DISCURSO DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II
A LOS MIEMBROS DEL CONSEJO DE ADMINISTRACIÓN
DE LA
FUNDACIÓN «JUAN PABLO II»
Jueves 29 de octubre de 1998
«Dios ama al que da con alegría» (2 Co 9,
7). Con estas palabras de san Pablo quiero dar la bienvenida a todos los
presentes. Saludo a los miembros del consejo de administración de la Fundación,
encabezados por su presidente, el arzobispo Szczepan Wesoly, a quien agradezco
sus palabras de introducción. Saludo cordialmente al señor cardenal Adam J.
Maida, arzobispo de Detroit; al arzobispo Józef Kowalczyk, nuncio apostólico en
Polonia; a monseñor Stanislaw Rylko, secretario del Consejo pontificio para los
laicos; y a monseñor Stanislaw Dziwisz, prefecto adjunto de la Casa pontificia y
vicepresidente del consejo. Saludo, en particular, a los amigos y bienhechores
de la Fundación aquí presentes. Asimismo, saludo a los que no han podido venir y
sostienen la Fundación con generosidad, tanto espiritual como materialmente.
He comenzado con esas palabras que el apóstol Pablo escribió
para alentar a los fieles de la Iglesia de Corinto que organizaban la ayuda
material para la comunidad de Jerusalén. El Apóstol escribe: «Cada cual dé según
el dictamen de su corazón, no de mala gana ni forzado, pues: Dios ama al que
da con alegría. Y poderoso es Dios para colmaros de toda gracia a fin de que
teniendo, siempre y en todo, todo lo necesario, tengáis aún sobrante para toda
obra buena. (...) Aquel que provee de simiente al sembrador y de pan para su
alimento, proveerá y multiplicará vuestra sementera y aumentar á los frutos de
vuestra justicia. Sois ricos en todo para toda largueza, la cual provocará por
nuestro medio acciones de gracias a Dios» (2 Co 9, 7-11). Este «himno de
acción de gracias a Dios» del Apóstol por la generosidad de los hombres de buena
voluntad se eleva sin cesar en la Iglesia. Hoy lo hago también yo, presentando a
Dios todo lo que en el decurso de diecisiete años ha llevado a cabo la Fundación
gracias a la bondad y a la generosidad de amigos de todo el mundo.
Sé cuán grande es la contribución de la Fundación a la obra de
la propagación de la cultura cristiana. No sólo me refiero a las publicaciones
hechas gracias a su financiación, sino sobre todo a la gran ayuda que brinda a
los jóvenes que emprenden sus estudios en varios campos, tanto en Polonia como
en el extranjero. Esa ayuda tiene gran importancia, especialmente hoy, cuando se
han abierto nuevas posibilidades a nuestros hermanos de los países vecinos y, al
mismo tiempo, se les plantean nuevos desafíos. Es la mejor inversión, a largo
plazo, que aumenta sin cesar, cuando los becados, después de terminar sus
estudios, dedican sus capacidades al servicio de los demás. No menos valiosas
son las experiencias de los jóvenes representantes de la emigración polaca que
vienen a Roma durante las vacaciones de verano, con el fin de conocer las raíces
cristianas de la cultura polaca y mundial. Así, también miles de peregrinos de
Polonia, de varios países de Europa y de otros continentes, encuentran en la
Casa polaca no sólo un techo sino, además, atención y ayuda espiritual. Gracias
a este servicio pueden gozar más fácilmente de los frutos de la peregrinación a
la Sede apostólica.
Hay también otra obra que merece ser mencionada hoy. Gracias a
la Fundación se recoge la documentación de este pontificado. Durante estos
veinte años hemos sido testigos de muchos acontecimientos en la vida de la
Iglesia y del mundo que, por voluntad de la divina Providencia, forman nuestra
historia y nuestra vida diaria. Conviene que el recuerdo de estos signos del
amor de Dios se conserve para las generaciones futuras, a fin de que también
ellas puedan participar en nuestra acción de gracias por los dones recibidos en
este tiempo.
