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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
A LA XIII CONFERENCIA INTERNACIONAL
SOBRE «LA IGLESIA Y LA PERSONA ANCIANA»


Sábado 31 de octubre de 1998

 

Señores cardenales;
venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
ilustres señores y amables señoras:

1. De buen grado os doy mi bienvenida a todos vosotros, que participáis en la Conferencia internacional que el Consejo pontificio para la pastoral de los agentes sanitarios ha organizado sobre un tema que constituye uno de los aspectos tradicionales de la solicitud pastoral de la Iglesia. Expreso mi estima a cuantos de entre vosotros dedican su trabajo a las complejas problemáticas que afectan a los miembros ancianos de la sociedad, un sector cada vez más numeroso en todas las sociedades del mundo.

Agradezco a monseñor Javier Lozano Barragán las nobles palabras con que ha interpretado vuestros sentimientos comunes. Vuestra Conferencia ha querido afrontar el problema con el respeto al anciano que resplandece en la sagrada Escritura cuando nos presenta a Abraham y Sara (cf. Gn 17, 15-22), describe la acogida que Simeón y Ana brindaron a Jesús (cf. Lc 2, 23-28), llama a los sacerdotes con el nombre de ancianos (cf. Hch 14, 23; 1 Tm 4, 14; 5, 17, 19; Tt 1, 5; 1 P 5, 1), sintetiza el homenaje de toda la creación en la adoración de veinticuatro ancianos (cf. Ap 4, 4) y, por último, designa a Dios mismo como «el Anciano» (cf. Dn 7, 9-22).

2. Vuestro itinerario de estudio subraya la grandeza y belleza de la vida humana, cuyo valor se conserva en toda edad y condición. Así, se reafirma con autoridad el evangelio de la vida que la Iglesia, escrutando asiduamente el misterio de la Redención, acoge con asombro siempre renovado y se siente llamada a anunciar a los hombres de todos los tiempos (cf. Evangelium vitae, 2).

La Conferencia no se ha dedicado sólo a los aspectos demográficos y médico- psicológicos de la persona anciana; también ha tratado de profundizar el tema, fijando su atención en todo lo que la Revelación presenta al respecto, confrontándolo con la realidad que vivimos. Igualmente, se ha puesto de relieve, de manera histórico-dinámica, la obra de la Iglesia a lo largo de los siglos, con propuestas útiles y necesarias de actualización de todas las iniciativas asistenciales, en colaboración responsable con las autoridades civiles.

3. La ancianidad es la tercera etapa de la existencia: la vida que nace, la vida que crece y la vida que llega a su ocaso son tres momentos del misterio de la existencia, de la vida humana que «proviene de Dios, es su don, su imagen e impronta, participación de su soplo vital » (Evangelium vitae, 39).

El Antiguo Testamento promete a los hombres larga vida como premio por el cumplimiento de la ley de Dios: «El temor del Señor prolonga los días» (Pr 10, 27). Era convicción común que la prolongación de la vida física hasta la «feliz ancianidad» (Gn 25, 8), cuando el hombre podía morir «lleno de días» (Gn 25, 8), debía considerarse una prueba de particular benevolencia por parte de Dios. Es preciso redescubrir también este valor en una sociedad que muchas veces da la impresión de que habla de la edad avanzada sólo como un problema.

Prestar atención a la complejidad de las problemáticas que caracterizan al mundo de las personas ancianas significa, para la Iglesia, escrutar un «signo de los tiempos» e interpretarlo a la luz del Evangelio. Así, de modo adecuado a cada generación, responde a los perennes interrogantes de los hombres sobre el sentido de la vida presente y futura y sobre su relación recíproca (cf. Gaudium et spes, 4).

4. Nuestro tiempo se caracteriza por un aumento de la duración de la vida que, unido a la disminución de la fertilidad, ha llevado a un notable envejecimiento de la población mundial.

Por primera vez en la historia del hombre, la sociedad se encuentra frente a una profunda alteración de la estructura de la población, que la obliga a modificar sus estrategias asistenciales, con repercusiones en todos los niveles. Se trata de volver a proyectar la sociedad y discutir nuevamente su estructura económica, así como la visión del ciclo de la vida y de las interacciones entre las generaciones. Es un verdadero desafío planteado a la sociedad, la cual es justa en la medida en que responde a las necesidades asistenciales de todos sus miembros: su grado de civilización es proporcional a la protección de los miembros más débiles del entramado social.

