Señor embajador:
1.Me alegra acogerlo con ocasión de la presentación de las
cartas con las que la Presidencia de Bosnia-Herzegovina lo acredita como primer
embajador extraordinario y plenipotenciario ante la Santa Sede. Le agradezco las
amables palabras que acaba de dirigirme y las consideraciones que ha realizado
acerca del progreso alcanzado, los proyectos futuros y las comprensibles
dificultades que está viviendo su país.
Deseo, ante todo, enviar por su amable mediación mi saludo
deferente y cordial a la Presidencia colegial y al Consejo de ministros de
Bosnia-Herzegovina. A través de ellos quiero, asimismo, renovar mis sentimientos
de afecto y de cercanía a todas las poblaciones que viven en el país: tienen un
lugar especial en mi corazón y en mis oraciones.
Tengo presentes aún vivamente las escenas de la memorable visita
que la Providencia me permitió realizar los días 12 y 13 de abril del año pasado
a Sarajevo, ciudad símbolo de nuestro siglo a causa de los acontecimientos que
se produjeron en ella y de las consecuencias que tuvieron para toda Europa. Viví
ese encuentro como un estímulo para todas las personas de buena voluntad a no
desanimarse en sus esfuerzos por edificar la paz que acababan de lograr; como
una invitación a las naciones a contemplar con una mirada nueva los Balcanes; y
como una exhortación a proseguir incansablemente por el camino arduo, pero
provechoso, del diálogo sincero.
2. El interés de la Santa Sede en favor de Bosnia-Herzegovina,
desde su independencia hasta nuestros días, es constante. Lo demuestra todo lo
que se ha hecho hasta ahora. Durante la guerra, la Santa Sede se esforzó por
promover la paz, afirmando que el diálogo era el medio más adecuado para
garantizar el respeto a los derechos fundamentales e inalienables de toda
persona, según su nacionalidad. Además, se prodigó para aliviar los sufrimientos
de las poblaciones indefensas de toda la región afectada por la guerra.
Ya desde los primeros momentos del conflicto, la Santa Sede
intervino, haciendo todo lo posible para evitar sufrimientos y lutos y promover
entre las partes un diálogo sincero y constructivo. Ahora que las armas
finalmente han callado, después de la sangrienta prueba de un conflicto
devastador, sigue persiguiendo el objetivo de favorecer la consolidación de la
paz en la igualdad efectiva de los pueblos que constituyen Bosnia- Herzegovina,
exhortando al respeto recíproco y al diálogo leal y constante, en un clima de
verdadera libertad.
Deseo vivamente que la tribulación de esa reciente experiencia
dolorosa contribuya a la colaboración real entre las naciones del área balcánica
y a la promoción del reconocimiento efectivo de los derechos del hombre y de los
pueblos en la región del sudeste de Europa, pues se trata de una necesidad hoy
más urgente que nunca frente al estallido de nuevos focos de conflicto.
3. El edificio de la paz en Bosnia-Herzegovina se va
consolidando día tras día gracias al compromiso de las autoridades locales y a
los esfuerzos de la comunidad internacional, que vela por la aplicación concreta
en la región de los acuerdos de paz de Washington y de Dayton.
Queda aún la tarea urgente de la reconstrucción moral y material
del país. Se trata de un compromiso exigente, pero imprescindible, al que está
unido el futuro de toda Bosnia-Herzegovina. Ciertamente, en la reconstrucción
del país afectado por la reciente guerra hay que invertir en infraestructuras,
tan necesarias para la reanudación de la vida de las poblaciones locales y para
un nuevo impulso económico; pero es preciso, ante todo, lograr que el ciudadano
goce de los derechos y de la dignidad que le corresponden. En efecto, es la
persona el bien más valioso de toda sociedad civil. En este marco, no se puede
eludir el problema de los prófugos y de los exiliados, que piden justamente
volver a sus hogares. Invito cordialmente a todas las partes implicadas a no
desanimarse frente a las dificultades y a trabajar por una justa solución de
este drama.
