DISCURSO DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II
DURANTE LA VISITA OFICIAL AL PRESIDENTE
DE LA
REPÚBLICA ITALIANA, OSCAR LUIGI SCALFARO*
Martes 20 de octubre
de 1998
Señor presidente:
1. Me encuentro de nuevo en este histórico palacio, residencia
del primer mandatario de la República italiana, para una visita programada desde
hace mucho tiempo y anunciada oficialmente hace un mes. Gracias por las amables
palabras de bienvenida con que me ha acogido, haciéndose intérprete de los
sentimientos del pueblo italiano. Gracias por la atención con que, reconociendo
las respectivas competencias, se empeña en realizar la colaboración entre el
Estado y la Iglesia, «para la promoción del hombre y el bien del país», prevista
en los Acuerdos del 18 de febrero de 1984.
Esta visita es continuación de otros provechosos encuentros y
testimonia que la colaboración entre la Iglesia y el Estado en Italia puede
producir efectos benéficos en la vida concreta de los ciudadanos italianos y de
las instituciones. No puedo menos de alegrarme por ello y elevar al Señor, en
esta circunstancia tan significativa, una pública acción de gracias.
2. Estoy aquí, hoy, como Sucesor de Pedro y Pastor de la Iglesia
universal. En efecto, desde Roma, desde «nuestra» Roma, cumplo esta misión
apostólica. En virtud del mandato que me ha encomendado Cristo y que me
constituye Obispo de Roma y Primado de Italia, yo, aunque vengo de un país
lejano, me siento plenamente romano e italiano. Mi implicación en la historia de
la ciudad y de Italia no representa sólo un hecho formal: con el paso de los
años ha aumentado mi participación cordial en la vida de un pueblo, en el que me
introdujo la Providencia ya desde los años de mi juventud, cuando, tras mi
ordenación sacerdotal, mi obispo me envió a esta ciudad para perfeccionar los
estudios académicos. Ya entonces pude tomar contacto con el carácter vivaz y la
religiosidad sincera de los romanos. Recuerdo siempre la calle del Quirinal,
porque viví en el número 26 de la misma, en el Colegio Belga. Cada día, por la
mañana y por la tarde, la recorría, pasando cerca del palacio presidencial. Eran
los años 1946-1948. Esa cercanía se profundizó después durante mis frecuentes
viajes a Roma y se consolidó en el concilio Vaticano II. Al nombrarme cardenal,
mi venerado predecesor el siervo de Dios Pablo VI me incluyó en el clero romano,
asignándome el título de la iglesia de San Cesáreo en Palatio. Luego, la tarde
del 16 de octubre de hace veinte años, el Señor me llamó a ser Sucesor de Pedro,
uniendo para siempre, con un misterioso designio, mi vida a Italia. Y quiero
recordar también otras circunstancias. Aquí, en Italia, sobre todo en
Montecassino, combatieron muchos de mis compañeros de clase. Varios de ellos
perdieron la vida y se hallan sepultados cerca de Ancona y en otros lugares.
También ellos, en cierto sentido, me prepararon el camino.
Durante estos veinte años de pontificado, he participado cada
vez más en las alegrías y en los sufrimientos, en los problemas y en las
esperanzas de la nación italiana, entablando profundas relaciones con los fieles
de todas sus regiones durante mis visitas pastorales y mis frecuentes
encuentros, y recibiendo por doquier muestras de estima y afecto.
3. Roma y la Sede de Pedro. Desde hace dos mil años, estas dos
realidades, sucediéndose las personas y las instituciones, se encuentran y se
relacionan. Las formas de esta relación, en el decurso de los siglos, han
afrontado diversas vicisitudes, en las que se mezclan momentos de luz y de
sombra. Sin embargo, a nadie escapa que ambas se pertenecen y que no se puede
comprender la historia de una sin hacer referencia a la misión de la otra.
Esta relación particular a lo largo de los siglos muestra los
beneficios que ambas instituciones reciben de esta cercanía providencial. A la
presencia de Pedro y de sus Sucesores, Roma y los habitantes de Italia deben la
mayor riqueza de su patrimonio espiritual y de su identidad cultural: la fe
cristiana.
No podemos menos de pensar aquí en los sorprendentes escenarios
de arte, derecho, literatura, estructuras urbanísticas y obras caritativas, así
como en el rico patrimonio de tradiciones y costumbres populares, que
constituyen una expresión elocuente de la arraigada y feliz presencia del
cristianismo en la vida del pueblo italiano. Estas riquezas de humanidad y
cultura han sido para la Iglesia valiosos instrumentos con vistas a la difusión
del Evangelio en todo el mundo.
4. Ahora la activa concordia entre Italia y la Iglesia católica
debe confirmarse, e incluso intensificarse, durante la preparación para el gran
jubileo del año 2000. Con esa celebración, los cristianos quieren dar gracias al
Señor por el acontecimiento decisivo de la encarnación del Hijo de Dios y
preparase para cruzar, renovados espiritualmente, el umbral del tercer milenio.
