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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN LA ASAMBLEA PLENARIA
DE LA CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA


Lunes 26 de octubre de 1998

 

Señores cardenales;
venerados hermanos en el episcopado;
amadísimos hermanos y hermanas:

1. Me alegra daros la bienvenida con ocasión de la asamblea plenaria de la Congregación para la educación católica, que ha comenzado hoy y en la que participaréis durante los próximos días para perfeccionar algunas líneas generales, a fin de orientar mejor la labor educativa de la Iglesia. Este encuentro me permite expresaros mi gratitud a todos vosotros, que colaboráis conmigo en un sector tan importante para la vida de la Iglesia, como es el de la educación.

Agradezco al cardenal Pio Laghi las palabras que me ha dirigido y la felicitación que tuvo la bondad de expresarme con motivo del vigésimo aniversario de mi elección a la Cátedra de Pedro. Saludo al nuevo secretario, monseñor Giuseppe Pittau, y manifiesto mi sincero aprecio a los oficiales de la Congregación por su trabajo, que a veces puede ser árido y oculto, pero que es valioso para los seminarios, las facultades eclesiásticas, las universidades, las escuelas católicas y los centros vocacionales.

2. Todos estamos convencidos de la prioridad del compromiso educativo de la Iglesia en todos los niveles. Asimismo, somos conscientes de las dificultades de este compromiso, que debe confrontarse con el desarrollo tecnológico y los cambios culturales que se están produciendo actualmente. La aplicación de las nuevas tecnologías informáticas en los diversos ámbitos de la vida y de la convivencia civil ya ha originado y originará cambios más notables aún en los procesos de aprendizaje, de interrelación y de maduración de la personalidad. Hay efectos positivos, como la facilitación de la comunicación, el enriquecimiento del intercambio y de la información, y la superación de las fronteras; pero también hay consecuencias negativas, como la superficialidad, la falta de creatividad y la fragmentación.

Frente a esto, la Iglesia está llamada a ejercer su dimensión profética, proponiendo un modelo de hombre unificado y completo. Escribe san Pablo en la segunda carta a Timoteo: «Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para argüir, para corregir y para educar en la justicia; a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y preparado para toda obra buena» (2 Tm 3, 16-17). El desafío consiste en formar personas completas, que desarrollen armoniosamente todas sus facultades y dimensiones; personas capaces de elevarse con las dos alas de la fe y la razón hacia la contemplación de la verdad.

Proponer esta visión del hombre y poner en práctica las respectivas opciones pedagógicas no es fácil ni se da por descontado. Como también nos recuerda san Pablo: «Los hombres (...), arrastrados por sus propias pasiones, se rodearán de muchos maestros por el prurito de oír novedades; apartarán sus oídos de la verdad y se volverán a las fábulas» (2 Tm 4, 3-4). Pero nosotros, como Timoteo, estamos llamados a velar con esmero para que se anuncie íntegramente el Evangelio y pueda llevar a los hombres hacia la salvación.

3. Me complace considerar a la luz de estos textos paulinos todo el trabajo de vuestro dicasterio y el programa de estos días de asamblea plenaria. El gran compromiso de la Oficina de seminarios consiste en promover la formación integral de los candidatos al sacerdocio, atenta a la dimensión humana, espiritual, intelectual y pastoral.

A este propósito, un aspecto particularmente importante es la relación entre la formación humana y la formación espiritual. Debéis precisar los criterios para el uso de las ciencias humanas en la admisión y en la formación de los candidatos al sacerdocio. Creo que es útil recurrir a la aportación de estas ciencias para discernir y favorecer la madurez en el ámbito de las virtudes humanas, de la capacidad de relacionarse con los demás, del crecimiento afectivo-sexual, y de la educación para la libertad y la conciencia moral. Sin embargo, esto debe quedar circunscrito a la propia competencia específica, sin ahogar el don divino y el aliento espiritual de la vocación y sin perjudicar el espacio del discernimiento y del acompañamiento vocacional, que por su naturaleza corresponden a los educadores del seminario.

Otro aspecto importante de la formación integral se refiere a la plena sintonía que debe haber entre la propuesta educativa en sentido estricto y la teológica, que influye profundamente en la mentalidad y en la sensibilidad de los alumnos y que, por tanto, ha de coordinarse con el proyecto educativo global. Por consiguiente, recomiendo que se revise, en la medida de lo posible, la enseñanza teológica en función de la formación sacerdotal, y se desarrolle en ese sentido la ratio studiorum de los seminarios. En esta tarea tienen mucho que enseñarnos los Padres de la Iglesia y los grandes teólogos santos, «non solum discentes sed et patientes divina» (Dionisio pseudoareopagita, De divinis nominibus, II, 9: PG 3, 674), personas que conocieron el misterio por la vía del amor, «per quandam connaturalitatem», como diría santo Tomás de Aquino (Summa Theol. II-II, 9.45, a.2), y que vivieron intensamente su vínculo con las Iglesias en las que desempeñaban su ministerio.