5. En esta obra también han de ser llamados a participar los ancianos, considerados muchas veces sólo destinatarios de intervenciones asistenciales; las personas ancianas pueden alcanzar con los años una mayor madurez en inteligencia, equilibrio y sabiduría. Por eso el Sirácida aconseja: «Acude a la reunión de los ancianos; ¿hay un sabio?, únete a él» (Si 6, 34); y también: «No desprecies lo que cuentan los ancianos, pues ellos también han aprendido de sus padres; de ellos aprenderás prudencia y a dar respuesta en el momento justo» (Si 8, 9). De aquí se deduce que no hay que considerar a las personas ancianas sólo como objeto de atención, cercanía y servicio. También ellas pueden dar una valiosa contribución a la vida. Gracias al rico patrimonio de experiencias que han adquirido a lo largo de los años, pueden y deben ser transmisoras de sabiduría y testigos de esperanza y caridad (cf. Evangelium vitae, 94).

La relación entre familia y ancianos ha de verse como una relación en la que se da y se recibe. También los ancianos dan: no se puede ignorar su experiencia, madurada a lo largo de los años. Aunque ésta, como puede suceder, no esté en sintonía con los tiempos que cambian, hay toda una serie de vivencias que pueden transformarse en fuente de numerosas sugerencias para los familiares, constituyendo la continuación del espíritu de grupo, de las tradiciones, de las opciones profesionales, de las fidelidades religiosas, etc. Conocemos todas las relaciones privilegiadas que existen entre los ancianos y los niños. Pero también los adultos, si saben crear en torno a los ancianos un clima de consideración y afecto, pueden obtener de ellos sabiduría y discernimiento para realizar opciones prudentes.

6. Desde esta perspectiva, la sociedad debe redescubrir la solidaridad entre las generaciones: debe redescubrir el sentido y el significado de la edad avanzada en una cultura dominada excesivamente por el mito de la productividad y la eficiencia física. Debemos permitir que los ancianos vivan con seguridad y dignidad, y es preciso ayudar a sus familias, también económicamente, para que sigan constituyendo el lugar natural de las relaciones entre generaciones.

Ulteriores observaciones han de hacerse también por lo que respecta a la asistencia socio-sanitaria y de rehabilitación, que muchas veces puede resultar necesaria. El progreso de la técnica al servicio de la salud alarga la vida, pero no necesariamente mejora su calidad. Es preciso elaborar estrategias asistenciales que consideren en primer lugar la dignidad de las personas ancianas y les ayuden, en la medida de lo posible, a conservar un sentido de autoestima, para que no les suceda que, sintiéndose un peso inútil, lleguen a desear y pedir la muerte (cf. ib., 94).

7. La Iglesia, llamada a realizar gestos proféticos en la sociedad, defiende la vida desde sus primeros albores hasta su fin natural con la muerte. Sobre todo para esta última fase, que a menudo se prolonga durante meses y años y crea problemas muy graves, apelo hoy a la sensibilidad de las familias para que acompañen a sus seres queridos hasta el término de su peregrinación terrena. ¡Cómo no recordar estas conmovedoras palabras de la Escritura: «Hijo, cuida de tu padre en su vejez, y en su vida no le causes tristeza. Aunque haya perdido la cabeza, sé indulgente, no lo desprecies en la plenitud de tu vigor. Pues el servicio hecho al padre no quedará en olvido... El día de tu tribulación Dios se acordará de ti...»! (Si 3, 12-15).

8. El respeto que debemos a los ancianos me obliga a elevar, una vez más, mi voz contra todas los métodos de acortar la vida, que se conocen con el nombre de eutanasia.

Frente a una mentalidad secularizada, que no tiene respeto por la vida, especialmente cuando es débil, debemos subrayar que es un don de Dios, en cuya defensa todos estamos comprometidos. Este deber corresponde, en particular, a los agentes sanitarios, cuya misión específica consiste en ser «ministros de la vida » en todas sus fases, especialmente en las que están marcadas por la debilidad y la enfermedad.

«La tentación de la eutanasia es uno de los síntomas más alarmantes de la .cultura de la muerte., que avanza sobre todo en las sociedades del bienestar» (cf. Evangelium vitae, 64).

La eutanasia es un atentado contra la vida, que ninguna autoridad humana puede legitimar, puesto que la vida del inocente es un bien del que no se puede disponer.

9. Dirigiéndome ahora a todas las personas ancianas del mundo, quisiera decirles: amadísimos hermanos y hermanas, no os desaniméis: la vida no termina aquí, en la tierra; por el contrario, aquí tiene sólo su inicio. Debemos ser testigos de la resurrección. La alegría debe ser la característica de las personas ancianas; una alegría serena, porque los tiempos corren y se aproxima la recompensa que el Señor Jesús ha preparado para sus siervos fieles. ¡Cómo no pensar en las conmovedoras palabras del apóstol Pablo: «He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida»! (2 Tm 4, 7-8).

Con estos sentimientos, os imparto a vosotros, aquí presentes, a vuestros seres queridos y, sobre todo, a las personas ancianas, una afectuosa bendición.

 

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