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VISITA PASTORAL A CHIÁVARI Y BRESCIA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS SACERDOTES, SEMINARISTAS, RELIGIOSOS,
RELIGIOSAS Y MONJAS DE CLAUSURA DE CHIÁVARI


Viernes 18 de septiembre de 1998

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Me alegra el encuentro de esta tarde, que me permite vivir un momento especial de comunión con vosotros, sacerdotes, seminaristas, consagrados y consagradas, así como con vosotras, monjas de clausura.

Saludo cordialmente a vuestro pastor, el querido monseñor Alberto María Careggio. Asimismo, saludo con afecto a monseñor Daniele Ferrari, obispo emérito, y a todos vosotros, aquí reunidos para confirmar vuestra adhesión al Sucesor de Pedro y a la Iglesia local, en la que la Providencia os ha puesto para que deis vuestro testimonio.

2. Queridos sacerdotes, y vosotros, jóvenes que os preparáis para el sacerdocio, el Maestro actúa constantemente en el mundo y dice a cada uno de los que ha elegido: «Sígueme» (Mt 9, 9). Es una llamada que exige la confirmación diaria de una respuesta de amor. ¡Que vuestro corazón esté siempre en vela! Un día tendréis la alegría de participar en la felicidad de los siervos «que el Señor al venir encuentre despiertos» (Lc 12, 37).

La intimidad con Jesucristo es el alma del ministerio sacerdotal. Cuanto más regada esté con el rocío de la oración y cuanto más alimentada esté con la celebración y la contemplación del Eucharisticum mysterium, culmen de la alianza entre Dios y el hombre, tanto más se fortalece. Así el sacerdote se transforma en icono viviente del officium laudis que se realiza incesantemente en el universo y se eleva a Dios creador y redentor.

Amadísimos hermanos, esforzaos sin cesar por imitar al buen Pastor. Sabed escuchar a los que han sido encomendados a vuestra solicitud pastoral; dialogad con todos, acogiendo con magnanimidad a quien llama a la puerta de vuestro corazón y ofreciendo a cada uno los dones que la bondad divina os ha concedido. Vuestra misión consiste en mostrar al hombre la altísima dignidad a la que está llamado y ayudarle a corresponder a ella. Perseverad en la comunión con vuestro obispo y en la colaboración recíproca, para vuestra personal maduración espiritual y para el crecimiento de vuestras comunidades en la caridad.

3. Queridos consagrados y consagradas, la Iglesia espera mucho de vosotros, que tenéis la misión de testimoniar en todas las épocas de la historia «la forma de vida que Jesús, supremo consagrado y misionero del Padre para su Reino, abrazó y propuso a los discípulos que lo seguían» (Vita consecrata, 22). Demos gracias a Dios por la multiplicidad de carismas con que ha embellecido el rostro de su Iglesia y por los frutos de edificación de tantas vidas totalmente entregadas a la causa del Reino.

Dios ha de ser vuestra única riqueza: dejaos modelar por él, para hacer visibles al hombre de hoy, sediento de valores auténticos, la santidad, la verdad y el amor del Padre celestial. Sostenidos por la gracia del Espíritu, hablad a la gente con la elocuencia de una vida transfigurada por la novedad de la Pascua. Así, vuestra vida entera se convertir á en diaconía de la consagración que todo bautizado recibió cuando fue incorporado a Cristo.

Sed fieles a la altísima vocación que habéis recibido. Haceos misioneros de esa vocación mediante el ejemplo y la palabra. Alimentad vuestro compromiso en las fuentes de la Escritura, de los sacramentos, de la constante alabanza de Dios, dejando que la acción del Espíritu penetre cada vez más a fondo en vuestra alma. Así seréis artífices eficaces de la nueva evangelización, en la que la Iglesia está comprometida, en el umbral del nuevo milenio.

4. Ahora deseo dirigiros unas palabras en particular a vosotras, queridas monjas de clausura, que constituís el signo de la unión exclusiva de la Iglesia- Esposa con su Señor, sumamente amado. Os impulsa un irresistible atractivo que os arrastra hacia Dios, meta exclusiva de todos vuestros sentimientos y de todas vuestras acciones. La contemplación de la belleza de Dios ha llegado a ser vuestra herencia, vuestro programa de vida, vuestro modo de estar presentes en la Iglesia.

Vuestra existencia es testimonio de la fuerza del Espíritu, que actúa en la historia y la modela con su gracia. ¡Cuán fecundo es vuestro habitar en los atrios de la casa del Señor! Las paredes que circunscriben vuestra vida no os separan de las preocupaciones de la humanidad; al contrario, os sumergen espiritualmente en ellas, para llevarle el consuelo divino, obtenido con vuestra oración. La misteriosa eficacia de vuestra intercesión acompaña los pasos de los siervos del Señor, que recorren los caminos del mundo anunciando a los hombres de todas las culturas y lenguas el reino de Dios. ¡Gracias, amadísimas hermanas, por la decisiva contribución que dais a la Iglesia!

5. Amadísimos hermanos y hermanas, cada uno, según su propia vocación, está llamado a cuidar del pueblo de Dios. Sed solícitos con los infelices, generosos con quienes os tienden la mano, magnánimos con cuantos invocan la misericordia divina, firmes en la defensa de los pobres, obedientes a la Iglesia y a sus pastores.

Os acompañe la intercesión de la Virgen, que consagró toda su vida a Cristo, su Hijo, y a la difusión del reino de Dios.

A todos os imparto mi afectuosa bendición.

Copyright © Libreria Editrice Vaticana

 

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