El jubileo es un acontecimiento sobre todo espiritual, una ocasión de
reconciliación y conversión, propuesta a los seguidores de Cristo y a todos los
hombres de buena voluntad, para que puedan transformarse en el alma y la
levadura de un nuevo milenio, caracterizado por una verdadera justicia y una paz
auténtica. Nuestro siglo ha conocido las tragedias causadas por ideologías que,
combatiendo toda forma de religión, se engañaron creyendo que iban a construir
una sociedad sin Dios o, incluso, contra Dios.
Ojalá que el próximo jubileo ofrezca a todos la oportunidad de
reflexionar sobre la urgente responsabilidad de construir un mundo que sea la
«casa del hombre», de todo hombre, en el pleno respeto a la vida humana, desde
su nacimiento hasta su ocaso natural. A este respecto, los cristianos tienen la
misión de proclamar y testimoniar que Cristo es el centro y el corazón de la
nueva humanidad, orientada a la realización de la «civilización del amor».
También para el pueblo italiano el jubileo constituirá una
valiosa ocasión para redescubrir su auténtica identidad y comprometerse, a la
luz de los grandes valores cristianos de su tradición, a construir una nueva era
de progreso y convivencia fraterna.
5. El esfuerzo y la cooperación de todos permitirán que el
próximo Año santo sea un nuevo capítulo de la extraordinaria historia de
fidelidad al Evangelio y disponibilidad a la acogida que distinguen a Italia. El
pensamiento va espontáneamente al florecimiento de santos y santas que ha vivido
el pueblo italiano. También es preciso recordar la innumerable multitud de
sacerdotes, religiosos y religiosas, que se han convertido en maestros e
inspiradores de bien en toda Italia y en muchas partes del mundo. Y ¿qué decir
de tantos padres y madres que, con su entrega discreta, amorosa y fiel, han
transmitido a sus hijos modelos de vida singularmente ricos en sabiduría humana
y cristiana?
Precisamente observando estos resultados y la labor formadora de
la familia, de la que dependen, siento el deber de dirigir un apremiante
llamamiento para que la sociedad italiana defienda y sostenga con todos los
medios a su alcance esa institución primordial, según el proyecto querido por el
Creador. En la firme fidelidad de los esposos y en su apertura generosa a la
vida están los recursos para el crecimiento moral y civil del país.
Familias sanas, país sano: es un engaño creer que se puede tener
un país sano sin preocuparse de hacer todo lo posible para que haya familias
sanas. Una familia sana sabe transmitir los valores en que se funda toda
convivencia ordenada, comenzando por el valor fundamental de la vida, cuyo mayor
o menor respeto es la medida del grado de civilización de un pueblo.
A esta luz, espero que se haga lo posible con vistas a la tutela
pronta e iluminada de toda expresión de la vida humana, para vencer la plaga del
aborto y evitar cualquier forma de legalización de la eutanasia. También espero
que, en el amplio ámbito del servicio a la vida, los principios de libertad y
pluralismo de la Constitución italiana se traduzcan en adecuadas medidas
legislativas, incluso por lo que respecta al derecho de los padres a elegir el
modelo educativo que consideran más adecuado para el crecimiento cultural de sus
hijos. Todo esto no sólo implica la garantía de un derecho efectivo al estudio,
sino también la posibilidad de elección del tipo preferido de escuela, sin
discriminaciones ni penalizaciones, como, por otra parte, ya sucede en la mayor
parte de los países europeos.
6. El amor y la solicitud por Italia me impulsan a recordar los
graves problemas que aún afectan a la nación, el primero de los cuales es el
desempleo. Deseo, asimismo, manifestar mi preocupación solidaria por los
numerosos inmigrantes, por las víctimas de secuestros y violencias, y por los
jóvenes que se interrogan con inquietud sobre su futuro. Al respecto, expreso mi
gran aprecio a cuantos, en las instituciones y en las múltiples y beneméritas
formas de voluntariado, trabajan para solucionar esos problemas.
Durante estos años, la Iglesia ha acompañado los acontecimientos
italianos no sólo con la «gran oración por Italia», sino también con la
propuesta de indicaciones y contribuciones ideales para que la nación recupere
su alma profunda y aproveche su gran herencia de fe y cultura. Tengo muy
presente el difícil momento que está viviendo Italia y aseguro mi constante
recuerdo ante el Señor por este pueblo, al que tanto amo.
Señor presidente, en este momento solemne quiero expresar mi
deseo de que la nación italiana, consciente de su tradición y fiel a los valores
civiles y espirituales que la distinguen, halle en esas riquísimas
potencialidades orientaciones y estímulo para alcanzar las metas de auténtica
moralidad, prosperidad y justicia a las que aspira, y ofrezca al concierto de
las naciones cualificadas contribuciones para la causa del desarrollo y de la
paz.
Con estos sentimientos, al mismo tiempo que invoco la
intercesión de los santos patronos, y especialmente de la Virgen María, amada
con tanta ternura en todo este país, le deseo a usted y a todos los italianos la
constante bendición del Señor.
*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española
n.43 p.19.