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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE ESLOVAQUIA
EN VISITA «AD LIMINA»

Martes 8 de septiembre de 1998

 

Venerados hermanos en el episcopado:

1. Me alegra particularmente reunirme con vosotros con ocasión de vuestra visita ad limina, que nos brinda la grata oportunidad de renovar nuestros vínculos de afecto y comunión precisamente en el día en que se celebra la memoria de los mártires de Košice, a quienes tuve la dicha de inscribir en el catálogo de los santos hace tres años en vuestra patria. Saludo con viva cordialidad a vuestro presidente, mons. Rudolf Baláž, obispo de Banská Bystrica, al que agradezco los sentimientos de devoción y adhesión al Sucesor de Pedro, que me ha manifestado en nombre de todos los presentes. Saludo asimismo al querido y venerado cardenal Ján Chryzostom Korec, que durante los ejercicios espirituales celebrados este año aquí en el Vaticano nos hizo escuchar muy bien la voz de la tradición de los santos Cirilo y Metodio. Os saludo también con gran afecto a cada uno de vosotros, pastores de las amadas poblaciones de Eslovaquia, entre las que tuve la alegría de estar durante mi inolvidable visita de hace tres años.

«La Iglesia es en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (Lumen gentium, 1). Con estas palabras el concilio ecuménico Vaticano II presenta el misterio de la Iglesia, subrayando su particular referencia al misterio de Cristo y al reino de Dios, del que «constituye el germen y el comienzo en la tierra» (ib., 5). La Iglesia, para cumplir de modo adecuado su misión como «sacramento universal de salvación» (ib., 48), debe poder expresar convenientemente, tanto a nivel universal como local, la doble dimensión humana y divina que le imprimió su fundador, insertándose plenamente en las vicisitudes del mundo, pero sin confundirse con él (cf. Jn 17, 15-16).

2. También la Iglesia que está en Eslovaquia debe ser «sacramento universal de salvación», haciéndose amorosamente partícipe de las alegrías, de los sufrimientos y de las necesidades del pueblo eslovaco, consciente de que es «el germen y el comienzo del reino de Dios» y el instrumento de la gracia de Cristo. La conciencia de su misión la llevar á al diálogo respetuoso y atento con la sociedad y al compromiso en favor de una convivencia fraterna y solidaria, inspirada en los valores de la auténtica tradición cristiana.

Frente a una situación en la que aún se notan las consecuencias de la dura persecución comunista y en la que se corre el peligro de que resurjan las divisiones destructoras del pasado, la Iglesia sabe que debe ser sal y levadura dentro de la sociedad eslovaca, contribuyendo al bien de todos, sin dejarse implicar en los conflictos entre intereses particulares.

Las profundas transformaciones que en los últimos años han afectado a la sociedad eslovaca, con consecuencias preocupantes para la familia y el mundo juvenil, comprometen a los pastores y a los fieles a defender los valores de la tradición cultural y cristiana. Eso supone un profundo y claro análisis filosófico y teológico de las diversas corrientes de pensamiento, con vistas a desvelar sus rasgos ambiguos y corregirlos, tomando pie de ellos para hacer una provechosa profundización de su patrimonio doctrinal.

En tiempos del anterior régimen comunista, la comunidad cristiana en Eslovaquia, a menudo anticipando las conclusiones del concilio Vaticano II, supo ofrecer con fidelidad evangélica respuestas eficaces y proféticas a las provocaciones de la sociedad atea. Del mismo modo, está llamada hoy a responder a los nuevos desafíos, comprometiéndose en la asidua meditación de la Escritura, en el atento análisis de los fenómenos sociales y en la planificación de adecuadas iniciativas pastorales, a fin de ofrecer, a la luz de las experiencias pasadas, respuestas pertinentes y eficaces a los problemas planteados por las diversas situaciones del presente.