4. La perspectiva del hombre unificado y completo sirve muy bien para integrar el esfuerzo que realiza la Oficina de universidades de esa Congregación con vistas a una cualificación cada vez mayor de las facultades y universidades eclesiásticas, y a una creciente conciencia de su identidad y su misión por parte de las universidades católicas. A este propósito, quisiera recordar que, a la vez que se aproxima el año 2000, se acerca el decenio de la constitución apostólica Ex corde Ecclesiae, con la que quise dar un signo de mi particular solicitud por las universidades católicas. Indudablemente, éstas tienen la tarea específica de testimoniar la sensibilidad de la Iglesia por la promoción de un saber global, abierto a todas las dimensiones de lo humano. Pero, con el paso de los años, resulta cada vez más evidente que esta función específica de la universidad católica no puede realizarse a fondo sin una adecuada expresión de su índole eclesial, de su vínculo con la Iglesia, tanto particular como universal.

Un papel determinante en esta tarea corresponde a los obispos, llamados a asumir personalmente la responsabilidad de la identidad católica que debe caracterizar a estos centros. Esto significa que, sin descuidar los requisitos académicos exigidos a toda universidad para ser acogida en la comunidad internacional de la investigación y del saber, los obispos deben acompañar y guiar a los responsables de las diferentes universidades católicas en el cumplimiento de su misión en cuanto católicas y, particularmente, en la evangelización. Sólo así podrán realizar su vocación específica: lograr que los alumnos adquieran, además de una capacitación técnica o una elevada cualificación profesional, una plenitud humana y una disponibilidad al testimonio evangélico en la sociedad.

5. También la Oficina de escuelas de vuestro dicasterio está trabajando en esta línea de la formación integral del hombre. Resulta evidente a todos la crisis que está atravesando el mundo escolar durante estos años. En él se refleja el camino de la humanidad, con sus dificultades y sus límites, pero también con sus esperanzas y sus potencialidades. Basta considerar la atención reservada a la escuela por los organismos internacionales, por la actividad de los gobiernos y por la opinión pública.

En el contexto histórico que estamos viviendo, marcado por profundas transformaciones, la Iglesia está llamada, desde su propia perspectiva, a poner a disposición el amplio patrimonio de su tradición educativa, tratando de responder a las exigencias siempre nuevas de la evolución cultural de la humanidad. Aliento, pues, a las Iglesias particulares y a los institutos religiosos responsables de instituciones educativas a proseguir invirtiendo en personal y medios, en favor de una obra tan urgente y esencial para el futuro del mundo y de la Iglesia, como ha reafirmado muy bien la reciente carta circular «La escuela católica en el umbral del tercer milenio».

6. El principio dinámico del hombre unificado y completo en todas sus dimensiones puede constituir el marco de referencia de la actividad realizada por la Obra pontificia de vocaciones. Esto se puede comprender fácilmente, si se considera que sólo en el misterio de la vocación pueden confluir vitalmente los diversos componentes de la existencia humana.

Desde este punto de vista, la realidad actual presenta motivos de preocupación. Muchos jóvenes, sin darse cuenta de que han sido llamados, se extravían en un océano de informaciones, de multitud de estímulos y de datos, experimentando una especie de nomadismo permanente y sin referencias concretas.

Esa situación, a menudo fuente de miedo al futuro y a cualquier compromiso definitivo, debe inducir a la Obra pontificia a proseguir con decisión por el camino emprendido, sosteniendo, con oportunas iniciativas, a los que en los diferentes niveles se dedican a este delicado aspecto de la pastoral eclesial.

Encomiendo estas temáticas, objeto de estudio durante vuestra asamblea plenaria, a la santísima Virgen, Madre de la Iglesia y Sede de la Sabiduría. A ella le confío vuestro trabajo diario, amadísimos miembros y oficiales de la Congregación para la educación católica. Que la Virgen os guíe y acompañe en el servicio al Evangelio y a la Sede apostólica. Tened la seguridad de que también yo os sigo de cerca y os acompaño con la oración, y me complace impartiros ahora a vosotros y a todos los seminarios e institutos de estudio una bendición apostólica especial.

 

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