Me he referido solamente a algunos sectores de la actividad a la
que la Fundación puede dedicarse gracias a vuestra generosidad y a la de hombres
de buena voluntad del mundo entero. Espero que se estén cumpliendo las palabras
del Apóstol, según las cuales los beneficiarios de este servicio, «con su
oración por vosotros, manifiestan su gran afecto hacia vosotros a causa de la
gracia sobreabundante que en vosotros ha derramado Dios. ¡Gracias sean dadas a
Dios por su don inefable!» (2 Co 9, 14-15).
Creo que esta obra no sólo da frutos externos; también forma
interiormente a las personas y a sociedades enteras. Como escribe el Apóstol,
«quien da con alegría», quien comparte con los demás por un impulso del corazón,
«no de mala gana ni forzado», se hace «rico en obras de bien», merece el amor de
Dios y recibe abundantes gracias; de este modo, «crecerán los frutos de su
justicia». De esta bondad y de esta justicia brota el vivo sentido de
solidaridad con los demás que une a varios grupos humanos. Vuestra presencia
aquí constituye una prueba evidente de ello. No sólo venís de los países de
Europa, sino también de América del norte y del sur, e incluso de la lejana
Indonesia. En varias partes del mundo surgen nuevos círculos de amigos de la
Fundación, se entablan nuevos contactos, se forma una gran comunidad de hombres
deseosos de colaborar en la misma obra. Hoy demos gracias a Dios por el don de
esta unión para el bien.
Ayer fueron bendecidas las nuevas placas, sobre las que se han
grabado los nombres de muchos de vosotros, e incluso de otros donantes. Es un
signo externo de gratitud hacia los que responden con gran generosidad a las
necesidades de la Fundación. Con todo, sabemos que es innumerable la multitud de
los que le donan sus oraciones, sus sufrimientos y, a menudo, su «óbolo de la
viuda». Con gran gratitud quiero recordarlos aquí también a ellos. Que Dios les
recompense con abundantes gracias.
Al apoyar a la Fundación que lleva mi nombre, expresáis vuestra
adhesión y vuestra benevolencia al Papa. Os doy las gracias por ello. Por mi
parte, quiero corresponder a vuestra benevolencia encomendando a Dios en mi
oración a todos los que me sostienen en mi ministerio petrino. Os ruego que
transmitáis mi agradecimiento y mi cordial saludo a vuestros seres queridos, a
los miembros de los círculos de amigos de la Fundación y a todos los que, de
cualquier modo, colaboran en esta obra buena. Os bendigo de corazón.
Excelencia; queridos amigos, doy una cordial bienvenida a los
miembros de la Fundación, con ocasión de vuestro encuentro en Roma. Esta visita
tiene lugar poco después del vigésimo aniversario de la elección de este hijo de
Polonia a la Sede de Pedro, y aprovecho esta ocasión para agradeceros vuestra
cercanía espiritual durante estos años. La Fundación fue instituida para
fomentar los ricos valores espirituales que forman gran parte de la milenaria
cultura cristiana de Polonia. Os agradezco mucho el apoyo que prestáis a esta
noble empresa y vuestros esfuerzos para asegurar su futuro mediante la creación
de un fondo perpetuo para su financiación.
Fortalecer el vínculo entre la fe y la cultura es un aspecto
esencial de la misión de la Iglesia, y particularmente en el umbral del tercer
milenio cristiano. La nueva evangelización no sólo lleva a una renovada estima
de la gran herencia cultural que forjó el pasado de Polonia, sino también a un
compromiso personal por parte de todos los creyentes para construir una sociedad
moderna, inspirada en los mismos profundos valores humanos y espirituales.
Durante mi última visita pastoral a Polonia, puse de relieve que «de nuestra
perseverancia en la fe de nuestros padres, del ardor de nuestro corazón y de la
apertura de nuestra mente depende que las generaciones futuras sean impulsadas
hacia Cristo por el testimonio de santidad que nos dejaron san Adalberto, san
Estanislao y la reina santa Eduvigis» (Ángelus, 8 de junio de 1997, n. 1:
L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 27 de junio de 1997, p.
9).
Queridos hermanos, pido al Señor que vuestro apoyo a la
Fundación dé abundantes frutos para la renovación de la vida cristiana y el
progreso del reino de Dios. Os encomiendo a todos a nuestra Señora de
Czestochowa, cuyo rostro familiar nos acompaña en nuestra peregrinación.