3. En particular, para que la Iglesia «sacramento» produzca frutos más abundantes, será útil que se comprometa aún más en los sectores que forman parte más directamente de su misión. Ante todo, será preciso promover la formación de fieles adultos en la fe, estimulándolos al pleno cumplimiento de sus tareas específicas. Como subrayé durante mi visita pastoral a vuestro amado país, «corresponde a los seglares católicos, oportunamente formados, la misión de llevar el mensaje del Evangelio a todos los ambientes de la sociedad, incluso el político» (Discurso a la Conferencia episcopal de Eslovaquia, n. 6: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 14 de julio de 1995, p. 10). Así pues, no se trata tanto de sostener a los que desempeñan una función de suplencia en ausencia del sacerdote, cuanto más bien de ayudar a los fieles a descubrir la auténtica espiritualidad «laical», como camino hacia su santificación y la del mundo, partiendo de la consagración fundamental conferida en el bautismo. En ese amplio compromiso en favor de la formación de laicos adultos, cobra una importancia particular el servicio que prestan las universidades católicas, cuya finalidad específica es precisamente formar cultural y espiritualmente a personas capaces de llevar los valores de la fe y de la tradición católica al ambiente civil y político.

En segundo lugar, es preciso cuidar de modo particular la formación del clero. Los candidatos al sacerdocio deben estar bien preparados tanto cultural como espiritualmente, para que puedan anunciar con eficacia el Evangelio a sus contemporáneos, tomando del Magisterio de la Iglesia las oportunas respuestas a los diversos problemas. Y es evidente que, para ello, sirve más la solidez de la doctrina que la formación académica. Además, se les debe ayudar a defenderse del peligro siempre presente del activismo, mediante una formación que destaque la primacía de la misión de evangelizar y «santificar». Abandonando o no cuidando suficientemente estas dimensiones esenciales de la misión sacerdotal, se acaba inevitablemente por perder también el sentido y la eficacia de los demás aspectos del ministerio pastoral. El bien mayor que un sacerdote puede ofrecer a su gente es el de favorecer de todos los modos posibles la reconciliación con Dios y con los hermanos.

Para responder a los graves desafíos de nuestro tiempo, el joven, una vez ordenado presbítero, además del estudio y la oración personal, tiene el deber de cuidar su formación permanente, participando en los encuentros oficiales, y en los informales, con los demás sacerdotes y con su obispo, para buscar juntos soluciones oportunas a los problemas y apoyo en los compromisos apostólicos. Precisamente con vistas al perfeccionamiento de la formación, tenéis en Roma para los sacerdotes eslovacos el Colegio pontificio y el Instituto pontificio eslovaco de los santos Cirilo y Metodio. La permanencia laboriosa en el centro de la cristiandad permitirá a vuestros sacerdotes completar, cerca de las tumbas de los Apóstoles, su formación intelectual y espiritual para ser luego vuestros válidos colaboradores en la nueva evangelización.

4. Junto con vosotros, venerados hermanos, me alegro por el hecho de que en estos últimos años ha sido posible asegurar la enseñanza de la religión en las escuelas. Con todo, deseo subrayar también en esta circunstancia que esa modalidad de evangelización no sustituye la catequesis parroquial para los niños, los jóvenes y los adultos. La escuela constituye, ciertamente, una gran ayuda, pero el centro de la catequesis sigue siendo la parroquia, que debe poder contar con instalaciones adecuadas para el normal funcionamiento de las actividades pastorales y formativas.

En particular, es necesario que el anuncio orgánico y sistemático de la palabra de Dios llegue a los adultos, para que aprendan a hacer que el Evangelio sea el centro inspirador de su vida, de forma que testimonien con valentía a Cristo en su ambiente de trabajo, en la cultura y en la actividad sociopolítica. A ello contribuirán también los cursos particulares y otras iniciativas adecuadas de carácter formativo.

Sobre todo el binomio familia-jóvenes debe constituir la principal prioridad de vuestras Iglesias. Los influjos negativos que llegan actualmente de todas partes deben encontrar en la comunidad cristiana eficaces y oportunos antídotos. Para ello será conveniente promover una pastoral juvenil y familiar orgánica, encaminada a responder a las exigencias formativas de los jóvenes y de las nuevas familias. Oportunamente, en esta perspectiva, ya se ha llevado a cabo la traducción y publicación del Catecismo de la Iglesia católica en lengua eslovaca. Ese Catecismo constituye un instrumento extraordinario de evangelización, y ahora la Iglesia, especialmente los obispos y los sacerdotes, tienen la misión de «traducir» su contenido a la existencia diaria de los fieles.

