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VISITA PASTORAL A CHIÁVARI Y BRESCIA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
DURANTE LA CEREMONIA DE BIENVENIDA A BRESCIA

 Plaza Pablo VI
Sábado 19 de septiembre de 1998

 

Amadísimos hermanos y hermanas de Brescia:

1. Me encuentro por segunda vez aquí, en el corazón de vuestra ciudad, en esta histórica plaza, que habéis querido dedicar a mi venerado predecesor e ilustre paisano vuestro, el siervo de Dios Pablo VI.

Aquí, edificios prestigiosos la catedral; a su lado, la antigua catedral románica; y el Broletto evocan vuestro pasado noble y rico en historia; pero, sobre todo, testimonian el esfuerzo de colaboración entre la sociedad civil y la religiosa, e indican que el encuentro con Dios y el compromiso moral y social constituyen el secreto del camino de civilización y bienestar que ha realizado la ciudad.

Gracias por el afecto con que me habéis acogido, reafirmando la antigua tradición de fidelidad al Papa por parte de la población bresciana. En particular, agradezco al señor ministro Beniamino Andreatta las amables palabras que ha querido dirigirme en nombre del Gobierno italiano. También doy las gracias al señor alcalde, que se ha hecho intérprete de los sentimientos cordiales y de la alegre bienvenida de todos los habitantes.

Saludo al venerado pastor de la diócesis, monseñor Bruno Foresti y a su auxiliar; igualmente, saludo al presidente de la región lombarda, así como a todas las autoridades que, con su presencia, honran este encuentro.

2. «Brixia fidelis fidei et iustitiae». Este antiguo lema sintetiza bien la identidad de Brescia, que también testimonian sus ilustres monumentos. Constituyen la huella visible de los valores que han transmitido las generaciones pasadas y que aún hoy están presentes en el corazón y en la cultura de sus habitantes, y testimonian una admirable síntesis de fe y convivencia ordenada, de amor a la propia tierra y solidaridad hacia todo ser humano. Estos valores impulsaron a los brescianos del pasado y deben seguir siendo un punto de referencia para los de hoy, a fin de asegurar a su ciudad un futuro de auténtico progreso.

Mi pensamiento va a los misioneros, hombres y mujeres de gran corazón, que aquí han aprendido a amar a Dios y al prójimo y que, fortalecidos por esa experiencia, han llevado el anuncio gozoso del Evangelio a diversas partes del mundo, infundiendo nueva esperanza y promoviendo condiciones de vida más dignas del hombre. Pienso en los fundadores de institutos religiosos y en los numerosos sacerdotes que en vuestra tierra fueron celosos testigos de Cristo y verdaderos maestros de vida. También quisiera recordar con gran admiración a todos los padres y madres que, con su fe profunda y operante, con su amor a la familia y con su trabajo honrado han encontrado el secreto para construir el auténtico progreso de vuestra tierra. No quiero olvidar la aportación de los hombres de pensamiento, de los promotores de las numerosas instituciones culturales y caritativas que han florecido en tierra bresciana, y de los artífices del desarrollo económico, que caracteriza a vuestra ciudad y a vuestra provincia.

Precisamente desde esta perspectiva, durante mi primera visita, os dije: «Brescia posee un precioso patrimonio espiritual, cultural y social, que debe ser celosamente custodiado y vigorosamente incrementado, puesto que, como en el pasado, constituye también hoy el presupuesto indispensable para un sabio ordenamiento civil y para un auténtico desarrollo del hombre» (Discurso a la población, 26 de septiembre de 1982, n. 3: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 3 de octubre de 1998, p. 13).

Como subraya la recordada inscripción esculpida en el frontispicio de la Loggia, la construcción de un futuro de civilización y de progreso requiere un doble e inseparable compromiso de fidelidad: al Evangelio, raíz preciosa y vital de vuestra convivencia civil, y a la humanidad concreta y vibrante, es decir, al hombre «que piensa, que ama, que trabaja, que espera siempre algo». Esto implica el compromiso de encarnar en la vida personal y comunitaria los principios religiosos, antropológicos y éticos que brotan de la fe en Jesucristo, la continua vigilancia frente a los rápidos cambios y a los nuevos desafíos del tiempo presente, y la valentía de traducir la inspiración evangélica en obras, iniciativas e instituciones capaces de responder a las necesidades auténticas de la persona humana y de la sociedad.

