DISCURSO DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II
A UNA PEREGRINACIÓN DE BIELORRUSIA
Sábado 17 de octubre de 1998
1. Con gran alegría y emoción os saludo, queridos peregrinos de
Bielorrusia. De modo particular, saludo al señor cardenal Kazimierz Świątek,
metropolitano de Minsk-Mohilev y administrador de Pinsk, y le agradezco las
palabras que me ha dirigido. La persona del cardenal me es muy querida y, por
eso, me alegra poder darle la bienvenida en este encuentro. Saludo al obispo de
Grodno y a su nuevo obispo auxiliar, así como a los representantes del clero, de
las congregaciones religiosas y de los fieles de la Iglesia en Bielorrusia. Os
agradezco vuestra presencia y las oraciones que ofrecéis por mi ministerio
universal. Que Dios os lo pague. Y dado que los cardenales Szoka y Maida, de
Estados Unidos, nos han querido honrar con su presencia en este encuentro, deseo
darles las gracias en particular porque se han sentido implicados de alguna
manera en esta primera peregrinación bielorrusa al Vaticano. La motivación del
cardenal Szoka está vinculada a la historia de su familia.
2. La mayor parte de vosotros viene por primera vez a la ciudad
eterna. Ciertamente, ésta es una peregrinación histórica. En efecto, venís de un
país que ha reconquistado su independencia; en él la Iglesia puede realizar
ahora libremente su misión. Esto sucedió gracias a los históricos
acontecimientos que tuvieron lugar en la Europa centrooriental entre los años
1989 y 1990. ¡Cuántos de vosotros llevan aún en su corazón los dolorosos
recuerdos y las heridas de las experiencias trágicas y de los abusos sufridos en
las crueles deportaciones forzadas a tierras lejanas y desconocidas o en las
deportaciones a los campos de concentración! ¡Cuántos de vuestros seres queridos
no han vuelto nunca a sus hogares! ¡Cuántos sufren aún hoy a causa de la
separación y de la muerte de personas a quienes amaban tanto! Deseo mencionar
también las persecuciones que la Iglesia católica sufrió en aquel tiempo.
¿Quién puede contar todos los sufrimientos de los fieles laicos, de los
sacerdotes, de los religiosos y las religiosas en Bielorrusia? Hablo hoy de esto
porque llevo profundamente en el corazón todo lo que os visteis obligados a
padecer durante los terribles años de la segunda guerra mundial y en el período
de la posguerra. También quisiera rendir homenaje a los que en esas terribles
condiciones conservaron su dignidad, dando a menudo un testimonio heroico de
amor a Dios y a la Iglesia. En particular, me dirijo al señor cardenal, cuya
vida, caracterizada por sufrimientos y humillaciones, refleja en cierto modo el
destino de familias enteras o de algunas personas, y de toda la sociedad.
3. Habéis venido a las tumbas de los apóstoles san Pedro
y san Pablo para dar gracias a Dios, que os ha sostenido con su fuerza en el
tiempo de la prueba y la opresión. Habéis agradecido a Dios el don de la fe y la
valentía con que habéis defendido la tradición cristiana. Habéis venido
también para buscar aquí el consuelo que puede sosteneros en el camino que aún
os espera. No basta poseer la libertad; es necesario conquistarla y formarla
continuamente. Puede usarse bien o mal, poniéndola al servicio de un bien
auténtico o de uno aparente. Hoy en el mundo se ha difundido un concepto erróneo
de libertad. No faltan quienes proclaman una falsa libertad. Es preciso que cada
uno sea plenamente consciente de esto. Hay que pedir a Dios que haga fructificar
el bien que se hizo en el pasado y que sigue haciéndose todavía hoy en vuestra
tierra, para que no falten en los corazones la fortaleza, la magnanimidad y la
esperanza.
4. Fijad vuestra mirada en
Cristo, «enraizados y edificados en él, apoyados en la fe» (Col 2, 7). Él
es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6) para cada hombre, y para
todas las sociedades y las naciones. Edificad sobre Cristo el futuro de vuestras
familias y de vuestro Estado. Sólo él puede conceder al mundo la luz y las
energías para responder a todos los desafíos que vuestra comunidad nacional debe
afrontar. Que en el camino hacia el tercer milenio os acompañe la santísima
Madre de Dios y os ayude a conservar vuestro grande y valioso patrimonio de fe.
Aprovecho esta ocasión para dirigir un cordial saludo a todos
los ciudadanos de Bielorrusia. Deseo para vuestro país todo bien y un gran
desarrollo espiritual y material. Que en vuestra tierra todos se sientan
felices. Construid juntos vuestro presente y vuestro futuro.
Recibo de vosotros muchas cartas que me invitan a visitar
Bielorrusia. El señor cardenal lo ha confirmado hoy en su discurso. Quizá la
divina Providencia me permita aceptar un día vuestra amable invitación.
Esperemos que así sea. Hay que rezar por esta intención con fervor.
Os bendigo de corazón a todos vosotros, aquí presentes, así
como a vuestras familias y a vuestros seres queridos.
Os bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
¡Alabado sea Jesucristo!