En el marco del compromiso de formar a las nuevas generaciones, es preciso subrayar la necesidad de una pastoral vocacional, orientada a presentar a los jóvenes la grandeza de la vocación al sacerdocio ministerial y a la vida consagrada, como servicio generoso a la causa del Reino.

5. En comunión con toda la catolicidad, también la Iglesia en Eslovaquia está comprometida a prepararse ya desde ahora para el jubileo del año 2000, que se aproxima a grandes pasos. Por eso, no se limita a favorecer un clima de espera con vistas a ese histórico acontecimiento, sino que con razón también busca vivir intensamente los años de preparación más inmediata, según el itinerario eclesial que propuse en la carta apostólica Tertio millennio adveniente. En este sentido, la revista «Gran Jubileo», magníficamente cuidada por la Conferencia episcopal eslovaca, podrá proporcionar una gran ayuda a las diversas comunidades diocesanas y parroquiales.

En este marco, resulta espontáneo hacer referencia a los medios de comunicación social. ¡Cómo no subrayar su gran influjo en la opinión pública y su extraordinaria influencia en el modo de pensar y actuar de los fieles! Frente a los condicionamientos negativos que a veces ejercen no basta criticar; es preciso, ante todo, educar a los fieles en el uso maduro de esos medios, ayudándoles a crecer en una mayor libertad con respecto a ellos. Es necesario, además, hacer todo lo posible para orientar las singulares posibilidades de esos medios al servicio de la verdad y del bien.

6. La Iglesia brinda al hombre la salvación realizada por Cristo, según el plan del Padre, en el misterio de la Pascua. Sale al encuentro del hombre y lo acepta tal como se presenta, con todas sus debilidades intelectuales y morales, con todos sus problemas familiares y sociales. Sin embargo, la Iglesia es consciente de que no posee la solución ya preparada para cualquier nueva cuestión suscitada por las circunstancias cambiantes. Más bien, se sitúa al lado de cada uno para estimular su responsabilidad e invitarlo a buscar la respuesta adecuada, a la luz de la sabiduría cristiana, acumulada en los documentos del Magisterio (cf. Gaudium et spes, 43).

En ese contexto se ha de considerar la relación entre la Iglesia y el Estado. Como subraya el concilio Vaticano II: «La comunidad política y la Iglesia son entre sí independientes y autónomas en su propio campo» (ib., 76). Sin embargo, esa distinción no excluye, sino que requiere la colaboración mutua. Como recordé con ocasión de la audiencia a un grupo de peregrinos eslovacos, «los católicos no deben permanecer al margen de la vida social y política. Más aún, pueden y deben dar una gran contribución, inspirándose en la doctrina social de la Iglesia, sin enrocarse nunca en posiciones preconcebidas y partidistas, que a menudo resultan estériles o, incluso, perjudiciales» (n. 3: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 22 de noviembre de 1996, p. 5).

En la particular colaboración entre la Iglesia y el Estado para promover el bien del hombre y del país nunca puede pasar a un segundo plano el hecho de que la Iglesia, por su propia naturaleza, está enviada a todos, tanto a los cercanos como a los lejanos.

7. Venerados y queridos hermanos, éstos son los pensamientos y las exhortaciones que he sentido la necesidad de expresaros con ocasión de vuestra grata visita ad limina. Os agradezco el celo y la entrega con que trabajáis por el verdadero bien de las comunidades encomendadas a vuestra solicitud pastoral. Cultivad siempre un profundo sentido de comunión afectiva y efectiva entre vosotros y con la Iglesia universal, y en particular con el Sucesor de Pedro.

A la vez que os encomiendo, juntamente con vuestras comunidades, a la maternal protección de María, la Virgen de los Dolores, patrona de Eslovaquia, os imparto con afecto a todos vosotros, a las Iglesias a vosotros confiadas y a todo el pueblo eslovaco, una especial bendición apostólica.

 

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