea la caridad de Aquel que, siendo
rico, se hizo pobre por amor (cf. 2 Co 8, 9).
Con estos deseos, a la vez que os animo en vuestros buenos
propósitos, os encomiendo a la protección maternal de la santísima Virgen e,
invocando sobre todos los afiliados y afiliadas la protección de san Vicente de
Paúl y del beato Federico Ozanam, os imparto de coraz ón una especial bendición
apostólica.