 |
DISCURSO DEL
SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS PEREGRINOS QUE VINIERON A LA CANONIZACIÓN DE
MARCELINO CHAMPAGNAT, JUAN CALABRIA Y AGUSTINA LIVIA PIETRANTONI
Lunes
19 de abril de 1999
Amadísimos hermanos y hermanas:
1. Me alegra acogeros nuevamente a todos vosotros, que
habéis venido para la canonización de Marcelino Champagnat, Juan Calabria y
Agustina Livia Pietrantoni. Este encuentro nos brinda la feliz ocasión de
prolongar la fiesta de ayer, en el clima del gozo pascual característico de
este tiempo litúrgico.
Demos gracias al Padre que está en el cielo, origen y
fuente de toda santidad, por haber dado a la Iglesia y al mundo estos hijos
suyos predilectos. Dios hizo maravillas, al plasmar en ellos, con la fuerza
suave del Espíritu Santo, la imagen admirable de su Hijo unigénito. Al mismo
tiempo que vemos perfilarse en el horizonte la meta del año 2000, ¡cómo no
pensar en la gran multitud de beatos y santos que la gracia divina ha hecho
florecer y fructificar en los surcos de estos dos milenios! En la vida de los
santos ya está presente y operante en este mundo el reino de los cielos.
San Marcelino Champagnat
2. Me alegra acogeros, queridos peregrinos que habéis
venido para celebrar la canonización de Marcelino Champagnat. Vuestra presencia
manifiesta aprecio al carisma siempre actual de este santo, al que se asocian
numerosas vocaciones. Saludo a monseñor Pierre Joatton, obispo de
Saint-Etienne, y a los miembros de las instituciones civiles del departamento de
Loira, donde vivió san Marcelino. Saludo particularmente a los Hermanos
Maristas, instituto fundado por él, así como a los miembros de los demás
institutos de la familia marista. Queridos jóvenes, que habéis venido sobre
todo de España, México y Francia para manifestar vuestra adhesión al ideal
educativo del padre Champagnat, os exhorto a permanecer fieles en el camino
hacia Dios que él os señaló.
Saludo asimismo a los profesores, que comparten la
misión de los Hermanos Maristas y que han venido a expresar su admiración por
Marcelino Champagnat, apóstol de la juventud, y su deseo de proseguir el mismo
servicio educativo, en el respeto y seguimiento de los jóvenes. Saludo, por
último, a los miembros de las ramas laicas maristas, que quieren vivir según
el espíritu de san Marcelino, a través de todas sus enseñanzas. ¡Ojalá que,
en la escuela de María, todos sigáis a Cristo y os preocupéis por darlo a
conocer!
Podemos dar gracias a Dios por los numerosos
discípulos del padre Champagnat, que han vivido con fidelidad su misión hasta
el testimonio del martirio. Recordemos especialmente a los once Hermanos,
testigos de la verdad y la caridad, que han muerto trágicamente durante estos
últimos cinco años en Argelia, en Ruanda y en la República democrática del
Congo. Los nombres de estos testigos ocultos de la esperanza se añaden al largo
martirologio de los Hermanos Maristas, que empezó desde la fundación, con el
hermano Jacinto. Recordamos también a san Pedro Chanel, padre marista, primer
mártir de Oceanía.
A todos los fieles presentes, así como a todos los
Hermanos Maristas del mundo, a las personas que trabajan con ellos en el campo
de la educación y a todos los jóvenes que se benefician de su apostolado, les
imparto de todo corazón la bendición apostólica.
San Juan Calabria
3. En el año en que la Iglesia, en camino hacia el
gran jubileo, fija la mirada en la infinita ternura de Dios Padre, reconocemos
en san Juan Calabria, sacerdote veronés fundador de los Pobres Siervos y de las
Pobres Siervas de la Divina Providencia, un admirable reflejo de la paternidad
divina. Por lo demás, él mismo, ya desde el comienzo, concibió así la
misión que le había confiado el Señor: se sentía llamado a «mostrar al
mundo que la divina Providencia existe, que Dios no es un extraño, sino que es
Padre y piensa en nosotros, con tal de que nosotros pensemos en él y hagamos lo
que está de nuestra parte, es decir, buscar en primer lugar el santo reino de
Dios y su justicia» (Carta a sus religiosos, III, 19 de marzo de 1933).
El alma de toda su intensa actividad apostólica y caritativa fue el
descubrimiento, a través del Evangelio, del amor del Padre celestial y de
Cristo al hombre.
La caridad evangélica fue la virtud que más
caracterizó su vida. Una doctora judía, que él escondió entre sus religiosas
para evitar que la detuvieran los nazifascistas, testimonió que en cada momento
de su vida era una personificación del himno a la caridad del apóstol san
Pablo. Deseo de corazón a sus hijos y a sus hijas espirituales, a quienes
saludo cordialmente, que prolonguen y difundan cada vez más el amor
incontenible que rezumaba del corazón de este santo sacerdote, conquistado por
Cristo y su Evangelio.
Santa Agustina Livia Pietrantoni
4. La Iglesia se regocija hoy, junto con toda la
familia religiosa de las Hermanas de la Caridad de santa Juana Antida Thouret,
por el don de santa Agustina Livia Pietrantoni. A pocos días de la celebración
del bicentenario de la fundación del instituto, alabamos al Señor por las
maravillas que hizo en la vida de esta discípula fiel de santa Juana Antida. Al
mismo tiempo, queremos darle gracias también por los abundantes frutos que han
madurado durante estos dos siglos de vida de la congregación a través de la
obra humilde y generosa de muchas Hermanas de la Caridad.
La nueva santa, que creció en una familia
acostumbrada al sacrificio y enraizada en la fe, abrazó el ideal vicentino,
impregnado de caridad, humildad y sencillez, y expresado mediante el respeto
al prójimo, la cordialidad y el sentido del deber
«bien cumplido». Durante los años de su servicio a los enfermos de
tuberculosis en el hospital «Espíritu Santo», sor Agustina se encontró con
el hombre que sufría e imploraba el reconocimiento de la dignidad de su
integridad física y espiritual. En una época caracterizada por una corriente
laicista, Agustina Livia Pietrantoni se convirtió en testigo de los valores del
espíritu. De sus enfermos, entonces incurables y a menudo exasperados y
difíciles de tratar, decía: «En ellos sirvo a Jesucristo. (...) Me siento
inflamada de caridad por todos, dispuesta a afrontar cualquier sacrificio,
incluso a derramar mi sangre por la caridad». El sacrificio supremo de la
sangre será el sello definitivo de su vida, gastada completamente en el amor
indiviso a Dios y a sus hermanos. Quiera Dios que su ejemplo inflame a sus
hermanas de la congregación de santa Antida y las impulse a un ardiente
testimonio de la caridad, que constituye la síntesis de la ley divina y que es
el vínculo de toda perfección (cf. Col 3,14).
5. Amadísimos
hermanos y hermanas, contemplemos a los nuevos santos y aprendamos el secreto
de la santidad. Profundicemos en sus carismas, asimilemos el espíritu que han
dejado como herencia e imitemos su ejemplo. Y la paz de Cristo reinará en
nuestro corazón. La Madre del Redentor, Reina de todos los santos, lo obtenga
a cada uno.
Con estos sentimientos, os imparto
de corazón a vosotros y a vuestros seres queridos la bendición apostólica.
|