ALOCUCIÓN DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO
A LOS CABALLEROS DEL SANTO SEPULCRO
Sábado 17 de octubre de 1998
Señor cardenal;
ilustres señores;
amadísimos hermanos y hermanas:
1. Me
alegra daros un cordial saludo en esta circunstancia, en que están reunidos en
Roma el Gran Maestrazgo y los lugartenientes de la antigua e ilustre orden
ecuestre del Santo Sepulcro.
Agradezco al señor cardenal Carlo Furno, vuestro
gran maestre, las nobles palabras que me ha dirigido, haciéndose intérprete de
vuestros sentimientos, y le expreso mi gratitud por el obsequio que ha querido
hacerme en nombre de todos.
Queridos hermanos, vuestro compromiso de apostolado
y caridad es, ante todo, obra que nace de profundas motivaciones de fe: fe en
Cristo, Hijo de Dios encarnado, verdadero Dios y verdadero hombre, cuyo cuerpo
sin vida estuvo en el sepulcro, del que resucitó la mañana de Pascua. Los meses
que nos separan del gran jubileo son una ocasión propicia para reafirmar con
convicción esta fe en el Señor Jesús, haciendo partícipes, mediante un
testimonio convencido, a cuantos se acercan a vosotros para buscar una palabra
de esperanza y un gesto de caridad, que broten de vuestra plena adhesión al
Redentor del hombre.
2. El signo que distingue vuestra orden
es la cruz roja de Tierra santa. Representa las llagas del Señor y su sangre,
que ha redimido a toda la humanidad. Ojalá que esté grabada en vuestro corazón,
de modo que en toda circunstancia seáis testigos de Cristo y miembros vivos y
activos en vuestras comunidades eclesiales. Animados interiormente por la
devoción a la cruz de Cristo, sabréis difundir en vuestro entorno el amor a la
tierra que el Redentor recorrió durante su existencia terrena, moviendo el
corazón de los creyentes para que a la Iglesia que vive en los lugares
santificados por la presencia de Cristo no le falte la ayuda necesaria para
realizar el proyecto providencial de Dios.
Por tanto, vuestra misión es
importante y significativa. Fieles a vuestro peculiar carisma, estáis llamados a
imitar, de algún modo, el celo caritativo del apóstol Pablo, que buscaba ayuda
«en bien de los santos» de Jerusalén (cf. 2 Co 8, 4), exhortando a las
diversas Iglesias a recoger limosnas para los hermanos de Jerusalén, puesto que
«si los gentiles han participado en sus bienes espirituales, ellos a su vez
deben servirles con sus bienes temporales» (Rm 15, 27).
3. ¿Y qué decir de vuestro valioso servicio a la unidad de los
creyentes? Obedientes a las disposiciones del concilio Vaticano II, y según las
posibilidades de cada uno, es preciso que seáis promotores convencidos del
ecumenismo, creando oportunas iniciativas de cooperación con las demás
confesiones cristianas, y también cuidando el diálogo atento y provechoso con
los seguidores de las demás religiones, bajo la guía de los obispos, para
reforzar la paz en la tierra del Príncipe de la paz, en Jerusalén, que es
símbolo de la felicidad eterna.
Son diversos los modos de contribuir a la
realización plena de la vocación típica de la ciudad santa. El primero y más
eficaz es, ciertamente, la oración, porque sin la oración incesante en vano
trabajan los que quieren edificar la ciudad. Por eso, sed apóstoles ardientes de
la oración.
En segundo lugar, debéis esforzaros en promover iniciativas que
sostengan y favorezcan proyectos de paz y cooperación, que hagan de Tierra santa
un lugar de encuentro y diálogo donde reinen el respeto recíproco y la
colaboración leal.
Además, a los cristianos que viven allí y afrontan actualmente
muchas dificultades, prestadles vuestra ayuda fraterna, acompañada por la
notable generosidad que distingue vuestras intervenciones. El Señor os
recompensará y bendecirá todos vuestros esfuerzos.
4. Queridos hermanos, esos objetivos son tanto más importantes cuanto más se
acerca el Año jubilar. Ojalá que la ciudad santa, que al igual que Roma evoca la
peregrinación en la fe, sea meta de vuestro camino espiritual de penitencia y
conversión. Id con este espíritu a los santos lugares y sed promotores de
peregrinaciones a Jerusalén, indicando al mismo tiempo la práctica del vía
crucis a cuantos no puedan ir allá.
Así, la pertenencia a la orden del Santo
Sepulcro será un aliciente para la ascesis personal centrada en la meditación de
las profundas lecciones de la cruz y un estímulo para la acción pastoral en el
ámbito de la nueva evangelización. Que en este camino espiritual y apostólico
os sostenga la patrona celestial, María, Reina de Palestina, que durante su
existencia terrena se entregó totalmente a la realización del plan salvífico de
Dios. Con estos deseos, os imparto a cada uno de vosotros la bendición apostólica que, complacido, extiendo a los miembros de toda la orden y a sus
respectivas familias.