3. En esta tarea, ardua y exaltadora, vuestro maestro es mi venerado predecesor Pablo VI, a quien he venido a rendir homenaje al término de las celebraciones del centenario de su nacimiento, en esta ciudad a la que siempre se sintió orgulloso de pertenecer, «por nacimiento y por afecto jamás apagado», como dijo un día (Discurso al consejo municipal de Brescia, 10 de diciembre de 1977: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 1 de enero de 1978, p. 8).

Fue timonel seguro de la barca de Pedro en tiempos difíciles para la Iglesia y la humanidad, animado siempre por un amor fuerte y profundo a Cristo y por el deseo ardiente de anunciarlo a sus contemporáneos, a menudo extraviados frente a doctrinas y acontecimientos nuevos y apremiantes. El recuerdo de su personalidad de hombre de Dios, del diálogo y de la paz, de persona enraizada firmemente en la fe de la Iglesia y siempre atenta a las esperanzas y a los dramas de sus hermanos, se hace cada vez más nítido con el devenir del tiempo y es un valioso aliciente también para los creyentes de hoy.

Los elementos que unen la grandeza y la índole excepcional de una persona a sus raíces y al talento de un pueblo son misteriosos, pero es evidente que la tierra bresciana con su fe, su cultura, su historia, sus dificultades y sus conquistas ha dado una contribución decisiva a su formación humana y religiosa. En esta comunidad, cuyo recuerdo agradecido y dulce añoranza conservó siempre en su corazón, el joven Montini encontró un clima ferviente y rico en nuevos fermentos, así como valiosos maestros que supieron suscitar en él el interés por el saber, la atención a los signos de los tiempos y, sobre todo, la búsqueda de la sabiduría que nace de la fe, cualidades preciosas para cumplir las graves tareas a las que la Providencia lo llamaría.

4. Testigo singular del ambiente religioso, cultural y social, que tanto influyó en la formación del futuro Pablo VI, fue el siervo de Dios Giuseppe Tovini, a quien mañana tendré la alegría de proclamar beato precisamente aquí, en Brescia, donde realizó su actividad y testimonió con una vida admirable las imprevisibles posibilidades de hacer el bien que tiene el hombre que se deja conquistar por Cristo.

Este laico, padre de familia solícito y profesional riguroso y atento, murió precisamente el año en que nació Giovanni Battista Montini. Exhortó a los católicos a afirmar los valores del Evangelio en la sociedad con la creación de obras educativas y sociales, círculos culturales, comités operativos y singulares iniciativas económicas.

En un tiempo en que algunos pretendían que la fe quedara confinada dentro de las paredes de los edificios sagrados, Giuseppe Tovini testimonió que la adhesión a Cristo y la obediencia a la Iglesia, no sólo no alejan al creyente de la historia, sino que lo impulsan a ser fermento de auténtica civilización y de progreso social. Fue apóstol de la educación cristiana y destacado exponente del movimiento católico que marcó fuertemente toda la sociedad italiana de fines del siglo XIX.

5. Amadísimos brescianos, las luminosas figuras de Pablo VI y de Giuseppe Tovini, orgullo de vuestra tierra, constituyen para vosotros una herencia valiosa, que os exhorto a acoger con renovado amor, a fin de lograr que también hoy los valores cristianos constituyan el centro propulsor de un original proyecto cultural, humano y civil, digno de la vocación de vuestra tierra.

Caminad con valentía por los caminos de la verdad y de la justicia. Tened siempre confianza y valor para buscar y construir el bien. ¡Que Cristo, el Redentor del hombre, sea vuestra esperanza!

Y tú, Brescia, «fidelis fidei et iustitiae », redescubre este rico patrimonio de ideales que constituye tu riqueza más auténtica, y podrás ser el centro vivo de irradiación de la nueva civilización, la civilización del amor, que anhelaba tu gran hijo Pablo VI.

Invocando la protección de la Virgen de las Gracias, venerada en el santuario de esta ciudad, tan querido por Pablo VI y por los brescianos, de corazón os imparto a todos mi bendición.

 

Copyright © Libreria Editrice Vaticana

 

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