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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A UN GRUPO DE PEREGRINOS
DE LA DIÓCESIS ITALIANA DE BELLUNO


Lunes 28 de septiembre de 1998

 

 

Venerado hermano en el episcopado;
amadísimos sacerdotes, religiosas y religiosos;
amadísimos fieles:

1. Habéis venido de una tierra que, si bien desde hace siglos está unida al Sucesor de Pedro con los vínculos de la fe, durante estos últimos años ha enriquecido ulteriormente esta relación con los matices de la amistad y la familiaridad: ¿no nació en vuestra diócesis mi venerado predecesor, el inolvidable Papa Juan Pablo I? Además, en una casa situada en el encantador territorio de la diócesis, yo mismo he pasado algunos días de descanso, en contacto con la belleza de sus paisajes y la disponibilidad cordial de sus habitantes.

Ya tuve la oportunidad de saludaros y daros las gracias durante el verano pasado, cuando, en Lorenzago de Cadore, me encontré con una significativa representación de vuestra diócesis, encabezada por vuestro obispo, monseñor Pietro Brollo, que también hoy os acompaña. A él va mi saludo fraterno, con un sincero agradecimiento por las afectuosas expresiones con que ha interpretado vuestros sentimientos.

2. Al acogeros hoy con cariño, me resulta espontáneo volver con el pensamiento no sólo al espléndido espectáculo de vuestras montañas y valles, sino también a la historia de las mujeres y hombres que allí vivieron y siguen viviendo su historia humana y cristiana: una historia que debe abrirse cada vez más a la acción del Espíritu de Dios, porque nadie puede asombrarse ante la belleza de la creación sin comprometerse también en la transformación de los corazones y de las mentes.

En su designio sabio y armonioso, Dios os ha puesto en ese ambiente para que seáis sus custodios atentos y administradores diligentes (cf. Gn 2, 8). Allí, en vuestra realidad diaria, Dios os llama a la comunión con su Hijo Jesús. Os llama a realizar la Iglesia de Cristo: «ciudad situada en la cima de un monte» (Mt 5, 14). Es un proyecto de vida guiado constantemente por la fuerza y la dulzura de su Espíritu, para hacer de vuestra comunidad un signo y una posibilidad concreta de diálogo, de animación y de renovación del ambiente humano que os rodea.

3. La Iglesia de Dios que está en Belluno-Feltre es enviada a cumplir su misión en las formas que corresponden a los diversos carismas y ministerios que el Espíritu Santo suscita en ella. Así, la actividad del obispo y de los presbíteros, que en su persona representan sacramentalmente a Cristo, jefe y maestro, se dedicará principalmente al cuidado pastoral de la comunidad cristiana. El compromiso de los diáconos y de los demás ministros ordenados constituirá un signo permanente de Cristo, que «no ha venido a ser servido, sino a servir» (Mc 10, 45). La presencia de las religiosas y los religiosos será una constante invitación a elevar la mirada «más allá de las montañas», más allá del horizonte terreno, en espera dinámica de las realidades futuras y definitivas.

También con vistas a la transformación del mundo, sobresale de modo especial el papel de los laicos, con sus dones y sus tareas. Frente al mundo de hoy, «en esta magnífica y dramática hora de la historia» (Christifideles laici, 3), a vosotros, queridos laicos sensibles y generosos, os repito la exhortación que resuena en la parábola evangélica: «A nadie le es lícito permanecer ocioso» (ib.). En una sociedad marcada de manera tan trágica por la indiferencia hacia Dios y el desprecio a la persona humana y su dignidad, y, sin embargo, tan necesitada de Dios y tan deseosa de justicia y de paz (cf. ib., 4-6), «a nadie le es lícito permanecer ocioso».

Vosotros laicos, «christifideles laici», herederos de una gran historia de fe que os precede y que habéis recibido como el más precioso de los dones, tenéis como primer compromiso la santificación personal, que se realizará precisamente en las experiencias que estáis llamados a vivir, es decir, en las realidades del mundo (cf. ib, 17): la familia y los procesos educativos, la escuela y sus orientaciones, la apertura al compromiso social en las diversas formas de voluntariado, la actividad política, el trabajo y la economía, la cultura y la comunicación, el tiempo libre y el turismo (cf. ib., 40-44), es decir, los diferentes ámbitos en que vuestra existencia se desarrolla concretamente.

Este proceso de santificación requerirá, como su indispensable aspecto humano, un itinerario de formación doctrinal, catequístico y cultural (cf. ib., 60), para que la participación en la historia de vuestro ambiente sea cada vez más cualificada y profunda desde el punto de vista cristiano. Y aquí encuentra su más elevada finalidad la acción constructiva de las parroquias y de las diversas formas de asociación de cristianos: en efecto, su objetivo consiste en preparar cristianos maduros, insertados en la sociedad como la levadura en la masa. Aquí encuentra su pleno sentido la disponibilidad, que muchos laicos ofrecen con vistas a la misión diocesana para el jubileo, a convertirse en heraldos de Cristo Redentor, a fin de que las puertas de las casas y de los corazones se abran a la salvación.

4. ¿Cómo no pensar, en este marco, en un testigo que dejó una huella indeleble en la historia? Estoy aludiendo, como habéis comprendido, al Papa Juan Pablo I, que hace veinte años, precisamente en este día, cerraba los ojos al mundo para abrirlos a la luz de la eternidad. Su recuerdo está aún muy vivo en nuestro corazón. Recuerdo que, durante mi primer año de pontificado, quise rendirle homenaje yendo a Canale d'Agordo, su pueblo natal. Sucesivamente, en 1988, a diez años de distancia de su muerte, visité el «Centro de espiritualidad y de cultura», dedicado a él.

Y ahora, veinte años después de su fallecimiento, habéis querido realizar vuestra peregrinación a la sede de Pedro, en memoria de Juan Pablo I, para empezar con la oración y el recogimiento la gran misión a la que acabo de aludir. Que el ejemplo y la enseñanza del Papa Luciani, que de vuestra tierra tomó la «sonrisa de Dios» para darla a la humanidad, os sirva de aliciente para «una fe comprometida», una «caridad activa», y una «esperanza firme en nuestro Señor Jesucristo» (cf. 1 Ts 1, 3).

Con estos deseos, os imparto a todos de corazón la bendición apostólica.

 

Copyright © Libreria Editrice Vaticana

 

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