Espero que se creen lo más rápidamente posible las condiciones
para el regreso pacífico y seguro de cuantos huyeron ante los horrores de la
guerra o fueron expulsados con violencia de su tierra. Es preciso garantizar a
todos la posibilidad efectiva de volver a sus hogares, para reanudar la vida
habitual con serenidad y paz. Eso supone la eliminación de toda amenaza de
violencia y la instauración de un clima de confianza recíproca, en un marco
social de legalidad y seguridad.
Este camino requiere la participación de las numerosas fuerzas
sanas que forman el conjunto de la sociedad. La Iglesia, por lo que le compete,
ha dado y seguirá dando su contribución convencida y concreta para que todos
prosigan por el camino del diálogo y de la colaboración sincera. Sin embargo,
también es grande la responsabilidad que tienen las fuerzas políticas e
institucionales del Estado de garantizar la identidad, el desarrollo y la
prosperidad de cada uno de los pueblos que constituyen Bosnia-Herzegovina. Se
trata de una obra que requiere paciencia, tiempo y tenacidad, y que no admite
imposiciones. El hecho de que puedan surgir contratiempos no debe desalentar a
nadie; al contrario, todos deben emplear su sabiduría para corregir y mejorar
los planes ya preparados.
4. Señor embajador, no se puede negar que, ante las prometedoras
perspectivas abiertas por la paz finalmente recobrada, también hay sombras que
deben desaparecer. Sigue siendo grande la preocupación por los diversos
atentados perpetrados en los últimos tiempos, que siembran el terror e impiden
la serenidad de las poblaciones locales. Se trata de hechos que constituyen un
serio obstáculo para la paz, la reconciliación y el perdón, tan necesarios para
el futuro de toda la región. Nada duradero se construye con la violencia.
Bosnia-Herzegovina es un país en el que viven juntos tres pueblos que lo
constituyen, y existen diversos grupos religiosos. Es necesario ofrecer a cada
uno las mismas posibilidades de iniciativas económicas, sociales y culturales;
es preciso dar a todos la oportunidad de expresar su identidad en el pleno
respeto a los demás.
Una sociedad multiétnica y multirreligiosa, como es precisamente
la de Bosnia- Herzegovina, debe basarse en el respeto a la diversidad, en la
estima recíproca, en la igualdad concreta, en la colaboración real, en la
solidaridad constructiva y en el diálogo constante y leal. Sólo así las
comunidades interesadas podrán transformar el país en una verdadera «región de
paz». Por consiguiente, cada uno deberá resistir a la tentación de prevalecer
sobre los demás, movido por el deseo de dominio y por el egoísmo personal o
de grupo. Al contrario, será indispensable cultivar una verdadera vida
democrática, unida a una auténtica libertad religiosa y cultural, encaminada
hacia la constante promoción de la persona y del bien común.
Por eso, las oportunas disposiciones legislativas deberán
garantizar la igualdad efectiva de todos los componentes de la sociedad civil, y
las instituciones del Estado deberán promover esa igualdad, protegiéndola con
todos los medios legítimos.
5. Señor embajador, no puedo dejar de mencionar asimismo la
actual situación de la Iglesia católica en su país. No pide para sí misma ningún
privilegio; sólo quiere cumplir el mandato que recibió de su divino Fundador,
realizando libremente su actividad al servicio de todos. Por este motivo desea
que le restituyan los bienes que le quitaron en el período comunista o durante
el reciente conflicto. Se trata de una prueba de justicia y un signo de
democracia de las instituciones del país, que usted ha sido llamado a
representar aquí. Obviamente, lo que la Iglesia católica pide para sí misma,
también lo pide para las demás comunidades religiosas del país.
Al concluir estas palabras de saludo y de buenos auspicios,
quiero encomendar a la celestial protección de la santísima Madre de Dios los
esfuerzos por la edificación de la paz y la reconstrucción material y espiritual
que Bosnia-Herzegovina, con la ayuda de la comunidad internacional, está
realizando. Que la intercesión de la santísima Virgen María haga descender
copiosas bendiciones de Dios sobre todas las poblaciones de ese país,
particularmente querido para mi corazón. Acompaño estos sentimientos con mis
mejores deseos para usted por una provechosa misión ante la Sede apostólica.